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Esa vez que conocí el sueño americano

Si les digo “Estados Unidos” ¿qué se les viene a la mente? Antes del 2019 yo pensaba en Trump, Capitalismo, Hollywood, Disney y -algo no menor- la Operación Cóndor. Probablemente muchos de nosotros (los latinos y latinas), crecimos viendo las películas de las princesas, cantando hakuna matata o ya más grandes soñando con conocer New York.

Sabemos tanto de la cultura, de la historia y de la política gringa, que fácilmente podemos citarla y hablar de ella. Pero mi percepción de este país cambió el año pasado, cuando aterricé por primera vez en las costas de California. 

Parte de mi familia migró al Estados Unidos cuando yo era una bebe, por lo que siempre mantuve alguna relación más o menos cercana con el país. Cuando ya era preadolescente mi papá comenzó a viajar todos los años y, finalmente, el año pasado visité a mi familia (de la fe y biológica) que reside en California. No fue algo que planifiqué bastante -a diferencia de mis otros viajes- pero desde el primer día mi visión de Estados Unidos comenzó a cambiar. Y creo que lo que más impactó mi experiencia, fue el conocer las caras y nombres de aquellos hombres y mujeres que resisten el día a día en este país.

Estados Unidos ha sido desde hace varias décadas el destino preferido para surgir y buscar una mejor vida, mi propia familia incluida. Sin ir tan atrás en la historia, a fines del 2018 fuimos testigos de una caravana migrante de miles de familias que comenzaban su viaje desde Honduras y Guatemala, pasando por México, para llegar a la frontera estadounidense, con el único deseo de arrancar de la violencia y tener una oportunidad en la vida. 

Estando en California pude conocer a muchos de los que en la televisión se les llama migrantes “ilegales”; personas como tú y yo que solo quieren vivir mejor, pero que las fronteras y los intereses políticos los catalogan como “no deseados”. Comí con ellos, me recibieron en sus casas, me sacaron a pasear y me hospedaron con mucho amor. Pero también vi en ellos los sacrificios de perseguir el sueño americano: largas horas de trabajo, vivir sin un seguro médico, estar lejos de la familia y cargar con el estigma de ser un latino (especialmente en la era de Trump). 

No me toca a mí juzgar sus decisiones, migrar es un derecho y yo no les voy a quitar eso. Pero de ahora en adelante cuando pienso en Estados Unidos, pienso en los sacrificios que mi propia familia tuvo que hacer. Pienso en aquel padre de familia que tiene dos trabajos para pagar la renta, en los nietos que crecen lejos de sus abuelos, o en las familias que separan en la frontera. 

No quiero herir sensibilidades con este artículo, pero yo creo que Estados Unidos será verdaderamente rico cuando se reconozca el valor de los migrantes, su resiliencia y el aporte cultural que le entregan al país.

Por si se preguntaban, cumplí el sueño de todos ustedes: fui a Disney y caminé por el paseo de las estrellas.

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