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Volar en tiempos de Covid

Y tuvo que haber una pandemia para retomar el blog. Pero acá estamos de nuevo. ¿Cómo va? Cuánto tiempo, ¿no?  Cuando arranqué el blog en 2014 fue más que nada para registrar anécdotas, historias, vivencias de mi estadía en el exterior y poder compartirlas con mi familia y amigos, quienes iban a estar tan lejos de mí por cinco meses (¡qué ilusos todos!).

Y así cuando volví de Rumania para Argentina en julio de 2015 para mí era el fin del viaje, y el fin de mis cuentos. Y sin embargo el mundo siguió girando, el tiempo siguió corriendo, y 5 años después sigo acá en Europa. Muchas veces tuve ganas de retomar el blog para compartir más historias, más viajes, más experiencias. Pero casi la misma cantidad de veces también me pregunté qué carajo les importa a ustedes saber de mi vida. Además, ponele que te intrigue tanto. Si estás leyendo esto, probablemente tengas una mediana idea de qué carajo es de mi vida por redes sociales. Pero bueno, quizás algún día les resuma todo lo que pasó en este tiempo, si es que les interesa.

En fin, sea como fuere, esta vez las ganas de poner en palabras lo que me pasa por la cabeza fueron más fuertes que los peros. Y es que no estamos en una época normal del mundo ni de la historia. ¿O soy yo el único que piensa que el 2020 parece la tarea de Lengua de un nene de 6 años? “Y se prendieron fuego todos los bosques en Australia, el Amazonas, y Siberia; parecía el infierno. Los príncipes de Inglaterra renunciaron a la realeza para vivir una vida tranquila, alejada de los ojos del mundo. Un avión cayó y murió el mejor basquetbolista del planeta. Un chino se tomó un caldo de murciélago, empezó a toser y transmitió un virus a todos los humanos para el cual no había vacuna, ni tratamiento, ni cura. Millones de personas se infectaron y cientos de miles murieron en todo el planeta. Y se acabó el papel higiénico del mundo. Y la NASA lanzó un cohete para buscar vida en Marte”. ¿Qué sigue? ¿Racing sale campeón de América?

Y en este contexto de inocencia discursiva infantil o esquizofrenia fáctica, vaya uno a saber, los gobiernos decretaron toques de queda, cuarentenas, cierres de frontera. Hubo despidos y licencias en masa, quiebres de empresas, rescates financieros, y el petróleo cotizó en negativo. Colas en los supermercados, restricciones a la cantidad de productos a poder comprar, falta de suministros. Máscaras, guantes, respiradores. Colapso hospitalario. Manifestaciones. Protestas. Me agito sólo de escribirlo (¿será Covid?).

Todos conocen la historia pero no deja de parecer ciencia ficción bajarla a palabras. Y ahora el debate es si fue o no en Wuhan; si China o USA; si murciélago o laboratorio; si SARS o COVID; si cuarentena o no cuarentena; que los barbijos no ayudan a prevenir el contagio, que hay que usar barbijo hasta para tirarse un pedo; abrir o no la economía, achatar la curva, espionaje de vacunas. Y entre todo esto, descrubren otro virus con potencial de pandemia que en cerdos en Asia. Dicho sea de paso, ¿podemos dejar de decir “pandemia mundial”? Me suena a decir “perro canino”, “subir arriba”, “bajar abajo”. Se entiende. Como que no hace falta el pleonasmo para re-recalcar lo re-inusual de la situación. Y a todo esto lo que yo me pregunto es: ¡¿qué le costaba al chino hervir el murciélago un ratito más?! ¡Terrible hijo de puta! Nos ahorraba un dolorazo de huevos a todos. Y además, ¡¿cuánta hambre tenés que tener para comer murciélago?! Boludo, no sé, hacete un rollito de pasto, tirale sal a una babosa, freíte una cucaracha, algo más normal.

Como sea, la cuestión es que con variados períodos de duración, control, y libertades personales y colectivas, así estuvimos todos con el culo atornillado al sillón por uno, dos, tres, cuatro meses… y algunos seguirán por aún más. Si a estas circunstancias de película pochoclera de bajo presupuesto le añadimos nubes y lluvia 24/7 (como las que amablemente custodian diariamente a quien suscribe por estos pagos del planeta), estás a dos capítulos de Dark de empezar a consumir ansiolíticos.

Por ende, cuando por aquí la economía (o las pelotas de la gente) estaban a punto de hacer eclosión, los políticos empezaron a relajar restricciones para que la gente pueda salir de su casa y hacer vida normal. O algo de lo que hacía en su vida normal, antes de jugar en masa a Soy Leyenda en la vida real.

Me banco tener que laburar el triple por lo mismo porque nadie sabe qué mierda va a pasar con la economía gracias a la sopita de batman. Me banco el aislamiento, como todos. Me banco las mascaritas y los guantes. Me banco las nubes y la lluvia durante todo el año. Me banco el frío y que sea de noche a las 3 de la tarde en invierno. Pero cuando llega julio tirame un centro maestro. ¿Sabés lo que es tener que estar con buzo y pantalón largo adentro de tu casa “en verano”? Climáticamente hablando, el verano en Edimburgo es lo más parecido que hay a Buenos Aires en Junio: te toca algún día de sol y temperatura agradable que te desorienta un poco, sí. Pero el 90% del tiempo se siente el chiflete. No te pido que me des 30 grados y una parrilla con achuras, pero tirame tres rayitos de sol que parezco Drácula. Así que cuando el Reino Unido habilitó vuelos a otros países “con riesgo de contagio similar” (subtitúlese: como el apostador que en un arrebato le puso todo al rojo, Europa también quiere salvar el verano) fui el primero en buscar pasaje.

¿Y cómo es viajar en tiempos de Covid? Ufff, después de todo este preámbulo de ocho párrafos, eso era lo que quería yo contarles. Julio 2020, van unos cuatro meses de pandemia y al salir de Escocia el aeropuerto estaba vacío, desierto. Un puñado de vuelos anunciados en partidas y llegadas solamente. Wetherspoon (ponele un “El Noble Repulgue” británico), business lounges, los negocios de ropa, kioscos, farmacias, WHSmith (el Jenny/El Ateneo de la zona), ¡la tienda de Harry Potter, que debe ser lo que más debe vender en Edimburgo!, y así podría seguir, todo cerrado. Hasta la mayoría de los baños del aeropuerto esaban cerrados. Sólo el Freeshop estaba abierto. Y con ofertas ridículas, como 2×1 en botellas de Gin que normalmente no tienen ni 5 centavos de descuento, o 20% de descuento en botellas de whisky de más de 100 dólares (suerte quien pueda comprarlas). Algunas de las botellas literalmente estaban cubiertas con un poco de polvo.

A la izquierda, comercios cerrados en el aeropuerto de Edimburgo; los aviones en el suelo marcan el distanciamento requerido. A la derecha, Wetherespoon del aeropuerto, famosa y económico lugar de comidas y bebida en Reino Unido, también cerrado.

 

Luces y letreros electrónicos apagados, carteles de clausura, puertas de embarque vacías, gente con máscaras en todos lados, dispensers de alcohol en gel cada unos cuantos metros, los pisos marcados con el distanciamiento requerido, y carteles y pantallas indicando el uso obligatorio de máscaras en todos lados. Juro que nunca pensé que iba a ver algo así, y también es difícil de explicar la sensación. Como de asombro por ver el mundo en primera persona como si fuese un capítulo de Chernobyl. Y al mismo tiempo como de miedo, o de desconfianza hacia todo el mundo. ¿Qué habrá tocado? ¿Por qué se saca la máscara? ¡Uy, ese tosió! Desinfectarte las manos como un hipocondríaco cada 5 minutos. ¡Y eso que yo tuve el virus por lo que, en teoría, tengo inmunidad temporal! Por cuánto tiempo, nadie lo sabe. Por ende, sabiendo lo que son los síntomas, no tengo la menor intención de testear la supuesta inmunidad temporal. Además, la locura y la incertidumbre en la que está todo el mundo te arrastra a dudar de todo y de todos.

Máscaras para todo el mundo, obligatorias durante todo el viaje y permanencia en el aeropuerto.

Pero si estaba cansado de la máscara, una cosa es tenerla 20 minutos para ir al supermercado, o por una hora y pico en el transporte público. Pero el avión fue otra cosa. Como había dormido poco la noche anterior, apenas me senté en el avión me puse en antifaz de viaje para poder dormirme. No sé si estoy viejo, paranoico o pelotudo, o quizás una mezcla de todo. Pero ¡qué sensación de mierda! Teniendo los ojos, la boca, y la nariz tapada al mismo tiempo (creo que como nunca lo había tenido) me di cuenta que empecé a respirar de manera más agitada y que sentía una suerte de “mariposas” en el estómago. Me quería arrancar todo. ¡La puta madre, tengo un ataque de claustrofobia o andá a saber que mierda que nunca me había pasado antes! Me saqué el antifaz y empecé a tratar de respirar normalmente. Nada de dormirme.

Escala en aeropuerto the Schipol, Ámsterdam. Carteles en el suelo indican los 1.5 metros a respetar, y gigantografías requieren la utilización de barbijos para embarcar.

 

Tener el puto tapabocas puesto por 9 horas seguidas (2 horas de aeropuerto, 4 de vuelo, 2 de escala, más otra de vuelo) de forma casi ininterrumpida requiere de un autocontrol mental digno de monje budista. Es que no es solo la molestia de los elásticos, es la humedad que se te genera con tanto tiempo, el calor constante en la nariz y en la boca, la sensación de falta de aire. No ves la hora de sacártela a la mierda. Vas al baño sólo para respirar de manera normal por unos minutos. Y la galletita de mierda que te da la aerolínea para un vuelo corto se siente como el mejor oasis pleno Sahara: te tenés que descubrir la cara para poder comer.

Como si fuese una escena de ET: los divisores de plástico transparente separan a la gente en Schipol. Gente que siempre encuentra la manera de llevar todo al exremo, también en Schipol. 

 

Con destino Grecia, antes de viajar el gobierno griego solicitó a todos los pasajeros llenar un formulario donde se declaran los lugares visitados en los 14 días anteriores al viaje, la presencia o no de síntomas de coronavirus, el itinerario y datos de contacto para la estadía en el país. Lo mismo ocurre en cada ferry que te tomás para ir a cualquiera de sus islas, desde cualquier lado. Además, al llegar a Atenas, se hacen hisopados al azar en el mismo aeropuerto (no así en los puertos) para testear la presencia de Covid-19. Si no llenas el formulario, no te dejan embarcar.

Sumándole a estos controles que Grecia es un país chico, una vez allí el panorama era menos desolador que en Edimburgo. Los casos estuvieron bien contenidos, y la economía se había reabierto, con restricciones, hacía ya casi un mes y medio. Si bien tener la máscara puesta con 30 grados de calor es todavía más incómodo que en el “verano” escocés, el uso de barbijos se requería sólo a mayores de 12 años en transporte público, comercios y lugares cerrados, pero no en la calle, en la playa o en bares al aire libre. Sí, bares, restaurantes, terrazas y, para mi asombro, boliches estaban reabiertos. Por ende, más allá de usar la máscara para supermercado, lugares cerrados y traslado, mis vacaciones transitaron de manera casi normal.

Y si te preguntás si tuve que hacer cuarentena al llegar a Grecia (o al volver a Escocia), la respuesta es no. Hay ciertos países de Europa (entre los cuales no figura España, por ejemplo), que tienen “air bridges. Es decir, al tener riesgos de contagio bajo y similares, los gobiernos han acordado la omisión de la cuarentena obligatoria al llegar al destino. Por eso también los métodos de testeo, control y rastreo de personas que expliqué arriba.

Una perlita para la vuelta: como tenía varias horas antes de volar quise aprovechar para descansar un poco y comer algo. Los business lounge pueden variar un poco según empresa y aeropuerto, pero son todos medianamente así: llegás, te registrás, te ponés en una mesa, y vas y te agarrás lo que querés para comer y tomar. Autoservicio.  En general encontrás platos de fiambres, bowls de yogures varios, de cereales, frutas, mesas dulces, botellas de vinos y bebidas espirituosas, heladeras con jugos y gaseosas, bowls de ensaladas, sopas, etc. Normalmente te agarrás tu platito, y te servís lo que querés, cuanto querés.

Todo esto que acabo de describir en presente era en realidad en tiempo pasado. “Sir, please do not touch that!”, apenas entré ya me estaban cagando a pedos. Y es que no solamente estaba sorprendido de no ver ni el 10% de la variedad de comida que suele haber, sino también asombrado de ver las fetas de fiambre envueltas de forma individual en papel film, los yogures puestos en vasitos de plástico descartables, los platos y cubiertos también envueltos en film, al igual que panes y tostadas, cucharitas y tazas. Además, un empleado del lounge, era el encargado de, con barbijo y guantes cual personal hospitalario, ser la única persona en tocar cualquiera de los consumibles en la barra. ¡Ni siquiera podías tocar las servilletas!

Antes sentado escribiendo en el aeropuerto esperando a embarcar, y ahora ya en el avión, sentí la necesidad de escribir estas líneas. Es que, saliendo de la burbuja de pedos en la que estuve sumido por 12 días, me di cuenta de lo lejos que está todo de la normalidad. Y en mi caso no fueron las máscaras, ni los guantes, ni los alcoholes en gel. Tampoco los negocios vacíos, ni el asilamiento, estar encerrado en tu casa, las colas a dos metros del otro, la escasez de productos, o las cuarentenas. No. A todo eso estuvimos expuestos por cuatro meses, y tuvimos tiempo para para acostumbrarnos de manera paulatina. Para mí lo que hizo el clic es que ahora veo un vuelo volviendo de Grecia (tierra de playa, buenos precios y buen clima) a UK (tierra de buenos sueldos, nubes y lluvia)  un 31 de julio (pleno verano europeo) que va semi vacío. Con la gente sentada en pasillo o ventana, dejando libre los asientos del medio. ¡Imaginate volver de Mar del Plata un 31 de enero por la ruta 2 y que esté toda vacía! Y encima tu acompañante sentado en el asiento de atrás, en dirección opuesta al conductor. ¡Y que a nadie le parezca descabellado!

Más allá de la anécdota personal de cómo es viajar en tiempos de Covid, la realidad es que la incomodidad o inusualidad del viaje es una gota de agua en el océano comparado con las muertes, infectados, y la (¿evitable?) crisis económica. La mayoría de nosotros, desde el lado que nos toque, somos perdedores en este contexto. Pero también el desarrollo de los hechos, y de las decisiones que toman quienes gobiernan, dejan y van a dejar unos pocos (pero muy desproporcionados) ganadores. No sé si la pandemia se habrá originado en un caldo de murciélago, y no tengo pruebas para afirmar lo contrario. Pero, personalmente, tampoco tengo dudas.

¡Hasta la próxima!

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