Miedo a volar
De vez en cuando le surgen a uno las ganas de recordar historias pasadas con cierto humor. Ésta, que a continuación voy a narrar, es una de esas historias que difícilmente se olvidan y que, cada cierto tiempo, alguien te recuerda. Sin más dilación os cuento lo acaecido.
Miedo a Volar
Múnich, Alemania, 17 Diciembre del año 2001 (y un frío que te mueres).
Hasta aquel día viajar en avión no había sido un problema, pero por alguna razón esa noche la pasé en vela. Cada vez que cerraba los ojos, al pensar en coger el vuelo, una terrible sensación de vértigo me estremecía de pies a cabeza. Tan mal lo pasé que a la mañana siguiente consideré seriamente deshacerme del billete de avión, ir a la Hauptbahnhof y comprar el primer billete de tren que me llevase a Madrid, y así poder cumplir con mi objetivo de darles una sorpresa a mis padres, que no me esperaban hasta cinco días más tarde. Sinceramente, en esos momentos, no me hubiera importado que el trayecto en tren me hubiese llevado a casa pasando por Nueva Zelanda (país en el que, al parecer, hay más ovejas que neozelandeses).
Afortunadamente, en aquel entonces, vivía con un buen amigo, el cual, al hacerle yo participe de mis preocupaciones, estuvo descojonándose de mí cerca de 10 minutos. Así que decidí coger el avión (no hay nada mejor que un tratamiento de shock, para quitarle a uno la tontería)
Casi al borde de un ataque de nervios, fui al aeropuerto acompañado del mencionado amigo y su novia. Y dado que teníamos que esperar más de una hora hasta que pudiese embarcar, nos fuimos directos a la cafetería a por un café y un tiramisú. En este momento, el típico listillo que en el colegio se sentaba en primera fila se preguntará, ¿nervioso y a tomar un café?. Cierto, todo un error.
A falta de media hora de tomar el vuelo, mi estado de nervios era tal que me volvía a plantear coger el vuelo. Mi fortuna hizo que la novia de mi amigo recordase un truco para superar el miedo a los vuelos (veréis que a esta pareja no la voy a olvidar aunque pasen 100 años). Me dijo, Mi profesor de francés, que tiene muchísimo miedo a volar, se toma siempre una cerveza antes de cada vuelo y así consigue perderle el respeto… ¿por qué no te tomas una?. Claro, en ese momento, si me hubiese dicho que me tenía que amputar las dos orejas para perderle miedo al vuelo, lo habría hecho… así que, ni corto ni perezoso, a las 7:25 de la mañana me fui a por una cervecita (y para quien no lo sepa, de menos de medio litro en Alemania no hay). Como siempre me ha gustado trabajar bajo presión, a eso de las 7:55 ya había terminado con la tercera y, salvo una ligera presión en el estómago, no era del todo consciente de lo que acababa de hacer.
A medida que pasaba el tiempo mis preocupaciones se iban disipando, hasta el punto de que momentos tan críticos como el despegue se me antojaron insulsos. Y el vuelo en sí, ni te cuento. Por esta razón, convencido de la eficacia del Truco de la Cerveza, me decanté por mantener, en la medida de lo posible, ese estado de… felicidad contenida. Así que, cuando a todo el mundo le servían el desayuno, yo pedía un vino. No hay que abusar de la cerveza, claro, pensé yo. Mi segundo vinito llegó antes de que el resto de tripulantes hubiese terminado, e incluso empezado, su desayuno. Para sorpresa de la azafata.
Pensando ahora en ello, se me ocurre que en pleno vuelo los efectos del alcohol deben duplicarse (o cuadruplicarse), porque por tan poca cosa y en tan breve espacio de tiempo uno no puede ponerse tan alegre, hasta el punto de querer cantarse el Minero de Antonio Molina. Con gorgoritos y todo.
En cualquier caso, así transcurrieron las dos primeras horas de vuelo, conteniendo un entusiasmo y felicidad desmedidos, y realizando constantes viajes al servicio (a expulsar aguas menores, que dicen por ahí). Al final, tanta salida al servicio agotó a mi compañero de vuelo (un completo desconocido), que en varias ocasiones suplicó que cambiásemos los sitios (yo tenía asiento de ventanilla y él de pasillo), a lo que yo solía responder, Me permite, tengo que ir al servicio y no aguanto más. A la vuelta de una de mis salidas, mi compañero de vuelo, sin que hubiésemos llegado a un acuerdo, decidió cambiarnos los sitios. Lejos de molestarme, lo celebré con otro vinito.
Ya aterrizado el avión y habiendo desembarcado todo el mundo, tuve que volver por tres veces a mi sitio a recoger cosas que había ido olvidando. Todo esto, claro, bajo la mirada crítica de una azafata que debía cuestionarse todo tipo de capacidad racional en mí, cuando le saludaba al pasar a su lado. Y así hasta 6 veces.
Como se trataba de una sorpresa, en el aeropuerto sólo me esperaba mi hermano, que nada más verme se percató de que algo no estaba en orden. Verme en la salida con una sonrisa de oreja a oreja y arrastrando mi portátil nuevo por el suelo, sin contar múltiples tropiezos con una de las maletas y hasta con un guardia civil, era signo inequívoco de que algo distaba de lo esperado. El viaje en coche a casa fue uno de los momentos más graciosos que recuerdo de toda mi vida. Aunque, sinceramente, no recuerdo qué pasó para que fuera así.
La idea, cómo ya he comentado previamente, era dar una sorpresa a mis padres, que no esperaban todavía mi llegada. Como toda buena sorpresa, no vale solo con dar la sorpresa, sino que se debe intentar algo más que haga perdurar el momento en el recuerdo. Mi idea, en este sentido, era retratar con mi cámara fotográfica, una Pentax, las caras de sorpresa que mis padres pondrían cuando me viesen aparecer por la puerta (llevábamos una año sin vernos, vamos, todo un vuelve-a-casa-vuelve-por-navidad).
Al entrar en casa me precedía mi hermano, que llegando al salón, donde se encontraban mis padres, anunció, ¡os voy a dar una sorpresa!. Y sorpresa hubo. En ese instante se suponía que yo tenía que hacer una entrada triunfal y suficientemente rápida para poder lanzar dos fotos que inmortalizaran la sorpresa en sus caras. Nunca vi sus caras. De hecho, mi entrada fue tan rápida y triunfal que me golpeé la rodilla izquierda con el marco de la puerta, lo que provocó que perdiese el equilibrio y, con tan mala fortuna, que mi cuerpo girase en un ángulo de casi 360 grados. Aun así, de camino al suelo, mi empeño por hacer esas fotos era tan fuerte, que en un último y desesperado intento…. Click (techo del salón retratado) … Click (florero retratado) … Click (bajos de las cortinas del salón retratados).
Sólo dos cosas más recuerdo de tan dramática caída: mi hermano tapándose con las manos una sonrisa de oreja a oreja y un anodino ¡sorpreeeeesa! que, boca abajo, me vi moralmente obligado a murmurar.






