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Historias de viajes I

Hace unos días mi familia decidió hacer un viaje de vacaciones, yo también pensé que no sería muy apropiado un viaje en los tiempos actuales, sin embargo la promesa de unas playas con la suficiente desolación que auguraba un paz inigualable, vistas hermosas y las aguas más claras que no se han logrado obtener en décadas –con la paz bastó para convencerme–, además de los precios bajísimos… ¡Empacamos los suficiente y nos pusimos en marcha!
No soy una persona que viaje demasiado, pero por supuesto noté que en todos lados donde se supone que la temporada llamaría a la muchedumbre no había tanta como la esperada, lo que acrecentó mis ganas de admirar la playa. Hicimos la recepción en el hotel, desempacamos lo poco que llevamos y mi familia se dispuso a nadar en la alberca del hotel, cosa que me pareció ridícula teniendo toda una playa para nosotros solos; por mi parte, les mencioné mis intenciones de salir a hacer compras, como nadie se quiso sumar tomé mi celular, mi billetera y salí en camino.
Si bien no viajo mucho, sí procuro obtener algún recuerdo del lugar que visito, por esa razón estaba caminando entre los pasillos de un mercado de dimensiones humildes, pero adivinaron, la mayoría de los puestos estaban cerrados. Entre los pocos que brindaban servicio encontré varias curiosidades muy monas y estaba yo muy entretenido, hasta que mis ojos fueron deslumbrados por una bellísima figura que, puedo asegurar, ella era el resultado de una fusión que tuvieron las estrellas con el mar: era una señorita de cabello largo y tan oscuro como sus mismos ojos, una nariz pequeña y redonda que hacían juego con sus gruesos labios rojos y un fino rasgo terminaba ese divino rostro por el mentón. Me vi caminando al puesto en el que ella revisaba los aretes y collares por los que preguntaba a la encargada, la señorita lanzó una mirada hacia mí, la cual pudo durar dos o tres segundos, pero eso bastó para sentirla como un arpón, uno que me atravesó del pecho y se enrolló la cuerda sin parar hasta que llegué al mismo puesto que ella con una radiante sonrisa.
Estoy convencido de que por más indiferentes que podamos aparentar frente a algún desconocido, al menos por un breve instante, a todos nos pasa por la mente una situación de apertura para conocer a esa persona desconocida. Mientras una de esas situaciones se reproducía en mi mente, la señorita hizo un comentario muy carismático hacia mí, lo cual me heló las neuronas y lo único que pude decir fueron balbuceos ininteligibles. Así es, me avergoncé a mí mismo y sin esfuerzo alguno; las mujeres se quedaron mudas, pagó sus adquisiciones y se fue. Me quedé con la cara de menso acompañado solo por la encargada, quien me intentó consolar diciéndome que es común que un hombre actúe de esa forma cuando se encuentra frente a una mujer tan bonita, levanté mis hombros en seña de ya da igual, pero ella insistió con una breve historia de creencia de la zona, la gente de esa región afirma que al instante en que la belleza de una mujer capte el corazón de una persona, da origen a un diminuto ser que se suele confundir con las hadas, dicho ser enreda la lengua de la persona que queda impresionada por la hermosura de la mujer, al final el hada se va con aquella mujer.
Un mito curioso, aunque creí que no ayudaría a mi elocuencia, sino que me daría una razón para repetirlo inconscientemente. Pensaba en eso mientras caminaba a la orilla de la playa con los pies descalzos por los cuales absorbía el calor de la arena y que se refrescaban con las caricias de las olas del mar, de las que sólo quedaba la espuma con sus tantas burbujas diminutas reventándose. Iba absorto en mis pensamientos, hasta que a unos cinco metros delante de mí noté un diminuto brillo en la arena, el brillo no se inmutaba de las olas que lo cubrían y después lo volvían a revelar ante mis ojos, creí que sería una moneda o una piedra preciosa. Como me fui acercando descarté que fuese algo de eso, el diminuto brillo se levantó del ras del suelo, se movió en dirección hacia adentro del mar, luego regreso a la orilla de la playa, se detuvo en el aire; no quise quitar los ojos de encima del brillo que se mantuvo inmóvil, como si nos viéramos el uno al otro. De pronto el brillo se alejó de mí, lo seguí pegando la carrera. Cuando al fin creí estar a una distancia apropiada, extendí la mano y creí atrapar el brillo, pues ya no lo vi, abrí lentamente mi mano para que no se me escapase sin primero ver qué era lo que producía aquel brillo, pensé que debía ser una luciérnaga, aunque nunca había escuchado que hubieran luciérnagas en las playas, entonces apenas vi al interior de mi mano y me percaté que ya no brillaba nada en mi mano, no había nada en realidad.
Resignado decidí volver al hotel, al dar un paso mi pie me hizo percatarme de un objeto que sobresalía de la arena, me agaché a revisar y descubrí que era una cajita cuadrada diminuta en la que apenas cabrían unas cinco monedas grandes. Entonces abrí la caja con la idea de que quizás habría una joya o algo así, pero estaba vacía, totalmente vacía, con la única peculiaridad de que en la tapa por dentro tenía grabada la palabra “esperanza”. Lo tomé por una señal, así que guardé dentro la alhaja que había comprado en el mercado (casualmente era una de las que veía la señorita) y, pues nada, que tengo el plan de llevarla conmigo y ver si hoy vuelvo a encontrarme con aquella señorita, esta ocasión evitaré las fantasías.

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