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Relato de una noche nepalí.

Tras un día arduo lleno de templos, monos y escaleras llegamos al hostal exhaustos, sin casi saludar a nuestro colega el Momos, que ronda la recepción con su eterno plumas.

Nos esparcimos por la habitación, con quehaceres varios como cargar baterías o tomar notas, y alguien enciende la tele megalítica que hay junto al armario. ¡Un partido de cricket! Lo observamos casi como algo irreal, de otro mundo, no casa con el día que hemos pasado en Katmandú. Además, no es un deporte famoso por provocar grandes dosis de agitación en el espectador, no ayuda vencer al sueño que nos va ganando la batalla lentamente. Habíamos planeado salir pero la cosa se pone fea cuando uno a uno vamos cerrando los ojos.

Media hora después, cuando con no poco esfuerzo logro entreabrir los ojos y desperezarme, me encuentro con los tres bellos durmientes, a cual con menos ánimos para hacer algo que implique cierta verticalidad.

Sintiéndome el último superviviente me arreglo mínimamente y me dispongo a dar una vuelta nocturna en solitario por Katmandú. Un último intento de conseguir un compañero de batalla fracasa ante los murmullos soñolientos de Manu, así que abandono la habitación cerrando con cuidado.

El Thamel nocturno es un lugar estimulante y, como la propia Katmandú, lleno de vida y actividad frenética. Demasiado iluminado a trechos y demasiado oscuro en ocasiones como para ver siquiera a los perros hambrientos que entran y salen olfateando los callejones adyacentes.

Todas las noches se produce una curiosa mezcla de crapulismo montañero (es divertido conocer a alguien en un pub, que resulta que acaba de llegar de escalar el Annapurna y se está tomando las cervezas de rigor tras semejante hazaña), juventud adinerada nepalí, mafiosillos de medio pelo y liantes que ofrecen desde papel de fumar hasta “bang bang with best nepalí women”. Se encuentra uno absorbido por semejante vitalidad y es difícil no enamorarse del ambiente.

Mi andanada de aquella noche comenzó, como no podía ser de otra manera, en el infame club “Faces”, del que ya se hablado en entradas anteriores.

Fui literalmente obligado por el viejo y esquelético esbirro de la puerta a subir a echar un ojo. El ambiente estaba tan lleno de individuos peculiares y decadentes que era mejor observarlo desde una distancia. Así que allí, apoyado en la barra fumé, miré, y me descojoné por dentro durante un rato considerable. La mafia del lugar se daba cita, con sus mujeres de plástico y sus bailes ortopédicos, y el abyecto Gangnam style encontraba su público más enfervorecido.

Definitivamente no era lugar para quedarse así que me despedí del portero anciano y proseguí subiendo por la calle en pos de las luces brillantes.

Una vez llegado a la esquina más concurrida del barrio, de las diferentes opciones opté por el Full Moon, un bar tranquilo y agradable que compensaba su estrechez con cómodos cojines y la posibilidad de estar fumando casi tumbado. Allí había una pareja de nepalíes charlando junto a la barra y algunas personas fumando sishas. Me acerqué a la pareja a pedir un cigarro con toda la intención de empezar una conversación y se produjo un encuentro agradable, ellos estaban encantados de practicar un poco de inglés y yo quedé maravillado con la belleza de ella. Me pedí una cerveza Everest y charlé con ellos largo y tendido, de las montañas, de sus viajes a Europa y de la música que les gustaba escuchar y bailar. Enseguida descubrí que no eran novios y que, como su nivel de inglés ya anunciaba, ambos poseían cierto nivel económico que les permitía estar allí esa noche y pedir cócteles, y que eran gente amable y animada.

Me presentaron a los camareros y me invitaron a continuar la noche con ellos. Ella, Isu, quería bailar, así que propuso, como no, el Faces. De nuevo desanduve la calle y subí esas escaleras iluminadas con halógenos blancos. Desgraciadamente las ganas de bailar de Isu se vieron frustradas, pues al llegar arriba nos comunicaron que cerraban. Era casi la una y se acercaba el toque de queda, del que era la primera vez que oía hablar.

Quitándole importancia, el chico que venía con nosotros propuso otra discotequilla de la zona y allí fuimos. Como estaban cerrando muchos bares, había una amalgama de gente en la calle y todos se encaminaban a este mismo sitio. En la multitud del local conocí nada menos que a un canario. Tipo muy curioso, de padre inglés y madre francesa, llevaba viajando por Asia cinco meses, al parecer sin oficio ni beneficio. Era un tipo desenvuelto que llevaba varias semanas en Katmandú viviendo en el propio bar Full Moon (del que veníamos) así que me presentó al dueño y a otros nepalíes.

Una vez en el local, Isu pudo por fin bailar algunas canciones infames, muy parecidas a las que se podrían escuchar en cualquier discoteca europea. No obstante, yo estaba contento de poder bailar con ella y divertido al escuchar las historias del tipo canario yde nuestro otro compañero, que se las daba poco menos que de director de cine.

Cuando todo parecía ir realmente bien y mi acercamiento a Isu empezaba a tener buena pinta, recordamos de golpe que estábamos en un país regido por una dictadura y controlado por policía militarizada. La música se detuvo y unos individuos de camuflaje armados con escopetas y rifles FAL irrumpieron con malas formas desalojando la pista de baile, nadie escapaba al toque de queda.

Nueva aglomeración en la calle, donde los más ingenuos fueron presas de los liantes taxistas, los liantes taxistas en bicicletas, los liantes de la marihuana, los liantes “bang bang” y demás truhanes de la noche. Mucho caos nepalí donde hubo incluso algunos golpes por parte de los militares, muy majetes ellos, para dispersar (concretamente a uno de los de las bicicletas que estaba especialmente pesado con le gente).

Allí la mayoría de gente se fue para sus respectivas viviendas o infraviviendas y un holandés errante con pinta de montañero y demasiado bebido para encontrar su camino quedó sentado en una esquina, desorientado y balbuciendo incoherencias. Daba pena pensar que quizá ese tipo había coronado un ochomil en horas más altas y yo no.

En cualquier caso a algunos los dueños del Full Moon nos ofrecieron, con una amabilidad que no se olvida, abrir de nuevo el bar clandestinamente y tomar unas últimas cervezas. Como la otra opción era seguir a otro pequeño grupo de nepalíes que se adentraban en las sombras adyacentes a la calle principal del Thamel en pos de otro club quimérico que supuestamente evadía el toque de queda, me fui con los amiguetes del Full Moon, desde el cual al menos sabía volver al hostal.

Una vez allí se mantuvo todo a oscuras y la única iluminación fue la de unas velas que se dispusieron lejos de las ventanas, pues los militares aún seguían rondando por las calles, ahora silenciosas y oscuras.

A oscuras en el Full Moon

A oscuras en el Full Moon

Las cervezas se aderezaron con marihuana nepalí (negruzca, inodora e insípida pero fuerte al mismo tiempo – de hecho hoy me pregunto, ¿sería marihuana aquello que fumamos allí? -), que uno de los camareros trajo de la trastienda. La conversación fue variada y animada, aunque no todos hablaban inglés algunos pusieron música local no muy alta, mejor que la que había sonado en cualquiera de los otros bares o discotecas. Me chocó bastante que varios de los que formábamos el grupo, en total ocho personas, y solo una chica (Isu), estuvieran abrazados o acariciándose las manos con total normalidad.

Y allí estaba, en un lugar oscuro iluminado con velas, rodeado de siete nepalíes y el tipo canario, disfrutando de la compañía y la hospitalidad que se me ofreció. Hablando con este chico, en un momento en que los demás hablaban su idioma y no lo entendíamos, ambos estuvimos de acuerdo en que aquello era viajar. Aquella experiencia había valido más que cien templos, más que cien montañas.

Al cabo de una hora y media, el sueño empezó a hacer mella en algunos de ellos, que subieron a los pisos de arriba, donde tenían sus casas. Eran las tres y media de la mañana. Me despedí de todos y decidí no importunar a Isu con ningún intento de nada a última hora, pues me parecía una manera de romper el ambiente y despreciar su hospitalidad. Ella me preguntó si sabría llegar a mi hostal y me sonrió tímidamente asegurando que algún otro día nos veríamos de nuevo por allí. Un beso en la mejilla fue todo. No volví a verla.

La vuelta a casa bajo los efectos de aquella extraña hierba fue algo desasosegante en determinados momentos, pues las luces se habían apagado y tan solo los perros campaban ahora a sus anchas por las calles silenciosas del Thamel, pero en ningún momento sentí inseguridad o miedo. No me crucé a nadie, y tan solo vi unas sombras lejanas al fondo de una callejuela que parecieron esconderse tras un gran árbol cuando me acerqué. Pensando que saldrían a mí paso a robarme (o a liarme para ir a algún sitio), escondí mis pertenencias de valor, móvil y cartera en lugares donde pensé que nadie se dignaría a mirar. Pero al llegar no vi más que a un joven que se perdía en las sombras de un callejón. No parecía quedar nadie despierto en todo Katmandú, ni siquiera el portero del hostal, que roncaba en la recepción, se dignó a abrirme la puerta, obligándome a colarme en mi propio hogar y saltando la verja.

Sin hacer ruido me deslicé por el cuarto y me acosté en el colchón sucio y duro como el granito donde dormía. Durante los últimos segundos que el sueño me permitió antes de apoderarse irremediablemente de mí, recapacité sobre el día y la noche que había vivido, y, ante aquello, no pude más que dormirme con una sonrisa.

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