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La Alberca (IV)

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Ayer comimos en un típico restaurante de dos plantas con vistas directas a la hermosa plaza principal. La camarera (y probablemente dueña) era risueña, pausada y afable, casi maternal. Degusté por primera vez las patatas “meneás” (o “revolconas”), un sencillo y en sus orígenes humilde plato típico de Salamanca, ideado siglos atrás por pastores para saciar el hambre a base del tubérculo más abundante y barato: la patata (pero roja, por supuesto, de Ávila). Hoy se ha convertido en un apreciado guiso cuyo nombre proviene de su elaboración: se menea la sartén hasta que las patatas cocidas forman una especie de puré, pero más consistente, aderezado con ajo, torreznos, chorizo y los ingredientes que cada variante (que son muchas) exija.
La plaza es el centro social, con la gran cruz a un lado. Bajo los balcones se esconden los comercios. En uno de ellos (un supermercado de pueblo de esos en los que se puede encontrar casi cualquier cosa) la dependienta, una persona ya mayor, presume de su longevidad como vecina y como propietaria: “Treinta años llevo detrás del mostrador”, asegura. Y también tiene su propia visión del turismo: “Antes no venía nadie, pero desde hace dos años esto se llena. A principios de este año llegó uno de esos del fútbol, que sale en las revistas… ¿Cómo se llamaba…?”, trata de recordar sobre la visita que Vicente del Bosque realizó en enero de 2012. “¡La de gente que vino! Pero nadie se quedó”, se lamenta. Y también se lamenta del turismo masificado: “Todo el mundo viene en verano, pero para conocer La Alberca hay que venir en invierno.” Tiene toda la razón: la plaza hoy está completamente vacía. Quizá no sea tan agradable ni tan cómodo, pero el viento cortante, las temperaturas bajo cero y el silencio… Ese silencio infinito, casi dañino, casi hiriente, casi irreal… cambian completamente el ambiente y el pueblo, y destapan su verdadera esencia. No tengo que esperar, como en muchos sitios turísticos, a que la gente se aparte para fotografiar la plaza desde cualquier ángulo: nadie molesta, porque no hay nadie.
Si por el día la plaza llama la atención, por la noche (con la iluminación artificial) cobra otro protagonismo. Juegan dos niñas alrededor de la cruz, encaramándose a ella, entonando canciones prohibidas y persiguiéndose. Dentro del bar y de las casas, los mayores ven un partido de fútbol “súper transcendente”. Yo prefiero quedarme fuera esta noche, con los niños, jugando con mi vieja cámara de atrapar momentos, sabiendo que este lugar seguirá su propia historia, y que yo me iré mañana para contar lo que he visto a quien me quiera escuchar… O leer.

Y es que todo tiene su momento y su lugar. Hasta las personas.

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