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Un nombre tan bueno como cualquiera

Buses Cusco

 

Camino por el centro histórico de Cusco, rumbo al hostal donde me alojo. En una esquina debo detenerme mientras el tránsito pasa a cierta velocidad, sobre todo, los autobuses. Me llama la atención uno de ellos que lleva una banda amarilla a lo largo de su parabrisas donde se lee: Batman. Me causa gracia, sin duda; atribuyo al fanatismo del conductor por las películas de este héroe de acción esta decoración, pero detrás viene otro decorado de igual manera. Sé que en muchos sitios los dueños o los choferes del transporte público decoran sus autobuses (o sus taxis, también) según sus gustos o preferencias. Equipos de fútbol, banderas (muy lejos de allí, en la ciudad de Morelia, en México, hay autobuses que corren por La Corregidora adornados en su frente con una bandera del Reino Unido y por Manuel Muñiz corre uno ―uno solo― con una enorme bandera de Estados Unidos cubriendo la mitad de su ancho parabrisas), estrellas de cine, imágenes religiosas, cantantes, cada cual muestra sus preferencias en esas decoraciones que no dejan de ser pintorescas.

Cuando llego al hostal, hablo con la joven pareja que lo regentea y, mientras preparo algo ligero para comer, y sólo por decir algo, les comento sobre esos dos autobuses con el nombre de Batman y ellos me aclaran que eso no es mera decoración, sino que así es como se llama la línea de autobuses. Ante mi asombro, ríen y me dicen que los autobuses en Cusco tienen nombres como el que acabo de ver, Batman; pero también tienen al Correcaminos; al Zorro; la Liebre; el Chasqui (el cual es el nombre que se le daba al antiguo correo de la época virreinal); el Satélite. Éste último me da la pista y creo captar la idea: velocidad. Todos esos nombres indican que el viaje será rápido y seguro (bueno, esto último tomado con cierta libertad en la interpretación; ya que no toda liebre está exenta de sufrir sus buenos contratiempos, aunque no creo que nadie vaya a querer tomar un autobús llamado Tortuga, por más fanático de Esopo que sea; y el Zorro, aunque siempre salió bien librado en todas sus aventuras, no pocas veces tuvo que detenerse a cruzar estocadas con el Capitán Monasterio, por ejemplo). Digo que está bien; en un primer momento eso llama la atención, pero es un nombre tan bueno como cualquiera. En mi ciudad natal, Morelia, se distinguen por colores: roja, café, coral, verde… en otro sitios llevan números: 512, 541, 533, 582… 

Me dicen que Cusco tiene muchas curiosidades, más allá de las lógicas y por demás conocidas atracciones históricas. Me cuentan que en la ciudad hay siete calles cuyos nombres comienzan con el número siete: Siete Culebras; Siete Borreguitos; Siete Diablitos; Siete Angelitos; Siete Cuarterones; Siete Bodegones; Siete Ventanas. El siete, número místico por excelencia… Pregunto si los Incas también consideraban a este número como mágico o con propiedades particulares, pero no saben decírmelo. Seguramente ha sido una idea traída por los españoles durante la conquista; de todos modos, no están seguros. Me digo que al día siguiente me gustaría visitar esas siete calles y pregunto si están muy alejadas o si forman parte del centro histórico. No hay nada interesante para ver en ellas, me responden; y no están lejos, aunque se encuentran separadas unas de otras.

Al día siguiente, ya armado el itinerario en un mapa de la ciudad, comienzo la búsqueda de las siete calles cuyos nombres comienzan con el número siete. No es cierto que la mayoría de ellas no tenga nada de particular; pero, si aun así lo fuera, a veces, si hay algo que vale la pena hacer en un viaje es ir a sitios poco particulares; esos sitios que están por fuera de los recorridos turísticos ya prearmados y con horario estricto. De todos modos, la búsqueda de esas calles no fue más que la perfecta excusa para caminar a pie por Cusco; tan solo eso ya valió la pena y un poco más. Encontrar esos estrechos callejones, esas escaleras empinadas (de hecho, la calle Siete Borregones es un largo tramo de escaleras), toparse con las cholitas que se dirigen rumbo al centro vestidas con sus trajes típicos mientras sus llamas caminan, obedientes, a su lado; tomar nota de los trabajos ornamentales de los hermosos balcones tallados en madera; perderse, preguntar, retomar el camino o desviarse por otro, que se le acaba de indicar con paciencia infinita; todo valió cada segundo de aquel paseo. Lo único que me hubiese gustado en haber podido tomar el Batman de regreso al centro; sólo para cerrar la historia de aquel día de manera redonda, como suele decirse; pero ese autobús no pasaba por aquel sitio. No importa, me dije; ya habrá tiempo de recorrer la ciudad junto al Caballero de la noche.

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