You are here: Home > Viajando > Morir antes del fin del mundo

Morir antes del fin del mundo

Era diciembre y faltaban algunos días para el tan anunciado y publicitado fin del mundo que los Mayas (no) pronosticaron. Y en medio de la paranoia informativa internacional, entre las cadenas comunicacionales exacerbadas, decidí desconectarme y desaparecer por un momento.

Edson Hurtado en el Lago Titicaca

Es curioso que de tantas veces que he visitado la Sede de Gobierno, nunca hubiera viajado a Copacabana. Quizás sea, pienso, porque la vida nocturna de La Paz me consume siempre, y la magia de Sopocachi termina por atraparme inevitablemente el corazón. Pero ese sábado, con la cabeza intacta y el corazón más aventurero que nunca, tomé mi mochila y decidí conocer por fin el lago más alto del mundo. Y lo que me encontré, superó todo lo que yo alguna vez había imaginado.

No voy a contarles aquí lo que seguro esperan: el cielo azul, las montañas nevadas en el horizonte, el agua encendida y cristalina, la arena cordillerana, la fría brisa constante y los olores de las plantas, que allí luchan por embellecer aún más el lugar.

No. Yo les quiero describir el silente terremoto que me estremeció por dentro, les quiero mostrar las murallas de mi ego derrumbadas por el agua infinita, las puertas abiertas de mi corazón que no dejó de latir a pesar de la altura. Fue como si el mundo hubiera quedado en silencio, lejano, invisible. Y yo en medio del Lago Titicaca, silente, sorprendido, temeroso, indeciso, indiferente; hundiéndome de a poco en el abismo de la historia, de la tradición de esa cultura ancestral, tan lejana y al mismo tan familiar. Simple y solo, como aquel hombre que vio ante sus pies, el fondo del primer abismo descubierto.

Edson Hurtado en el Lago Titicaca

En el vórtice de mi conciencia individual logré imaginarme como nunca antes lo había hecho. La magnitud de lo que veían mis ojos, de lo que sentía mi piel, de lo que respiraba mi alma, me permitió reconocer ciertos aspectos que no había identificado en todos estos años de hedonismo y epicureísmo insulso al que he entregado mi existencia. Y entonces se hizo presente esa sensación de pequeñez, de insignificancia; me convertí en un náufrago de mí mismo. Dando vueltas alrededor de la nada, convencido de la simpleza de la vida y de la muerte, confirmé, de nuevo, que el tránsito que todos hacemos por este mundo, vale la pena si nuestro espíritu es capaz de romperse y volver a armarse con la convicción de brillar por sí mismo. De eso se trata todo.

Quizás por eso siempre he renegado a cumplir el rol que la sociedad tiene para mí.

Es decir, no he podido encarnar al hombre responsable, padre de familia, trabajador exitoso, ahorrador escrupuloso, tío y padrino abnegado o comparsero farandulero. Esos papeles siempre me han parecido una impostura, una forma de castigo, un callejón sin salida. Y como nunca estuve dispuesto a detener mi marcha, a hacer concesiones de índole existencial, los he rechazado consecuentemente. El precio -porque todos sabemos que siempre hay uno- siempre es alto, y la mayoría de las veces, doloroso. Pero, como la libertad y el aire no se pueden etiquetar, ni vender ni comprar, hay que pagarlo, para no resignar utopías por complacencias.

Por eso el fin del mundo no me daba miedo. Porque estaba tranquilo, en paz, con ciertas incertidumbres, claro, pero en paz. Porque mi mundo, se había acabado tantas veces, y tantas veces había vuelto a empezar, que un cataclismo a nivel planetario no hubiera sido sino un nuevo comienzo. Una nueva oportunidad para seguir honrando la vida, que es a lo que hemos venido.

Edson Hurtado en el Lago Titicaca

Edson Hurtado
Periodista y escritor

Artículo escrito para Semanario Uno
Fotos: Joaquín Saucedo Hurtado

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

Leave a Reply