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Hierápolis, ciudad sagrada

En Turquía este énclave otomán-greco-romano de 180 años antes de Cristo, alucina con sus ruinas conservadas espléndidamente, y nos transporta a ese mundo.

Talavera Serdán, I
ME PERDÍ, y aún lo lamento, una de las maravillas naturales más impresionantes del orbe, Capadocia (vea la crónica “Cómo casi muero en Turquía”), pero esta ciudad sagrada, o Hierápolis, antiguo sitio helenístico o griego, ubicado en Pamukkale, provincia de Denizli, Turquía y sus restos arqueológicos que la Unesco declara Patrimonio de la Humanidad en 1998, bien vale el costo del viaje.
También perdí cuenta de cuántas horas tardamos en llegar (es septiembre 28, 2018, a seis días del tour), ya que el viaje al que me invita mi amada Cristi León –a quien jamás podré pagarle el placer infinito que me dejó admirar el vasto territorio turco–, recorre toda la nación partiendo de Estambul en su lado europeo, brincando a su parte asiática hacia el sur, hasta un islita griega y coqueta en el mar Egeo, para devolvernos ascendiendo al norte y reentrando a la magnífica joya entre tres mares por el acceso norte, lo que nos lleva 10 días de trayecto, que bien pudo narrarme Sherezada.


ALBERCAS de sal, a desnivel

HIERÁPOLIS la funda Eumenes II, rey de Pérgamo (180 a.C.), colapsa por terremoto en el reinado de Tiberio (año 17); la reconstruyen y transforman notoriamente en los siglos II y III, donde pierde su carácter griego y se convierte en urbe típicamente romana, importante centro veraniego para los nobles del Imperio, atraídos por las aguas termales. Posteriormente cae bajo dominio bizantino en 1210, y en 1354 otro terremoto vuelve a destruirla. La posición geográfica, en lo alto de una montaña con géyseres que filtran sal y le dan ese aspecto que a la lejanía da la impresión de nieve.
DESDE a varios kms de distancia, Pamukkale/Hierápolis ya impresiona en su magnificencia; pero ya adentro, las maravillas se suceden continuamente: estatuas greco-romanas, la necrópolis, su imponente estadio, las albercas de aguas termales, jardines impecable, el área de lo que fueron los baños –a los que eran muy afectos los griegos–, su museo actual, y pulido como la joya que, aún con miles de visitantes diariamente, brilla por sí sola. Antes de introducirnos a este trozo de historia está el área típicamente turística, con venta de comida rápida, postales, mapas, y guías de alquiler; pero llevamos al simpático Beymar, mi salvador de las cuevas subterráneas.


VISITANTES de toda etnia

El Templo de Apolo, construido en grandes dimensiones durante la época helenística, se redujo con las reformas producidas en el siglo III. El templo está edificado con grandes bloques de piedra sin argamasa. Cerca del templo, hay un área llamada Plutonium, sitio de una antigua grieta que la tradición consideraba una entrada a los infiernos.
El Plutonio o acceso al Inframundo era una gruta situada cerca del templo de Apolo, sitio al que se desciende por escaleras con arcadas. En 2012, nos cuentan, un equipo de arqueólogos guiados por Francesco D’Andria, halla una gruta con miles de cadáveres de aves, a causa de los gases tóxicos que salían de la cueva. El posterior hallazgo en 2013 de una estatua de Cerbero de 1,5 metros de altura ha permitido confirmar la hipótesis de que esa gruta hallada en 2012 era el Plutonio.
La fuente monumental (Nympheum), construida en el siglo IV, tiene fachada en forma de media luna y apunta hacia el Sur.
(Le daremos continuidad a este viaje de maravillas).


SITIO de baños antiguos

Con el mayor respeto, deseo dedicar este segmento, a la memoria de tres de mis gentes más cercanas y queridas que ya partieron: el joven maratonista Christian Peláez León, de corazón tan grande que se lo llevó con él, en su primera madurez pero muy fuera de tiempo; a mi Güera favorita, la maravillosa, única Alicia García, jovencita octogenaria, alegría y amor de varias generaciones (con besos de tu Niño Salvaje, de Oaxaca), y a mi amigo, maestro, socio (en cine), todo en grande, como él sabía hacer las cosas, el gran Pepe Allande Ojeda, con la tranquilidad que da la certeza de que ahora están mejor.

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