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Tigre’s Promises

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Ametista Samovar y el Señor Fitzcarraldo deciden tomarse unas vacaciones de la ciudad de la furia, pero sin alejarse demasiado.

Ametista Samovar desde siempre tiene sus reservas con respecto al Tigre: las olas de familias con termos, facturas y provisiones de yerba de hoy a la eternidad, el aire siniestro de las casas abandonadas en las orillas del archipiélago, los barcos oxidados de nombres bizarros a punto de hundirse en el río..pero sobre todo el agua, esa agua marrón que parece tragárselo todo cual arena móvil y tumba de secretos inconfesables (entre ellos, un par de anteojos de Chanel que la desventurada Baba Jaga, íntima de Ametista Samovar, perdió trágicamente en el río años atrás).

Así que las premisas no son de las mejores. Pero cuando en la página web lee las palabras clave de la felicidad que este lugar de alguna manera promete (spa, jacuzzi, menú a la carta, piscina con cocktail bar), decide intentarlo: le dará otra oportunidad al Tigre.

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La lancha privada llega al muelle en perfecto horario. Los pasajeros tienen la sonrisa expectante del argentino de excursión, y son todo un universo humano: en frente tenemos al clon de Valeria Lynch, una señora que parece no haberse dado cuenta de los años (y los kilos) de más y lleva puesto un rosario de muñequeras y tobilleras que harían palidecer a un hare krishna. Después, detectamos al hijo ilegítimo del cantante Anthony and the Johnsons, con su pelo negro apache planchadito, la expresión emo estampada en la cara y una piel más cándida que la de Dita Von Teese; atrás van las tres amigas Barrio Norte, que seguramente afligirán a todos los concurrentes de spa y pileta con sus historias sobre novios superficiales, pilates y depilación definitiva; luego, el infaltable, el hombre de cincuenta en plena aventura sentimental después de veinte años de casado que se hace el adolescente (cosquillitas acuáticas con la amada, chistes cancheros con el personal del hotel, pasos de danza esbozados al lado del buffet); finalmente, un hombre que parece el resultado de una mutación entre Viggo Mortensen y MacGyver, fachero pero de alguna manera grotesco con su compañera de treinta años más joven, a la que seguramente obsequiará con pilas de revistas de chimentos y hectolitros de tragos en el bar de la pileta para que soporte su presencia pedante al lado. En fin, un lindo contingente.

Ametista y el Señor Fitzcarraldo llegan al muelle privado, bajan y empiezan a caminar por las pasarelas de madera, entre la vegetación lujuriante y un clima subtropical..Y ahí está, en el medio de la selva, el Delta Eco Spa: el majestuoso cuerpo principal como un castillo de madera, y luego un dédalo de puentecitos, senderos y casitas en la jungla. El personal los atiende impecable: jugos fríos, explicaciones corteses, sonrisas omnipresentes. El lugar es espectacular, las vacaciones arrancan bien. Pero lo mejor todavía tiene que venir: la pileta inmersa en el verde, el jacuzzi al aire libre, los tragos del bar con fruta fresca y licores importados, el sauna seco y de vapor con la última tecnología, la habitación equipada y cálida, pero sobre todo la cocina.

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Si el miedo es el buffet masivo al estilo all inclusive, no hay que preocuparse: los platos son todos elaborados en el momento y con ingredientes de primera calidad. Ametista Samovar y el Señor Fitzcarraldo deleitan sus paladares con carpaccios, pasteles de pescado, lomos envueltos en panceta, crumbles de manzana y canela, flanes de coco y dulce de leche, frutos del bosque y crema chantilly..Incluso para una italiana talibana de la cocina (es una cuestión de adn) y algo obsesiva en cuanto a comida, bebida y atención como Ametista Samovar, los tres días en el Delta Eco Spa son una experiencia sublime: las cenas a luz de vela en la oscuridad de la selva, las vajillas de cristal de bohemia, uno de sus vinos preferidos en la copa (un Chardonnay Catena Zapata), comida bella e buona en el plato y su amado al otro lado de la mesa.
‘Algo más?’, pregunta suavemente el camarero. Y Ametista Samovar piensa que no, no necesita nada más que eso, ya lo tiene todo. El lugar ha cumplido con sus promesas de felicidad.

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