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Las mareas en Panamá

Si hay algo que sorprende a los viajeros que visitan Panamá es la contundencia de sus mareas; en especial, a quienes desconocen lo drástico que pueden ser sus cambios. En países del Caribe, como Venezuela o Colombia, las variaciones de las mareas son casi imperceptibles (no llegan a un metro); por eso, presenciar como se retiran las aguas de los muelles panameños, dejando yates, botes y veleros estacionados en playas de arena o fango resulta toda una curiosidad. Una excusa para hacer una pausa, tomar fotografías y admirar el poder de la naturaleza.

Las mareas agregan valor a las fabulosas vistas que ofrece un amanecer o un atardecer en Panamá. El sigiloso actuar de las aguas, modificando constantemente el paisaje, es para algunos turistas una oportunidad única de apreciar la fuerza de la luna y el sol sobre el mar.

Los bajamares, como se conoce el punto más bajo de la marea,  se ubican en Panamá entre 4 y 5 metros, lo que ocasiona que al retirarse las aguas queden al descubierto grandes extensiones de arena; mientras que durante el pleamar (cuando sube la marea) desaparecen playas completas.  Es curioso como en pocas horas las embarcaciones del Club de Naútico del Hotel Miramar en la Avenida Balboa o los barcos de los pescadores frente al Mercado del Marisco, flotan majestuosos o se entierran en la arena varias veces al día, como consecuencia de este fenómeno que tiene lugar cuatro veces en 24 horas (2 bajamares y dos pleamares).

Históricamente la vida en Panamá ha estado condicionada por las mareas. Desde hace siglos los viajeros que llegaban a Panamá lo hacían en marea alta; los periódicos publican las tablas de mareas, como un servicio informativo fundamental para la vida económica del país desde hace más de siglo y medio siglo.

Escritores como Ernesto Endara, Don Neco, mencionan con fascinación los pleamares y bajamares de Panamá en sus obras ; según Rodrigo Miró, en su obra “La Literatura Panameña”, publicada en San José en 1972, el gran poeta Rubén Darío quien visitó dos veces a Panamá en 1892 dedicó un poema a la marea.

La marea

“Una tristeza flota en la costa extensa y solitaria cuando baja la marea.
El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho.
Los muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera.
La playa está cubierta de un lodo bituminoso y salino, donde resaltan piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostra.
Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado o con las quillas hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de sacarles de la parálisis.
A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y raro carapacho; sobre una gran canoa está recogida y apretada entre cuerdas la gavia.
Agrupados, como una quieta banda de cetáceos, rojos y oscuros, dormitan los grandes lanchones.
Un marinero ronca en su chalupa. Las baladras ágiles aguardan la hora del viento.
Los boteros chumecas arreglan sus botes y sus pangas chatas.
A la orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, un chileno robusto canta una zamacueca.
Empieza a oírse el apagado y suave rumor del agua que viene.
Suena el aire a la sordina. La primera barca, que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento.
De allá, de donde viven los chinos pescadores, sale al viento, la vela radiante, un junco ligero.
Cual se viniese desenrollando una enorme tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y sus convulsivas agitaciones.
El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al de un río en la floresta.
Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino y de la ola que se deshace….”
Fragmento de poema de Ruben Darío tomado de texto de Stanley Heckadon-Moreno

Imposible permanecer indiferente a las mareas panameñas.

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