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Mis mejores experiencias viajando…

  1. Surcar cielos Xochicalcas…

    Un aguacero durante la noche amenazaba con arruinar el plan y la moral comenzaba a bajar creyendo que haber viajado ese fin de semana sería en vano, sin embargo habría una gran aventura.

    Llegamos por la tarde al lugar donde acamparíamos con el objetivo de realizar tubing en el río Amacuzac  después de desayunar al día siguiente. La emoción de tener esa experiencia en aquellos días de calor y lluvias nos invadía por completo y generaba que habláramos de ello todo el tiempo, creando expectativas y deseando grandes anécdotas para contar al regreso con nuestros amigos y familiares. SAM_2567.JPGArmamos el campamento todos eufóricos y montamos un asador para cocinar unas hamburguesas para cenar. A lo lejos comenzó a escucharse el ruido de un motor diferente a los que podía reconocer. Nunca me imaginé lo que vería: un avión ultraligero aterrizaría en el mismo campo donde estábamos acampando. Estaba, yo, en el asador preparando las hamburguesas cuando el avión comenzó a alinearse a la pista que se encontraba en el mismo terreno que nosotros (que por cierto jamás nos percatamos de la pista), aterrizó y pasó junto a nosotros al estacionar el avión en un lugar fuera de la pista, al mismo tiempo, Roberto, el dueño del terreno salía corriendo hacia él para saludar y recibirle. Al acercarse ambos a nosotros le comenté a Roberto que no tenía idea de que hubiera una pista de aterrizaje en ese lugar cuando me explicó que aquel terreno lo había comprado para construir un club de vuelo y de que él también tenía su avión; me mostró el pequeño hangar que yo creía una bodega de herramienta o algún taller de algo.SAM_1669.JPG Roberto rió junto Manuel (el piloto) al saber lo que había imaginado. Entrados en la plática, Manuel me invitó a volar si el tiempo lo permitía al día siguiente, yo no supe que decir pues no creía todo lo que estaba sucediendo, mi idea había sido ir a acampar, comer unas hamburguesas y hacer tubing al día siguiente, algo de adrenalina pero nada comparado con la oportunidad que se me presentaba en ese momento. Más tarde Manuel tuvo que irse pues pronto comenzaría a anochecer y no quería arriesgarse a que la noche le tomara en pleno vuelo. De pronto, comenzó a nublarse cubriéndose el cielo de un gris profundo, anunciando el nivel de lluvia que caería esa noche. Al caer ésta, el agua tumbó varias tiendas de campaña dañando una de ellas, eso nos orilló a refugiarnos en un cobertizo de láminas donde tuvimos que pasar toda la noche. Mi oportunidad de volar por primera vez en un ultraligero se había desvanecido por completo pues tendríamos que salir muy temprano al amanecer para poder regresar a tiempo para salir en las camionetas hacia el río y el clima parecía no dar tregua al cielo para poder hacerlo. Me dieron las 6:00 am esperando terminara de llover, me paré y me preparé por si en algún momento Tlaloc me permitía volar, pero parecía que no sería así. Desayuné un poco de fruta y salí al campo con un café en mano; la lluvia había parado pero las nubes seguían cubriendo todo el cielo, el ambiente era sumamente húmedo y fresco. Me había hecho por completo a la idea de que definitivamente no volaría. Terminé mi café y me di media vuelta para servirme otro poco mientras todos los demás se estaban preparando para desayunar y salir hacia el río. El ambiente entre los demás no era el más optimista pues creían que estaría haciendo frío y no disfrutaríamos del río por completo, sin embargo ya estábamos ahí y no íbamos a regresar sin ninguna experiencia.

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    Siempre sí volaremos…

    A lo lejos comenzó a escucharse el motor de Manuel, salí del cobertizo esperando poder verlo aterrizar pero las nubes no permitían nada. Algunos claros entre el cielo permitían ver el azul cuando de pronto atravesando el gris del nublado salió Manuel alineando su avión a la pista pareciendo que se estrellaría contra el suelo, mi corazón brincaba agresivo de no saber si íbamos a volar o a auxiliar a Manuel cuando se estrellara. Una maniobra más y Manuel aterrizó sin problema alguno. Mi emoción brotó de un momento a otro pues al parecer siempre si volaría sobre los cielos morelenses.

    Cuando Manuel se acercó a mí, me comentó que esperaríamos un momento más a que se aclarara un poco más ya que el aterrizaje había sido un poco complicado y no quería arriesgarse conmigo. Platicamos un momento y después me dispuse a guardar mis cosas esperando mientras se disipaban un poco más las nubes. Todos ya habían desayunado y el euforia comenzaba a regresar de nuevo, les comenté que quizá si volaría y los demás que comentaron que no habría problema en esperar un poco más a salir rumbo al río, que aprovecharían para hacer un poco de digestión por el desayuno.

    Manuel caminaba hacia afuera del cobertizo para ver si las condiciones ya eran favorables. Observó el cielo mientras yo lo veía a lo lejos, cuando me hizo una señal con la cabeza indicando que era el momento de abordar. El corazón se me salía y la sangre la sentía en toda la cabeza junto con el pecho oprimido de la emoción, la adrenalina me corría por todo el cuerpo y las piernas me temblaban, mi respiración era pesada, pero mi emoción era enorme. Subí al avión en la parte trasera y me abroché el cinturón. Me di cuenta que aquel artefacto era demasiado simple para ser un avión; parecía un carrito de “Play School” con el que jugaban mis sobrinos pero con un ala delta de colores sobre mi cabeza. El tablero de controles era una tableta con una aplicación para volar y el volante era un tuvo transversal. Algo sumamente simple para que eso fuera un avión. Entraron otro tipo de nervios. Manuel arrancó el motor y ya no había marcha atrás, tomo dirección hacia el final de la pista y al llegar a la distancia lo acomodó para empezar el despegue.

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    Preparados para despegar

    Aquella era la mejor experiencia de mi vida, algo que jamás hubiese pensado hacer y que se había presentado la oportunidad sin buscarla. Cuando era niño, tenía el sueño recurrente de ser un ave: me soñaba volando sobre un paisaje boscoso a escasa altura de la copa de los árboles sintiendo una gran libertad con el viento sobre mi cara. Al continuar con el vuelo de pronto se abría el paisaje con un gran despeñadero donde los árboles se hacían del tamaño de una pelusa sobre el suelo. La sensación era sumamente similar a la que estaba teniendo en ese momento cuando se aceleraba el motor y la velocidad aumentaba al mismo tiempo que la pista cada vez era más corta. Al final de ésta había un bosque tupido con un tabachin justo en medio de donde terminaba. Sentía que nos iríamos directo hacia él estrellándonos sin siquiera levantar el vuelo dos metros. Ahora entiendo que apenas íbamos a la mitad de la pista cuando comenzamos a elevarnos pasando unos cuantos metros sobre aquel árbol ¡Jamás había sentido algo similar! mientras nos elevábamos cada vez más, cruzábamos a través de las nubes que unas horas antes parecían que anularían aquella fantástica anécdota. Grises, densas, no se podía observar nada; se sentía frío sobre cara, piernas y manos. Para cuando logramos cruzar esa parte fría y húmeda se abrió una de los mejores que paisajes que he visto en mi vida: era un mar de nubes plateadas que no rebasaban la vista al fondo de los volcanes (el Izta y el Popo) con el sol tierno del amanecer y encima de todo ese espectáculo, un techo de nubes más densas de igual plateado. En ese momento sentí como si me comunicara con un dios que siempre me había parecido un ser lejano. La sensación era de paz, como si todo fuera en cámara lenta. Volamos sobre las nubes con los volcanes a nuestro lado derecho. Las Nubes cada vez eran menos y menos densas. En un “de repente” se abrieron y se vislumbró a lo lejos el Lago de Tequesquitengo que parecía un espejo reflejando todo el paisaje que tenía frente a mis ojos. Realmente no logro plasmar en estas letras aquello que vi en ese momento, aquello que sentía a lo largo del recorrido. Todo había hecho de aquel día algo sin igual, y eso que apenas comenzaba.

    Manuel y yo platicábamos en el aire de lo que me parecía aquello cuando me preguntó -¿quieres planear?- de primera impresión no supe que contestar y Manuel no lo volvió a preguntar. Apagó el motor y comenzamos a planear surcando el cielo a través de las bolsas de aire que iba pescando. No había más sonido que el del viento rozar mis oídos; todo era lento como si el tiempo no pasara. Imágenes estáticas a todo nuestro alrededor. Un espejo de agua, el sol en medio de un sándwich de  nubes plateadas y de fondo una pintura de leyendas aztecas del guerrero y la mujer dormida.

    Cuando creí que ya todo terminaba y regresábamos al campamento, tuve un final con broche de oro. Manuel buscaba entre las neblina que quedaba ese momento, la pista. Yo no veía nada, salvo un pequeño pedazo de ésta entre un diminuto claro de nubes. Manuel solo se abrió paso en el cielo sin solicitar permiso a nadie. Alineo el avión a la pista, y, con el motor aun apagado, comenzamos a descender a una velocidad que parecía aumentar conforme nos acercábamos al suelo y las nubes. Mi corazón volvió a latir con rapidez y las manos me sudaban, mis piernas apretaban en el asiento y las pupilas las tenía más dilatadas que las de un gato en la noche. Tocamos las nubes, nuevamente sentía el frío y la humedad de éstas en mis cara. Los googles se me llenaron de pequeñas gotas de lluvia. Sentía que moriríamos estrellados contra el suelo, pues no se veía nada. No sabía a qué distancia del suelo estábamos cuando se abrió una imagen que me paralizó por unas milésimas de segundos: aquel tabachin en medio de la pista estaba a escasos metros de nosotros; tan cerca que creí que rasguñaría mis piernas con las ramas. Manuel acomodó el avión de tal manera que sentí como cuando en plena cabalgata jalas la rienda del caballo y éste comienza a frenar bruscamente. El pasto de la pista lo sentía en mis pies (estábamos a tres o cuatro metros del suelo). La llantas tocaron la pista, y el avión brincaba con las irregularidades del terreno. Por fin sentí la realidad del momento y Manuel maniobraba el avión a baja velocidad dando vuelta para acercarnos al cobertizo donde los demás esperaban.
    Cuando bajé del avión, mi sonrisa tocaba cada punta del horizonte y mis piernas no me sostenían firme al caminar.

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    Volar y ver aquello, fue ver las maravillas de dios.

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