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Poole

¡Esta semana vengo doble!

Decidimos aprovechar este fin de semana y escaparnos a algún lugar. Kostas lleva trabajando todos estos meses con normalidad, desde casa, y con horarios completos, por lo cual buscábamos un cambio de aires para poder recargar un poco las pilas. Reservamos una habitación en Poole (unos 60 km) y el sábado salimos temprano con una mochila cada uno y ganas de visitar un nuevo sitio.

Presenciamos lo que sería un pequeño teaser del viaje en el trayecto en tren. Subimos en Southampton y debíamos hacer escala en Bournemouth, mismo recorrido que harían un grupo de alrededor de 15 británicos en su mayoría adultos, muy bebidos y ruidosos, tanto que tuvimos que cambiarnos de vagón en la primera oportunidad. Cuando hicimos el trasbordo, coincidimos con unos perros maravillosos a los que curiosamente volveriamos a encontrar más adelante. Me llenó de felicidad ver lo dog friendly que es toda esta zona. Perros viajando en trenes como pasajeros más, cafeterías adaptadas, ¡hasta helados para perros!


Helado

Llegamos a Poole con un temporal bastante desafortunado. Mucha lluvia y una escena bastante oscura mientras buscábamos lo que sería nuestra residencia temporal esa noche. Tras la entrada de un restaurante temático americano, con su música rock y anuncios pin-up, subiendo unas escaleras, nos encontrábamos con unas habitaciones individuales dotadas de baños privados. Los dueños del establecimiento eran una simpática pareja y el lugar estaba perfectamente situado en el centro, sobre una calle peatonal. El desayuno en el Sweet Caroline estaba incluido, Full English Breakfast o American Breakfast según gusto.


Hostal

Salimos a dar una vuelta por las calles vacías, pero el viento y la lluvia nos hacía imposible disfrutar del lugar, por lo cual paramos para un café y decidimos buscar información sobre el Museo de Poole (curiosamente la primera crítica positiva, decía que el museo era muy interesante, pero sobre todo un fantástico resguardo de la lluvia) cuya entrada es gratuita y se encuentra en el centro.


Poole Museum

La mujer que nos recibió en el museo nos dijo que es necesario reservar entrada, pero dado que la ocupación en ese momento era muy baja, podríamos entrar sin problema. Matamos la siguiente hora entre recuerdos de la historia de Poole: restos de un barco conservado durante siglos, diferentes objetos de épocas más recientes, videos de las aves típicas de la zona, y más detalles locales.

Tras la visita al museo, el tiempo parecía ir mejorando. Decidimos tomar un café más (mis viajes están plagados de cafés, siempre tienen que sumarle unos cuantos a la cantidad de cafés que crean que puedo llegar a tomarme por día en un lugar nuevo) en una cafetería que esta situada en el paseo marítimo, mientras esperamos al dichoso sol, que al fin nos visitó.

La disposición del paseo marítimo fue lo que más me gustó de Poole, numerosos cafés, restaurantes, y tiendas en las que sentarse y poder disfrutar de charlas y bonitas vistas. Éstos otorgan a la ciudad un encanto diferente, que crece exponencialmente con los primeros rayos del sol. Poco a poco la gente comienza a salir y el paseo se llena de familias y, para felicidad mía, muchos perros.

Y para regresar a la habitación, decidimos dar un gran rodeo pasando por Baiter Park, un parque junto a la bahía con preciosas vistas y amplios espacios para recorrer. A esta altura del día, el sol brillaba alto y la sensación había cambiado por completo.


Baiter Park

Esa noche decidimos comer en el centro, una cadena de restaurantes que también podemos encontrar en Southampton pero a la que no habíamos ido nunca, Delfino Lounge. La comida era maravillosa (en especial la hamburguesa) y aquí un récord personal, se equivocaron en mi pedido (me pusieron un wrap con guacamole, cuando pedí sin porque odio el guacamole) y lo reclamé… cosa totalmente inusual en mí, nos lo cambiaron y nos dieron un postre gratis, win-win. Pero durante la cena presenciamos una pelea justo en la puerta. Dos personas se empujaban y pegaban contra las mesas y todos los empleados tuvieron que salir corriendo a ver que pasaba. No destacaría algo así si no fuese porque esa misma noche, nos acostamos pronto y dado que el edificio en el que nos quedamos estaba en el centro y era un sábado por la noche, el ruido de la calle fue insoportable, hasta un punto pasada la 1 de la madrugada donde un grupo de gente empezó a pelearse justo debajo de la ventana. Tal fue el escándalo que poco después aparecieron dos patrulleros de policía…

El domingo amaneció soleado y perfecto para más paseos. Durante el desayuno, que fue una delicia, decidimos que los planes del día serían los siguientes: pasarnos por el centro comercial a comprar unas gafas de sol, tomarnos un yogur helado en la playa y por último visitar Compton Acres, un jardín botánico privado a varios km del centro de Poole.

Las gafas del Primark y el yogur helado lejos de la playa (no conseguimos ningún lugar que los vendan cerca de la playa) y nos dimos cuenta que el trayecto en bus hasta el próximo destino sería largo y casi igual de caro que un taxi, así que con £10 en taxi llegamos allí.

La entrada para Compton Acres cuesta alrededor de £8.40 por persona, un precio quizás un poco excesivo para la calidad del lugar, pero tratándose de una actividad bastante inusual, decidimos aventurarnos.

Paseos por numerosos jardines, bien cuidados y con muchas estatuas y elementos de decoración, y muchos carteles con curiosidades aleatorias para entretener a los niños. Lo mejor del lugar, a modo personal, es el jardín japones, con preciosas vistas. Cabe destacar también que este lugar cuenta con paseos adaptados para usuarios de sillas de ruedas y carritos de bebés.

Al terminar el paseo, nos decantamos por otro café en el restaurante del complejo. La estación más cercana estaba a más de media hora andando y disponíamos de más de una hora para tomar el siguiente tren, así que decidimos ir caminando. En este camino improvisado, en medio de unas casas gigantes, en una zona de mucho dinero, nos encontramos de frente con los dos perros que vimos el día anterior en el tren, los cuales se me acercaron, haciéndome nuevamente feliz. Un buen final para un gran fin de semana.

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