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Lo diferente.

La primera vez que viajé al Pacífico fue un mes después de llegar a Colombia, hace más o menos un año. Fui a Buenaventura a entrevistar a los participantes de un proyecto para la protección de niños, adolescentes y jóvenes a través de actividades deportivas y culturales.

Buenaventura es la ciudad con el puerto más importante de Colombia, a través de él se mueve más o menos el 60% de la mercancía que entra y sale del país. Esto debería darle un estatus de ciudad privilegiada, desarrollada y en progreso, pero no es así. Allí entra y sale mucho más que madera, café o azúcar, ya ahí dejo que vuestra imaginación llegue a donde quiera llegar. Estamos hablando de un punto estratégico que beneficia a pocos y perjudica a demasiados, la mayoría de sus habitantes. Casi todo el dinero se va tan rápido como llega, y Buenaventura es, hoy en día, una de las ciudades más pobres de Colombia.

Más del 80% de la población bonaverense es negra, afrodescendiente. También hay un número discreto de comunidades indígenas que viven en la zona rural, en el litoral del río San Juan, a unas horas en lancha de las luces y los claxon, donde la selva bebe de los ríos, y los ríos se abrazan al mar. Allá afro e indígenas conviven pacíficamente, lejos del ruido, hasta que aparecen grupos armados y se ponen a matar gente para controlar el territorio. Porque esos territorios de bosque tropical son escondite seguro, y un parque de atracciones para el tráfico de coca y otras mercancías ilícitas (oro, armas…). Cuando los malos llegan, ya sean parte de la guerrilla, el paramilitarismo o una fusión terrorífica de ambos bandos y a la vez de ninguno de los dos, la gente de allí tiene que salir corriendo, y sale con lo puesto, nada más. ¿A dónde llegan todos ellos? Pues a la ciudad. ¿Y quien les garantiza un techo, comida, seguridad…? Nadie. Aquellos que mueven los hilos están demasiado ocupados garantizando que las mercancías siguen entrando y saliendo del puerto sin problema. Lo demás no importa. La pela es la pela, amigos, aquí, y en el resto de este mundo loco.

Un pequeño paréntesis aclaratorio. Seguro que a todo lector le suena eso de que en Colombia se firmó un acuerdo de Paz entre el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC, hace no tanto. Fueron buenas las intenciones, eso seguro, pero paz no es precisamente lo que se vive, ni en Buenaventura, ni en el resto del Pacífico. Aquí ya no se lucha por defender una idea (sea o no defendible), se lucha por controlar un negocio que da mucho, muchísimo dinero.

Ya me he pasado de politiquería y párrafos para poneros en contexto. Llegué a la ciudad una mañana de lunes o martes, con las legañas aún colgando. Los vuelos desde Bogotá (creo que es la única ciudad que tiene conexión) salen sólo tres días a la semana a las cinco y poco de la mañana, un reto para todos los que somos de atrasar el despertador al menos un par de veces. Al aeropuerto me vino a buscar Javi, un chico muy simpático de la oficina de Alianza por la Solidaridad en Buenaventura. Él es de allí, y mientras íbamos en el taxi hacia la oficina, respondía a todas mis preguntas de detective inquisitiva. A cambio, yo compartía los trocitos de mango con sal y limón que me habían sobrado del desayuno. Qué calentorro se me quedó ese mango con el clima loco tropical que viene de la selva. En fin, que me salgo del guión.

Aterricé con una maleta demasiado cargada de cosas y prejuicios innecesarios, calor y sueño. Y qué bonito es el sentimiento de sorprenderse con lo desconocido. Desde entonces, he viajado cuatro o cinco veces más a Buenaventura. Cada vez que despega el avión de regreso, miro por la ventana y me despido de esos ríos tramposos y el verde infinito, siempre pensando en volver. Volver para que esta tierra me siga retando a conocer. Para que me enseñe a interpretar los cambios, entender lo diferente. Escuchar a tantas voces sabias, leer historias que cuentan las arrugas del tiempo. A sentirme afortunada por lo que tengo, lo que recibí de mis padres, mis amigos, los nuevos y los viejos, quien me quiere. No olvidarme nunca de donde vengo y ser valiente para escribir mi propia historia.

Volveré a saludar el verde infinito, a que se me caliente el mango, y me reencontraré con mis legañas, estoy segura. Y cuando llegue el día en que me despida para siempre, que llegará, lloraré casi hasta llenar esos ríos. Mi corazón palpitará más fuerte al ritmo de la marimba y el cununo. Y mi memoria será tan afortunada de llevarse el olor a sal, unos atardeceres ardiendo sobre el mar, ese graznar de los pelícanos suicidas, el sabor a jugo de borojó y pescao frito con patacón, y las risas de quien, aun no teniendo nada, sabe ser feliz.Buenaventura

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