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La carretera asesina

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Un viaje por la meseta tibetana

Cuarto episodio:

La carretera asesina

Carretera a Lhasa, rumbo al lago Qinghai, el mar interior más grande de China y uno de los más altos del mundo. En sus aguas, a 3600 metros de altitud, recuperan fuerzas las bandadas de aves tras su heroica migración entre las cumbres del Himalaya. Cierro los ojos para distraerme de los adelantamientos de nuestro conductor, recién contratado en la estación de autobuses de Xining. Pero los abro instintivamente al escuchar el efecto doppler de una bocina quedándose atrás cuando adelantamos a ciento veinte a un tráiler que a su vez adelanta a otro tráiler por una carretera de dos carriles. Quinientos metros más adelante, un turismo se sitúa en la posición adecuada para practicar con nosotros una especie de justa, que ganamos gracias al arrojo testicular de nuestro chófer para obligar al otro a invadir el arcén de tierra. Esta ruta también sirve a los fieles que comienzan aquí su peregrinación a pie hasta la capital del budismo. Bueno, no a pie exactamente; acabamos de dejar atrás a dos que iban lanzándose al suelo, levantándose y volviéndose a lanzar. Así recorrerán los mil kilómetros que separan el lago de Lhasa, si la rueda de un tráiler no les convierte antes en piadosas pegatinas.

Nuestro conductor -un devoto que organiza los horarios en torno a sus rezos- demuestra ser un hombre solidario, que nos ayuda a buscar pensiones y regatear las entradas, aunque luego se transforme en la clase de psicópata que domina las fórmulas de conducción asesina socialmente aceptadas en la carretera a Lhasa. Por lo demás, nos devuelve las comisiones que les pagan los dueños de las pensiones y tascas, y nos aclara que a los musulmanes no les gusta engañar con el dinero. Claramente, quiere marcar distancias con la cultura han que a menudo se relaciona con una codicia sin escrúpulos. Nos encontramos en la encrucijada cultural de China, el eje donde gravita el conflicto de la falsa unidad de este país. La represión estatal y la guerrilla independentista, tanto de las regiones tibetanas como de las musulmanas, son realidades en el Far west del gigante asiático. Si alguien se pregunta por qué este país no es imperialista se equivoca. China ya posee su propio imperio, y todavía lo está pacificando.

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Durante nuestra ruta, el Google Maps ha funcionado a las mil maravillas. Si la compañía se ha molestado en mapear estas regiones no ha sido para disfrute de los turistas, sino para la normalidad de sus habitantes. En realidad, la normalidad siempre ha estado aquí; solo la ignorancia, el extrañamiento de los viajeros, permitía el exotismo. Nosotros formamos un grupo de seis, de los cuales cinco hablan mandarín con fluidez, con una media de estancia en China de unos 4 años. Nuestra perspectiva difiere de la de quienes usan sus descansos laborales para explorar el mundo. Se nota en nuestra predilección por los sitios mas cutres para comer, a sabiendas de que los organismos locales serán acogidos con normalidad por nuestra flora intestinal. En el ecosistema de cazadores y presas que son nuestras tripas, el nivel de exotismo o normalidad del viaje dependerá de la capacidad de ese hábitat estomacal para recibir la ración de fauna bacteriana que te va a suministrar la comida del lugar.

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De vuelva a Xining, visitaremos la mezquita de su barrio musulmán, una de las que más fieles congrega en toda China. Alguien de nuestro grupo nos  contagia su ironía posmoderna: “esto parece el hogar del jubilado”, comenta. Por el contrario, un romanticismo viajero nos hubiera llevado a ensalzar la experiencia sublime de observar a los venerables hermanos compartir su sabiduría y conectar con las fuerzas sagradas que ya se ha desvanecido en Occidente. Tras estos ensalzamientos de las tradiciones que perviven, suele esconderse una crítica reaccionaria al desarrollo occidental, una nostalgia del Antiguo Régimen.

La intensidad romántica siempre fue mentira. El viajero no vive imbuido en una nube de trascendencia; mas común es el aburrimiento sin sombra de épica, odiar a tus compañeros de viaje, odiar la propia idea del viaje, echar de menos tu televisión, sentirte inferior o disminuido por tu falta de entusiasmo o capacidad de adaptación. Suele ser esta escasa capacidad de adaptación lo que dispara la ironía, como forma de protección contra la otredad que amenaza con disipar tu auto-imagen. Si uno observa a una pareja de viajeros con un largo periplo a sus espaldas, los encontrará taciturnos, difíciles de entusiasmar, hasta cínicos. Tanta sobre-estimulación actúa una droga a la que se va creando tolerancia, de ahí que las etapas finales, independientemente de la maravilla que se tenga delante, se vivan con desgana, aunque luego dejen recuerdos inolvidables. El efecto nostálgico y la necesidad de fabricar una imagen idílica de nuestros logros son más responsables de la emotividad de la típica literatura viajera, que las verdaderas sensaciones in situ. Más tarde, en el Youth Hostel, nos recomendarán acudir al rezo multitudinario que se producirá a medio día en la mezquita, pero yo me quedaré tirado en el sofá, mientras algunos de mis compañeros sacan fuerzas para ir. Odio su entusiasmo, y sus energías. Ojalá no merezca la pena.

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