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La Alberca (II)

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Cuatro horas de viaje nos llevan a una tormenta de niebla y nieve a pocos kilómetros de nuestro destino. Para más INRI, el acceso normal al pueblo está cortado, y ya no sirven ni GPS ni mapas. Vamos guiados sólo por señales temporales, de esas amarillas que inspiran poca confianza. La carretera se hace menos halagüeña a cada kilómetro. Atravesamos bosques blancos lamidos por la espesura de una niebla que oscurece el propio día. De las copas de los árboles más altos caen cúmulos de nieve ocasionalmente, cargando el ambiente de magia. Finalmente, algunas construcciones de pastoreo nos anuncian el fin del camino. Diversas ermitas nos dan la bienvenida; ya desde el primer metro las fachadas de las casas nos sorprenden: una mezcla muy visual de tablas de madera, piedras y conglomerados geométricos. No faltan los soportales y portalones antiquísimos. Desde el primer paso que damos respiramos el cargado ambiente religioso, con inscripciones en la mayoría de los portales grabados en la piedra que datan de hace cien, doscientos, trescientos años… Hay cruces de granito diseminadas por doquier, presidiendo plazas, acopladas a las aceras, en las esquinas… La mezcla de creencias se remonta a los primeros pobladores prerromanos. De hecho, el nombre original del lugar (“Al-Bereka”) es una mezcla del artículo árabe “al” y el sustantivo hebrero “bereka”, que quiere decirnos algo así como “el lugar de aguas.” No le falta sentido: el líquido elemento discurre por las calles, atraviesa puentes y da vida a la comarca de mil maneras, dejando a su paso el alegre susurro tintineante de las gotas libres y frías.
Vamos camino del centro. Desde las afueras, donde tenemos nuestro hotel, quiere decir que en no más de tres minutos andando habremos llegado. La plaza es el lugar más famoso del pueblo. Pero por el camino descubrimos rincones no menos encantadores. Y pese al hambre y al cansancio del viaje, no podemos evitar detenernos a contemplar alguna casa llamativa, alguna callejuela empedrada, alguna cruz perdida o algún portalón centenario. Nos cruzamos con el joven cartero, que va echando el correo por debajo de las rendijas de las puertas de madera que no cuentan con buzón; nos saluda amable, con ese sentido del respeto hacia el forastero inexistente en las grandes ciudades. Más adelante nos cruzamos con otro lugareño, anciano, pero va sumido en sus pensamientos y pasa de largo sin ni siquiera alzar la cabeza; nos ignora con esa superioridad altiva pero al mismo tiempo respetuosa que tampoco se encuentra en las grandes ciudades; todo parece aquí extraño y contradictorio. No veremos a nadie más en nuestro camino:  hace frío, mucho frío, y las calles duermen al mediodía porque quienes las recorren no tienen más remedio. En 1940 este municipio fue el primero en España en lograr la distinción de “Monumento histórico-artístico”, un importante paso para la conservación de su casco antiguo. Una pequeña plaza se abre ante nosotros, con una cruz de piedra en medio. Desenfundo la cámara y me quito los guantes; un ejercicio de fe para un friolero confeso como yo. Las manos en seguida se me enfrían y casi no siento los dedos que, torpes, tratan de manejar los botones de la cámara; no debe de haber más que un solitario grado en el ambiente. Busco el encuadre y, tras disparar varias tomas decepcionantes, encuentro un hueco entre los edificios; me agacho y sitúo la cruz en él. El contraste de la cruz con el cielo blanco y los edificios a los lados me termina gustando. Disparo. Ya es mía. Rápidamente me enfundo los guantes.

Quizá yo no contribuya realmente a su conservación, pero siento que también he hecho inmortal este rincón del pueblo. O, al menos, este instante.

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