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Los libros y los viajes: dos formas de visitar diferentes realidades

María Gabriela Silgado R.  @mgsilgado

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“La lectura a todos nos hace inmigrantes. Nos lleva lejos de casa… Pero lo más importante es que nos encuentra hogares en todas partes.” – Jean Rhys

Los libros son vehículos que transportan al lector a diferentes realidades, y creo que lo único que logra hacer eso en la vida real es viajar. Conocer diferentes países, o incluso diferentes ciudades es una forma de alcanzar una ventana a una realidad que muchas personas viven a diario, pero que puede ser completamente diferente a la personal. Y en un país como Colombia, en el que muchas personas migran a las ciudades grandes para obtener su educación, o para avanzar en sus carreras, este proceso de ver por la ventana, se convierte en una situación en la que estas personas viven en ella, a veces afuera, a veces adentro, pero casi siempre, justo sobre la misma. En el libro Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, una escritora nigeriana que habla de temas como el racismo, el sexismo y muchos otros en sus libros, la autora ilustra la vida de estas personas en la ventana.

Americanah habla de una joven mujer nigeriana, Ifemelu, quien después de irse a vivir a Estados Unidos por muchos años, toma la decisión de volver a su ciudad natal. A través de los años, Ifemelu ha cambiado mucho en la forma en la que piensa, en cómo ve su vida, en cómo lidia con el racismo y las diferencias de raza en el país que la ha recibido; algo con lo que no tuvo que lidiar nunca en Nigeria, y ella misma nota cómo su cambio de mentalidad se debe al lugar en el que vive. Habiéndolo experimentado personalmente (por un corto tiempo), sé que el vivir en otro país produce sentimientos encontrados sobre su propio país, sobre el país al que se ha inmigrado y sobre la vida misma; y Adichie los logra expresar de una forma magnífica en su libro.

En primer lugar, ella habla del sentimiento de ya no encajar en ningún lado, porque el país foráneo en el que vive, siempre la va a considerar como extranjera, pero a través de él está experimentando una nueva realidad, que cambia su punto de vista sobre el lugar en el que nació. Cuando llegó a Estados Unidos, ciertas prácticas culturales, como la forma en que se cocina una salchicha, por ejemplo, le parecían a Ifemelu completamente erradas y extrañas, pero se va dando cuenta de que, con el paso de los años las ha normalizado, y cuando vuelve a su casa se le hace extraño hacerlo de otro modo.

Personalmente, mi aventura en otro país me hizo apreciar un poco más al mío propio. No porque la vida fuera mejor acá que allá o viceversa, sino porque cuando sales del círculo que has creado y fomentado a través de los años, te das cuenta de que, afuera, las personas aprecian el hecho de que vengas de otro lugar, de un lugar lleno de cultura, de personas que cantan, que bailan, que cocinan en su propia forma que ya es reconocida internacionalmente. En Colombia, por nuestra turbia historia, pensamos que las personas nos perciben como narcotraficantes, o tal vez con algunas otras connotaciones negativas, pero desde que llegué, hasta que me fui de la universidad en la que estuve, lo único de lo que me hablaron con respecto a Colombia fue el café, los paisajes hermosos, las esmeraldas y, claro, el aguardiente.

Para Ifemelu, la protagonista de Americanah, cuya estadía en Estados Unidos fue muy prolongada, su experiencia fue diferente; ella veía a su país, el cual se encontraba en las garras de una dictadura militar cuando ella se fue, como un sitio donde no había posibilidades de crecimiento ni gente con quien quisiera compartir su vida, y ni las nigerianas que vivían cerca de su ciudad estadounidense, la hacían extrañar o apreciar su país de ninguna manera. Pero en el momento en el que decide volver a su país de origen ya tampoco tiene ilusiones sobre Estados Unidos. Allí se educó, consiguió novios y amigos a lo largo de los 13 años que duró su residencia; pero en lo que realmente tuvo éxito su blog,  —explicando la experiencia de una persona negra no-americana, hablando de raza y las diferentes formas en que los americanos tratan a las personas negras en ese país—, se dio gracias a su misma condición de extranjera. Gracias a que, sin el dolor del pasado estadounidense, ella podía ver y analizar las situaciones con las que se encontraba por el color de su piel de una manera casi desinteresada.

Pero un aspecto muy interesante sobre este libro, es que muestra cómo vivir esa nueva realidad también hizo a Ifemelu una extranjera en su propio país. Ya las personas no la llamaban Ifemelu, sino Americanah, porque su inglés nativo se había transformado en un  inglés más americano, pero su personalidad también había cambiado y, aunque su ciudad natal estuviera relativamente igual a como ella la dejó todos esos años atrás, en su ausencia había cambiado de formas que ella no se imaginaba. Se había transformado y, de alguna manera, ambas se habían dejado atrás. Para Ifemelu, volver a casa fue un nuevo tipo de viaje. Las personas actuaban diferente, su propia familia la trataba de una manera desprendida porque hubo tanta distancia entre ellos por tanto tiempo, que ya ni se reconocían. Y, entonces, Ifemelu es el tipo de persona que se queda viviendo en la ventana, ni “Americanah”, ni nigeriana, sino algo nuevo, algo intermedio.

Esta transformación, creo, también sucede cuando se lee un libro, como seguramente alguien a lo largo de la historia lo dijo, nadie es la misma persona antes y después de leer un libro. Los libros nos hacen pensar las cosas de maneras diferentes, nos hacen darnos cuenta de sentimientos y pensamientos que no sabíamos que teníamos por dentro, y aunque un tema frente al cual tenías una opinión específica, pero un libro te lo muestra desde otra perspectiva, tu manera de verlo probablemente cambió y no hay marcha atrás después de eso. Después de un viaje, de un intercambio, de una visita, de leer un buen libro, tu vida nunca es igual y, como la ciudad de Ifemelu, por fuera tal vez se vea todo igual, pero por dentro has sufrido un cambio irreversible.

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