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Trekking cercano: Zonda y Ullum, unidos por el puente natural del cerro Tres Marías

DSC00344DSC00282DSC00298DSC00347Había llegado del Noroeste y quería salir a buscar algo de naturaleza cerca de la ciudad. Le llamé a un amigo que es guía de montaña y le propuse que atravesáramos el cerro Tres Marías, desde Zonda hasta Ullum. También se sumó otra amiga.

Nos tomamos el 23 o el “Zondino” enfrente de la Legislatura a las 8 AM. Estaba fresca la mañana y había extensas nubes desparramadas en el cielo. Mi amiga y yo llevábamos en las mochilas un litro y medio de agua cada uno, termo y mate y muy poca comida. El guía de montaña tenía la posta: dos litros de agua, botiquín de primeros auxilios, tarta fría que sacó de la heladera de su tía y experiencia.

Arrancamos sin saber bien por dónde ir. Sólo sabíamos que había que partir por donde termina el Camping de Rivadavia y pasar por el Museo Einstein. Ahí arriba, donde están las cuevas, hay como una vieja escalinata que va
desapareciendo a medida que se asciende. Seguimos la huella equivocada y terminamos en la Cabeza del Indio viendo el Autódromo. Por suerte pasaba una mujer que guiaba a un grupito y le preguntamos cuál era el camino correcto. Nos
recomendó que subiéramos por ahí y siguiéramos siempre las flechas amarillas y también nos pidió que le escribiéramos un SMS cuando llegáramos. Muchos se han perdido, deshidratado y han sido noticia en los diarios.

Empezamos el recorrido de trekking y ascenso como a las 11. Fueron como alrededor de 17 kilómetros duros. El sendero no era tan complicado, siempre al filo de los cerros, del cordón, con vistas panóramicas tremendas. Para el
oeste el Valle de Zonda. Al este: el Autódromo, humo de la fábrica de carburo, la recta perfecta de la Ignacio de la Roza y más allá todo el Valle del Tulum, la ciudad, y hasta el Centro Cívico se divisaba.

Sólo en una parte, cerca del dique, se complicó y tuvimos que pasar con mucha cautela un filo de piedras. Faltando poco comencé a sentirme mal y aún restaban las últimas subidas. La imagen que se me venía del camino era como la de una tijera de picos. Mi amigo, el guía experimentado, me dio una pastillas, agua con azúcar e hizo un té de coca. A esa altura, faltaba una hora para llegar al Castillo en el paredón del dique y ya no teníamos agua. Exhaustos hicimos el último tramo. Dialogábamos entre los tres sobre qué bebida desearíamos tomar. Cuando eran como las 19 PM llegamos. Bajamos corriendo al quiosco y nos tomamos 4 Gatorade cada uno. Nos tiramos sobre la tierra a mirar el cielo. Suspiramos y nos miramos con cara de misión cumplida, de logramos algo. Y tan cerca de la ciudad que estaba.

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