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Sobrevolando los himalayas.

La furgoneta avanzaba a toda velocidad entre las verdes montañas nepalíes, mientras las últimas luces del crepúsculo anunciaban cómo el manto nocturno estaba a punto de abalanzarse sobre nosotros de forma inminente.

Nuestro silencioso conductor no hacía concesiones a nada. Tan callado como desde el primer minuto en el que le vimos aparecer, sus ojos desencajados e inyectados en sangre no enfocaban otra cosa que no fuera la carretera que se desplazaba bajo el vehículo, alumbrada por las luces cortas del automóvil.

Pablo y Alberto se encontraban en los asientos delanteros de la furgoneta, acurrucados cada uno en su personalizada y retorcida posición, tratando de descansar. Vitin y yo estabamos en los asientos de atrás, y tras haber dado un par de cabezadas en las primeras horas de viaje, parecía que el sueño nos había abandonado completamente. Por ello nos dedicamos a echar las últimas horas con un poco de conversación, renunciando a intentar dormir algo.

Aunque para qué negarlo, el conductor había influído bastante en nuestra falta de sueño. Motivado por llegar cuanto antes, conducía como un loco por las estrechas carreteras del valle, y más de una vez le tocó esquivar a algún camión que venía en dirección contraria al adelantar de forma imprudente por el otro carril.

A lo largo de la serpenteante carretera se podían discernir algunos quitamiedos de piedra partidos cruelmente por la mitad, como si un vehículo los hubiera atravesado para caer en el acantilado que se encontraba al otro lado de los mismos. Al darnos cuenta, a Vitin y a mí se nos colocaron instantáneamente los cojones en la garganta.

Luces de Kathmandu.

Luces de Kathmandu.

Al final decidimos tomarnoslo con humor, y las horas se fueron haciendo amenas mientras íbamos hablando sobre lo que es viajar y las experiencias que nos aporta.

En determinado momento, mientras echaba un vistazo a la oscuridad reinante fuera, me dí cuenta de algo. Ésta gente, con problemas mucho más acuciantes y graves que nosotros, vivía con una sonrisa en la cara. Y generalmente, con lo mínimo. De pronto me puse a pensar en los “problemones” que tiene la gente en occidente y parecían ridículos. Es evidente que cada persona se adapta a las circunstancias con las que convive, y hay que juzgar a cada uno acorde con eso… pero igualmente me era difícil apartar el pensamiento de que en occidente nos quejamos demasiado y enfermamos por muy poco.

Después de charlar durante horas sobre éste tema y muchos otros, y coincidiendo con Vitin en que aunque no lográramos nuestro reto de cruzar el Tíbet el viaje ya había valido mucho la pena, nos prometimos que en un futuro catalogaríamos con más cuidado nuestras verdaderas necesidades, aprendiendo de la actitud de la sociedad nepalí.

Para cuando la furgoneta nos devolvió a Kathmandú, ya era la hora de cenar hacía rato. Le pedimos al conductor que nos dejara donde el Mythos, nuestro restaurante favorito del barrio, y bajamos del auto como si nos hubiera vomitado, enajenados, con la actitud de una manada de perros hambrientos.

Despegando.

Despegando.

Comilona en Mythos

Comilona en Mythos

En el restaurante no escatimamos absolutamente nada. Veníamos con un hambre atroz, después de un día demoledor y un viaje largo y algo incómodo. Pedimos todo lo que se podía pedir: chicken tikka, butter tikka masala, chapatis, yogur, arroz con verduras, chow mein, momos vegetales y de carne, e incluso rollitos. Hasta nos tomamos la libertad de pedir unos mojitos para acompañar. Las dos mesas que teníamos estaban llenas de comida.

Arropados en la vana felicidad que nos dió esa comilona de nivel, no logramos percibir cómo un hombre surgía de entre las profundidades del averno para materializarse de pie junto a nuestra mesa. Era, de nuevo, el indio putero que habíamos conocido el día anterior en el mismo sitio. Y, además, hablando de las mismas tonterías que la última vez.

Como nuestro ánimo no nos daba para soportar a este hombre otra vez, vistas las circunstancias, nuestras conversaciones con él eran cortas y llanas. Aunque le costó pillarlo, ésta vez no tardó mucho en largarse, diciendo que “nos veía realmente cansados”.

Después de pagar veinte euros en total por la comida (una dineral tratándose de Nepal), nos fuimos derrotados al hostal andando pesadamente por las oscurecidas calles del Thamel. En la recepción, algunos de los esbirros del momos seguían en activo ejecutando sus últimas triviales tareas del día antes de irse a dormir a sus sofás.

El valle de Kathmandu desde el aire.

El valle de Kathmandu desde el aire.

El sueño no tardó en ganarnos la batalla y acabamos todos durmiendo como bebés, ya que al día siguiente también nos tocaba levantarnos pronto: Teníamos contratado un vuelo de reconocimiento por los himalayas.

Cuando llegó la hora de levantarse, todos estábamos bastante enérgicos. Habíamos dormido un buen puñado de horas, y descansado los músculos del cansancio acumulado de los días anteriores y rematado por la expedición a la jungla.

Aún eran las seis de la mañana cuando salimos a la recepción y no se veía un alma rondando por el hostal, aunque por la calle se percibía la dinámica de un nuevo día que amanece, con sus escolares acudiendo al colegio, así como hombres y mujeres llevando a cabo sus quehaceres de aquí para allá.

Para ir al aeropuerto nos vino a recoger un tipo bien curioso. Era de los más modernos que hemos visto por allí, joven y con una sudadera negra con reflejos brillantes. El tío llevaba nada más y nada menos que una medallita de Justin Bieber colgando del salpicadero del coche. Vitin le preguntó que si le gustaba, y él giró levemente el cuerpo sin dejar de poner los ojos en la carretera para hacer un gesto con el pulgar hacia arriba pronunciando un potente “yeah!”.

El chico nos dejó en el aeropuerto, en la zona de vuelos nacionales. Tras pasar el control inicial, en el aeropuerto había un lío de cuidado, de maletas yendo y viniendo y  gente entrando y saliendo sin parar. En ésto que apareció el clásico nepalí, y vino a ofrecernos ayuda para llevarnos hasta nuestra aerolínea, Buddha Air. Le dijimos que no hacía falta, pero insistía en tratar de guiarnos. Mientras nosotros íbamos hacia el puesto diciendo que no íbamos a darle nada, el hombre gravitaba a nuestro alrededor. Una vez allí, por supuesto puso el cazo pero no se llevó un duro.

El monte Everest, demasiado lejano para nuestro gusto.

El monte Everest, demasiado lejano para nuestro gusto.

A la hora de entregar los papeles para coger los pases de vuelo, me dí cuenta de que no tenía mi fotocopia del pasaporte, pero al final dió lo mismo. A esta gente se la suda. Pasamos un par de controles rutinarios y salimos hacia la pista trasera del aeropuerto, donde nos esperaba nuestra avioneta.

Allí había unas cuantas personas que venían con el mismo propósito que nosotros. Mención especial a unos señores que íban vestidos de trekking, con sus botas de montaña, chalecos y hasta bastones telescópicos. Quizá no íban a escalar el Everest pero querían verlo desde el avión como si fueran a hacerlo, desde luego.

El vuelo fue cómodo y muy interesante, pero no pasamos tan cerca de los himalayas como nos hubiera gustado (aunque ya nos lo habían advertido, pensábamos que sería más cerca de lo que al final fué). Pudimos identificar los picos de el Everest, el Manaslu, el Lantang Lirung y poco más.

Tras una hora aproximada de vuelo, descendimos y a la salida todos coincidimos en que habíamos tirado el dinero con éste vuelo. De hecho a la salida nos dieron un diploma conmemorativo que no llegó ni a salir del aeropuerto, decía algo así como “yo volé por encima de los himalayas” casi parecía que se reían de tí.

Volvimos a la ciudad y aún no daban ni las nueve de la mañana, así que decidimos ir a desayunar a nuestro restaurante favorito, el Mythos, y así hacer tiempo. Lo que tocaba a continuación era volver a la detestable agencia que se encargaba de nuestros visados a ver si finalmente los habían conseguido. El día que se nos presentaba era clave: si no había visados teníamos que olvidarnos de hacer la ruta por el Tíbet.

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