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LOS PASOS RECORDADOS (I): PARÍS, CIUDAD DESTRUCTORA

Septiembre de 2006

París está en boca de todos y pesan sobre ella a menudo las consabidas etiquetas de Ciudad de la Luz, del Amor, capital de moda, cuna de gastronomía y un gran etcétera de etiquetas que más que sus propios habitantes, le han puesto los forasteros, esos que con tanta facilidad han llegado a la capital francesa a lo largo de los últimos siglos gracias a las comunicaciones ferroviarias. Por eso lo más interesante de cara a abordar una ciudad tan famosa, tal vez sea tratar de partir mentalmente de cero, como si se llegara a un enclave aún desconocido para la mayoría de las personas. El hecho de viajar en tren nocturno hasta allí, ayuda a ponerse en esa posición puesto que el viaje es largo, en comparación a la velocidad del avión-y desde que una se va despidiendo de lo suyo permanece durante horas en una suerte de tierra de nadie acunada por un vaivén de sueños inciertos. Ese estado se va rompiendo poco a poco, por los cada vez mas frecuentes sonidos franceses que van aportando los viajeros con sus charlas que de buena mañana acuden al vagón-cafetería en busca de un buen café que les termine de despertar. Yo hago lo propio y el rico olor a croissant que va impregnando los pasillos me saca de la tierra sin dueño en la que he transitado toda la noche, aún no estoy en París, pero no tengo ninguna duda de que me encuentro en Francia.

Lo siguiente es un trasiego de viajeros nerviosos en busca de sus pertenencias que contrasta con la lentitud que va tomando el tren cuando está a punto de entrar en la estación, la Gare d`Austerlitz. Una vez se logra bajar del tren, se ve una sola en un andén con la maleta a sus pies, aturdida por las megafonías que no entiende, entre un gentío que va y viene con la misma certeza de los soldados que se mueven ágiles por el campo de batalla en busca de dos cosas en la vida, matar al enemigo y salir ilesos. Soy como una víctima de la batalla que da nombre a esta estación, de la que Napoleón I salió totalmente victorioso. Una batalla de 1805 que sirve para nombrar en los ochenta a una estación cuya existencia es aún más vieja que el propio edificio en el que estamos, por lo que más que víctima de una guerra prefiero sentirme como una de las viajeras que llegaran a la derruida Gare d`Orléans, la que fuera levantada por el arquitecto Félix Emmanuel Callet en 1838 y que desde 1840 primero llegaba hasta Corbeil, pero que desde el principio nació con vocación de alcanzar Orléans, de ahí su nombre. Y si este viaje fuera totalmente imposible de resucitar, dado que la estación fue totalmente demolida, antes que víctima en Austerlitz lo más realista es ser una viajera que transitara por la estación que se construyó en su lugar en 1867, por el arquitecto Pierre-Louis Renaud, con un inmenso hall de hierro y detalles de la Belle époque, y que es la que hoy en día sigue dándonos cobijo, bajo su gran techo de cristal, y que ha sufrido numerosas modificaciones: La más curiosa de ellas es la que tuvo lugar a principios del XX al ser horadado el citado hall para dar paso a la línea 5 del metro. Una de las ciudades más populares del mundo no ha dudado en labrar su grandeza a base derribos y perforaciones que a más de un soldado le habrían quitado la vida, pero a París parece que se la han ido dando.

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