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La Alberca (y V)

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Siempre que me marcho de un lugar siento cierta sensación de tristeza: se acaban los días de descanso, que en realidad no lo son, pues las ganas por descubrir lugares me tiene todo el día de uno a otro. Pero tras pasar un par de noches en el mismo lugar, uno es capaz de reconocer calles, edificios, montañas e incluso algunas personas. Sé que poco a poco, con el paso de los años y los viajes, terminaré olvidándolos; pero la despedida es inevitable. No puedo evitar, siempre que visito un lugar durante días, imaginar cómo viviría yo en esos rincones. Cómo sería mi casa, mi vida, mis quehaceres diarios, mi trabajo, mi tiempo libre por calles desconocidas tan diferentes a mi ciudad, mi relación con los vecinos… Cómo me adaptaría a esas tradiciones, a ver las montañas por las ventanas… Y justo cuando engaño a mi propio cerebro creyéndome un albercano más, llega el momento de partir. Y es extraño marcharse de un lugar tan pequeño, tan familiar, tan unido entre sus gentes, tan cálido… sin decirle adiós a nadie más que a la mujer del pequeño hotel, cuya amabilidad es sólo fruto de su profesión. No hay ningún “tened cuidado con la carretera” ni algún “llamad cuando lleguéis” ni siquiera el típico “os he preparado esto para el camino”. No hay besos ni apretones de manos. No hay nada, sólo un modesto pueblo que sigue su vida como si tal cosa, igual que yo voy en busca de la mía.
Las dos partes de una calle se presentan ante mí divididas por una gran cruz. Las fotografío ambas: las inscripciones religiosas en las piedras de las puertas, por un lado. La empinada cuesta empedrada, por otro. Una pareja en la distancia se abraza, y por un momento dudo si es un reflejo de nosotros mismos regresando a nuestro hogar.

Y me pregunto quién ha tomado la fotografía.

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