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Historias de viajes II

Cuando uno hace un viaje a la playa no espera dar un paseo en caballo por la orilla del mar con un señor entrado en años, el cual tenía por sueño ser un vaquero del viejo oeste. Pero me estoy adelantando, así que empezaré por presentarme.
Soy Carlos y tengo treinta y tres años, la edad de Jesús cuando… olvídenlo, no es buena referencia ya que soy ateo, pero ¿saben quién sí cree en la Biblia?, Regina, mi ex-esposa, con la que compartí mis días desde que tenía veinte años hasta hace apenas unas semanas, de allí que haga un viaje a la playa, mi intención es cerrar el ciclo, que mis recuerdos se vayan con las olas del mar al interior del pasado, pienso que quizás debí hacer el viaje con algún amigo o familiar, de esa manera no habría visitado el primer bar que encontrara.
Mientras comía una botana acompañado de un helado tarro de cerveza en un callado bar, me di cuenta que el establecimiento no estaba tan concurrido, algo normal en esos lugares, también mi atención notó a un señor con una apariencia peculiar: de quizás unos sesenta años al menos, traía puesto un sombrero de vaquero, vestía con una camisa a cuadros, unas chaparreras, unas botas con espuelas y todo, incluso traía un lazo atado al cinturón. Algo bastante peculiar que por extraño que parezca, yo era el único asombrado por la vestimenta del señor, el tipo del bar le hablaba de manera condescendiente, la verdad, es que yo esperaba que apareciera una mala persona, una de esas que se burlan de las apariencias de los demás, pero no fue así.
Le pregunté al encargado del bar por aquél anciano, a lo que me miró con una ligera sonrisa en el rostro y repitió mi pregunta en voz alta, con la clara intención de que el anciano escuchara y él mismo me contestara. Creí que el anciano se ofendería por mi curiosidad, para sorpresa mía no fue así, el anciano me invitó a acercarme a su lugar para platicar si realmente yo sentía una genuina curiosidad hacia él, de lo contrario, dijo que no contestaría nada. Me tomé unos segundos para pensar lo que estaba haciendo, al final me decidí por acercarme y platicar, pues me pareció un acto de mal gusto de mi parte el no haber preguntado respetuosamente.
El señor se llamaba Antonio, me dijo su edad y comenzó a hacerme preguntas sobre mí y la vida que había llevado hasta entonces. Respondí y poco a poco comenzamos a adentrarnos en una charla bastante amena, en la que tocamos temas como la vida y su propósito, las metas alcanzadas y las postergadas, y lo que parecía una distinción por su parte entre las metas y los sueños, de ahí pude considerar que me dio una razón por la que vestía de vaquero; él a tono de broma dijo que es un viajero del tiempo, era un vaquero hace cientos de años y por azares del destino entró a un cabaret donde subió varios pisos por las escaleras del interior y luego los bajo y apareció en nuestro tiempo y región. Entonces hizo acento de estadounidense para rematar su chiste. Lo que sí fue cierto, era que hablaba con tanta nostalgia, sin importar que fuera para responder al encargado del bar si quería más salsa o patatas asadas o para seguirme platicando de sus sueños.
Después de un rato de cháchara mencioné que hay un cierto respeto que siento hacia aquellos niños que se aferran a sus sueños, muy a pesar de los años que transcurran, le dije, no hay nada más valioso que la lealtad que un niño puede tenerse a sí mismo, a lo que el anciano quedó en silencio, terminó la comida de su plato y permaneció mirando su plato vacío. En cuanto abrí la boca para interrumpir su meditación, el anciano dio un salto de su asiento y me propuso una idea que se le había ocurrido: él sabía dónde conseguir dos caballos en los que podríamos dar un paseo. Al principio me pareció una buena idea, después aparecieron en mi mente las dudas e inseguridades, por encima de ello decidí que iría con aquél anciano.
Conseguir un par de caballos rentados fue más sencillo de lo que podía imaginarme, lo que no fue nada fácil fue llegar a la playa, pues unos policías nos quisieron detener para hacernos preguntas (creo), pero el anciano al verlos golpeó con las espuelas a su caballo, el caballo se levantó en sus dos patas traseras y cuando iba a caer dio una zancada al frente y echó a correr. En lo que los policías reaccionaban a lo sucedido decidí seguirlo con mi caballo; no tenía la intención de esperar solo. Pronto entramos a la zona de la playa, una vez frente al horizonte al anciano pareció borrársele la memoria y quedó pasmado frente al enorme mar. Yo por mi parte, miraba hacia atrás para visualizar a las autoridades, hasta que me di cuenta que estaba en un suceso repleto de simbolismos: mientras yo intentaba escapar del pasado, tenía un compañero que me mostraba lo importante, el futuro. Expulsé todo temor por medio de un suspiro y alcancé el paso del anciano, con quien disfruté de la cabalgata más rica en silencio que haya experimentado.
Pasado un rato los policías nos alcanzaron, nos pidieron papeles y acordamos regresar los caballos a su dueño, pagué una multa y… pues sí, a pesar de ello el viaje cumplió con su propósito.

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