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Mi Yo Viajando

Antes de comenzar mi vida viajera, yo no tenía una pasión muy definida, es decir, me gustaba mirar pelis de terror, resolver acertijos y misterios policiacos muy al estilo de los personajes de las novelas de Agatha Christie, disfrutaba leyendo historias de suspenso o anotándome a cuantas escuelas de baile pudiera, para así poner a mover el esqueleto de vez en cuando. Pero no podría catalogar ninguno de esos hobbies como una “verdadera pasión”.

Descubrí los viajes en una época tardía, pues entonces corría el año 2016 y yo tenía ya unos 26 años. Ni siquiera sé cómo sucedió, pero fue para unas vacaciones navideñas, estaba en casa mirando Facebook, cuando de pronto, al mirar las fotografías de vacaciones de unos cuantos conocidos, una espinita me estuvo arañando el pecho toda esa noche, tanto, que a la mañana siguiente ya tenía un boleto de autobús a Mazatlán y la reserva en un hotel, estaba dispuesta a irme sola, pero acabo acompañándome mi hermana pequeña.

Ese viaje cambio mi vida. Por alguna razón, un espíritu aventurero se apodero de mi por completo, y aunque es verdad que camine hasta sacarme ampollas en los pies, que me queme con el abrazante sol de Sinaloa y que volví a casa con la piel tan morena que tuve que hacer uso de pomada de tepezcohuite todas las noches para calmar el dolor, todo eso valió absolutamente la pena, porque al llegar a Chihuahua tenía el corazón renovado, sabía que no era la misma de antes, había encontrado el sentido de todo, y tenía claro lo que debía hacer entonces…

Sin importar las circunstancias a las que fuera a enfrentarme, viajaría siempre que pudiera, con la promesa fiel de que en cada viaje iba a buscarme a mí misma, iba a encontrarme, a abrazarme y a perdonarme por todas las veces que, sin querer, me he fallado”.

Y así comenzó mi aventura, una de las más bonitas de mi vida, la que más me enorgullece. Y aunque empecé tarde, creo que siempre fui una viajera, porque antes de decidirme a tomar vuelos, autobuses, tours, hospedajes y todas esas cosas, yo ya miraba las fotos de otros sitios en los libros de geografía de la escuela cuando era niña, me gustaba hojear el atlas de México y observar los mapas, o estas enciclopedias que compilaban todas esas fotos de otras grandes ciudades del mundo…

Y aquí he de hacer una pausa para hablar sobre un momento muy especial en mi vida que, además, se relaciona mucho con esto. Cuando era una adolescente, debía tener unos doce o trece años, cierto día me encontraba visitando a mi tía Mary en su casa.  Estando ahí, descubrí una impresionante revista sobre cruceros por el mundo, páginas y páginas dedicadas a viajes en enormes y lujosos barcos, en cada hoja ponían pequeñas fotos de los sitios a visitar, así como de la ruta trazada en el mapa que debía seguirse y la descripción del itinerario. Los precios en “euros” estaban marcados en cada una de las hojas, yo ni siquiera sabía lo que valían los euros entonces, pero para los bolsillos vacíos de una jovencita de trece años, todo eso tenía pintas de costar mucho dinero.

Antes de dejar en paz la revista que me quito bastante rato de esa tarde, me prometí firmemente que, “cuando por fin me graduara de la escuela y consiguiera un trabajo, iba a pagarme uno de esos cruceros”. Y ese recuerdo quedó ahí, congelado en alguna parte de mi memoria y casi fue olvidado, hasta que muchos años después me encontraba en la vieja oficina en la que solía desempeñarme laboralmente, había sido un día muy malo, malo de malos, y yo tenía esa sensación de cansancio emocional que raya en el hartazgo, así que en un acto de ligera rebeldía, me dije que no iba a trabajar por el resto de las horas que aún quedaban, y en cambio abrí la pestaña de google para mirar fotos del mar, porque cómo ya he dicho en innumerables ocasiones, el mar me relaja mucho.

Y así, una tras otra, fui haciendo pasar las diferentes imágenes de fabulosos pedazos de océano, y transcurrió alrededor de media hora antes de que por fin apareciera “esa foto”, en realidad no era tan impresionante, pero si mostraba a un enorme barco de color blanco sondeando la masa azul del mar de alguna parte del globo, y entonces, como en una clase de flashback de esos que salen en las películas, la promesa de aquella muchachita de 13 años resurgió… “cuando consiga un trabajo voy a pagarme uno de esos cruceros” , y vino acompañada con un reproche:

“¡Maldita sea, Alba, estas en una jodida oficina ahora mismo, ¡trabajas desde hace unos años y ya tienes 27!, no eres más rica que entonces, pero al menos ahora puedes echarte algunas cuantas deudas encima…”

Y así, sin pensarlo mucho rato ya estaba escribiendo a esa agencia de viajes de Málaga, pidiéndole un presupuesto con el corazón en la mano, media hora más tarde, había enganchado el que sería mi primer viaje largo ¡y en crucero!, mi estado de ánimo cambio en un dos por tres, había una gran ilusión en puerta, ¡porqué iba a conocer España!, y sí todo iba bien, ¡iba a pasearme por el mar durante 8 hermosos días!

Cómo esta, podría contar muchas anécdotas más, esos momentos se quedaron traducidos como instantes memorables en los que me deje llevar por el instinto y gracias a eso he conseguido atesorar valiosos recuerdos.    

Viajar se volvió parte de mi vida, de mi esencia, y aunque no puedo hacerlo tanto como me gustaría, me valen de mucho esos dos viajes de los periodos vacacionales, pues son suficientes para cargarme de buena vibra y devolverme a casa revitalizada.

Pero no solo disfruto el viaje en sí, no, ¡yo disfruto mucho más que eso!, disfruto el momento en que sentada frente al computador de mi casa y con un cuaderno y pluma en mano, me pongo a barajear fechas, destinos, rutas, itinerarios, precios, opiniones y demás. El proceso de planear un viaje se vuelve emocionante, y no puedo evitar entrar al google maps a poner a caminar al “muñequito amarillo” por las calles que han sido digitalizadas gracias a la bendita tecnología, y esa se convierte entonces en mi primera probadita del viaje, la primera pequeña experiencia, pues transitó por todos los lugares que pretendo conocer.

Hago la maleta con un mes de anticipación, a veces, incluso con más tiempo. Soy súper organizada, me gusta elegir cada cosa que usare en cada diferente sitio y me imagino estando ahí, usando este vestido o aquel pantalón. Planeo mi agenda de seguridad, como así me gusta llamar al cuadernito donde anoto todos esos números y direcciones a los que puedo acudir en caso de alguna emergencia, organizo itinerarios, transportes, y hasta me llevo aprendidos unos cuantos locales de comida que me gustaría probar… pero eso para mí no es agobiante ni mucho menos, eso es algo que disfruto hacer, porque va acompañado de toda la emoción que provoca un viaje en puerta.  

Y no importa si llevo los planes bien establecidos y luego estos se desbaratan y cambian, porque también adoro la dulzura de lo espontáneo, la sorpresa me embriaga y al final da igual hacer lo que sea, porque sigue sumándose a las experiencias novedosas que enriquecen mi vida.   

El sueño de viajar es algo que no puedo desarraigar de mi alma, y quizá por eso he vivido estos meses de pandemia entre azul y buenas noches, lloriqueando por los rincones de mi casa cada vez que leía alguna mala noticia sobre el coronavirus.

No me ciego, comprendo las dimensiones catastróficas de esta enfermedad que aqueja al mundo, me duelen también las muertes de esos desconocidos que se han ido a causa del virus, y me duelen las ausencias que quedan en esas casas ajenas y en las vidas de sus familias, me da terror pensar que algo así pueda pasar a los míos, y soy consciente de que las medidas tomadas por las naciones son en beneficio de la salud pública.

Entiendo todo eso, pero no puedo evitar que de todos modos me duela tanto la parte que ha golpeado al turismo.  El 16 de enero de este año compré un vuelo a Sevilla, lo hice en un arranque de férrea locura, pero también con muchas emociones de por medio. Nunca me voy a cansar de decirlo, España tiene ese “no sé qué”, que me encanta, no por nada fue el primer país lejano que quise conocer, no por nada, es al que siempre quiero volver. Antes había ido al norte, a Barcelona, ahí conocí a una amiga andaluza que siempre me dijo “¡debes ir al sur, Alba!, en el sur está la gente más cálida, y están los sitios con alma”. Cuando compre el vuelo, la noticia del coronavirus ni siquiera había llegado a mis oídos, luego el caos se desató, pero yo no abandone mi esperanza, hice mi itinerario de viaje durante los meses de encierro, algo dentro de mi susurraba que mantuviera la calma, que iba a ser posible. En el fondo dudaba, no de que fuera a hacer el viaje, pero sí de que no iba a poder ser en este año, el maldito COVID-19 no daba tregua, y México ahora mismo está con los números por el cielo. Luego salió esa noticia en todos los diarios: “la unión europea presenta una lista de los países americanos que podrán ingresar en su territorio y México no es uno de ellos”, y sí, las cosas se tambalearon un poco, pero ese susurro quería seguir estando ahí… “no desesperes, falta mucho para octubre” , y me aferre a mi esperanza.

Y entonces hoy, mientras estaba en la oficina poniendo esos toques finales al informe que debo entregar para mañana antes de las doce, saltó esa notificación de Aeromexico: “Estimado Cliente, lamentamos informarle que su vuelo a Sevilla, España ha sido cancelado, por lo que se le ha asignado un boleto abierto que deberá tomar hasta antes de agosto del 2021, para cualquier duda, llame a nuestro call center…”

Y ahí estaba, la tan temida notificación que había intentado tanto ahuyentar. Honestamente, no me tomo de sorpresa, pues era algo que en el fondo se esperaba, yo misma había tratado de comunicarme en diversas ocasiones con la aerolínea para informarme de la situación, incluso llegue a contemplar la idea de cambiar el vuelo voluntariamente para quitarme de líos, pero la respuesta era siempre la misma: “señorita, debe esperar la cancelación por parte de la aerolínea, su vuelo está en estado vigente y confirmado, y la situación está en constante cambio”. Y claro, la parte entusiasta de mí siempre genero esperanzas a partir de esa respuesta.    

Por eso es que, aunque era algo hasta cierto punto lógico, de todos modos dolió. Desde esta tarde he estado lidiando con el pequeño duelo por mi viaje cancelado, y aunque eso sea algo que me catalogue como la persona más absurda y ridícula que existe, la verdad no me importa mucho. Mandé el jodido informe al carajo, al menos por un rato, y me aparté un momento para echar las lágrimas escondida entre los árboles del patio, y la verdad es que tampoco me avergüenza admitirlo.

En cada uno de mis viajes, el último día suelo vivirlo con melancolía, con el sentimiento agridulce que dejan las experiencias valiosas que deben acabarse. He llegado a entender que es normal, es decir, yo me involucro emocionalmente con los lugares que visito, me empapo de ellos, de su cultura, de su presencia y de su gente, así que dejarlos atrás implica siempre tener que sobrellevar la despedida… ¡y casi a nadie nos gusta despedirnos!

He decidido cambiar la fecha del vuelo para el siguiente año, para la época de mi cumpleaños, pero no dejo de sentir que me estoy despidiendo de un viaje que ni siquiera he realizado. El sentido común me dice que Sevilla seguirá estando ahí en marzo, ¡pero yo tenía tanta ilusión de conocerlo en octubre…!

Hoy solo me queda dejar paso a la resignación y confiar que el siguiente año traerá para todos tiempos mejores de los que este trajo.

Por lo pronto, esta noche me iré a dormir pensando en los momentos privilegiados de todos mis viajes, evocaré el atardecer de la playa mazatleca, donde el mar de azul intenso brilla como un espejo en medio del rosado cielo, voy a recordar el sabor del tequila puro que raspa la garganta mientras de fondo, suena el mariachi de Guadalajara, a veces alegre, y a veces herido. Traeré a la memoria esas caminatas vespertinas por la rambla en Barcelona, mientras se me endulzaba el oído con el precioso acento que los españoles tienen. Si cierro los ojos, soy capaz de contemplar con una habilidad magnifica al Rio Arno desde el Ponte Vecchio, o rememorar el sabor de la lasaña en ese sencillo café cercano a la catedral de Santa María del Fiore. Voy a irme a dormir con el recuerdo del Pacific Coast Highway en California, porque esa carretera sigue pareciéndome alucinante. Intentare concentrarme en la sensación relajante que produce el transitar por el muelle en Santa Mónica, mientras algún artista callejero musicaliza ese momento de una forma preciosa, y evocare los helados vientos de San Francisco durante el invierno, cuando la neblina baja tanto, que la ciudad tiene esa fabulosa apariencia fantasmagórica. Me concentraré en la grandeza de los callejones de Guanajuato, con las historias de amor, tragedia y espíritus que ocultan sus casas viejas, y me trasladaré a esas vistas desde el mirador El Pipila, que te cortan el aliento. Intentaré rememorar cada diferente tono de azul de la laguna de los siete colores en Bacalar, y me imaginaré nadando en sus cenotes como hice tanto aquel enero. Sí me concentro muy bien, estaré escuchando el romper de las olas contra las rocas, liberando conchas y caracolas de color blanco, al tiempo que me pierdo en el paisaje desértico de arena y cactus en Sonora, y luego vendrán a mí esas frescas memorias de las montañas nevadas, del olor a pino y chocolate, y de todas las bellezas naturales más impactantes de Bariloche. La música del tango Porteño se colará en mis oídos, llevándome de paseo por el bohemio “caminito”, o por el puente de la mujer en Puerto Madero, donde podré entrar a algún bar a beber un fernet con coca cola.

Y entonces, en el momento justo en que vaya a perder la consciencia y me abandone a los brazos de Morfeo, sé que podré visualizar mis pies andando por la impresionante Plaza de España sevillana, y más tarde, me trasladaré a las playas de Cádiz, y visitaré los pueblos cercanos, sobre todo aquel de casas blancas llamado Vejer de la Frontera, que anote en mi itinerario y subraye un montón de veces dejando anotaciones de “visita obligatoria”, porque a pesar de las malas noticias, sé que las memorias de este nuevo viaje se tejerán próximamente.

Alba

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