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Primer paso, decir adiós.

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El verdadero viaje empezó cuando di ese primer paso tras la línea que separa a la gente que está en viaje y la gente que se queda siguiendo sus vidas, esa línea que muchas veces es el inicio de algo grande y otras veces el final de historias que no pudieron continuar. Una tormenta de sensaciones me invadió después de pasar el punto de no retorno, dejando atrás a la gente que me esperaba unos meses más tarde, pero estaba listo, ya había preparado todo para partir, tenia pasajes y ropa abrigada, hasta tenía el matecito que me iba a conectar con casa cuando estuviera lejos.

El panorama en este punto era bien conocido por mí, la terminal C tan bonita y prolija dos pelotudeces en el Free Shop y un sándwich que me costó un ojo de la cara y  me hizo entrar ultimo en el avión. Asiento privilegiado, la primera línea después de la gente Bussiness y una compañera francesa que no emitía palabra alguna ante mis intentos repetidos de entablar conversación, el anuncio de apagar los teléfonos y el último mensaje a un amigo hablando de cualquier cosa menos una despedida emotiva. El avión se cerro y empezó a carretear por la pista, ya no podía volver a buscar esas cositas que deje atrás, ni respirar una última bocanada de humedad de un Buenos Aires que me despedía con 35° a la sombra, unos minutos después estábamos en el aire y pude ver una vez más el avión alejándose para darme la chance de cambiar de paisaje. Después de esto se vino una siestita en el avión, porque sinceramente venia rendido.

Unas cuantas horas más tarde me despertaba en un Paris totalmente nublado, con la sensación de que la ultima vez estuve ahí me había olvidado de llevarme algo. Mensaje obligado a “la vieja” para que pudiera despertarse tranquila sabiendo que “el nene” estaba bien y una corrida por el Charles de Gaulle para encontrar la puerta que me llevaría hasta Kiev.

Nada para decir de la segunda parte del viaje, solamente tres horas en el aire que me llevaban al destino, un menú de avión poco apetitoso y unos cuantos Ex Soviets de nombre Igor que viajaban cerca mío. El piloto anunciaba que llegábamos con diez minutos de adelanto y  que afuera hacían  -9°C, una pista de aterrizaje totalmente nevada y una sorprendente oscuridad a las 4pm me daban la bienvenida a la ciudad que sería mi casa por algunas horas.

Borispol un aeropuerto pequeño y excelentemente organizado, 15 minutos después ya tenía mi valija y me disponía a buscar a la persona que me llevaría hasta el centro de la ciudad, Kostiantyn Mishchenko, un amigo de un amigo que conocí en Paris. La sonrisa en mi cara era imposible de sacar, estaba perplejo de haber puesto los pies en Ucrania, país que me alojaría por siete semanas.

Una piza y unas birras  después ya estaba en el hostel dándome una ducha y conociendo a las primeras personas que caminarían conmigo en esta aventura, pero eso es material para otra historia. Si llegaron a este punto querrán, al igual que yo saber cómo sigue esta historia… así que nos vemos en la próxima entrada.

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