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La visita

Al igual que aquel día, tu visita fue fugaz y esperanzadora. Tocaste a la puerta de mis sueños con un leve “pop”,  el mismo que usaste la vez que te marchaste.

Con una brisa cálida, típica de las tormentas, tocas mi corazón y secándome las lágrimas susurras al viento: mamá.

Tu rostro se mantiene oculto entre las sombras, justo en el umbral entre el sueño y la pesadilla, pero la luz que te rodea me indica que eres todo menos un mal sueño, que eres la estrella más brillante en mi firmamento y que eres el sueño que nunca llegó a nacer pero que inexplicablemente se mantiene con vida.

Entre las sombras y tu luz, distingo pequeños prismas que forman un centelleo danzarín y se proyectan hacia mi como pequeños arcoiris.

El sonido de un tren lejano me indica que tu visita acabará pronto y mientras el silbato se escucha a lo lejos, me acerco para decirte adios.

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El olor a tierra mojada que desprende el tormentoso ambiente inunda mis fosas nasales y el viento que se crea mientras el tren pasa a gran velocidad llena mi piel de escalofríos al mismo tiempo que desapareces tras el pasar del último y noveno vagón.

Me despierto de un salto, me incorporo y miro el reloj sobre la mesita de noche. Son casi las cuatro y media de la madrugada y sonrió levemente. Hoy habrías estado ya aquí, pero hoy es el día que escogiste para estar lejos y cerca a la vez.

Siempre en mi recuerdo, mi estrella.

Martasky.

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