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El triste olvido de los espacios abandonados

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Al sur de Ciudad Real, limitando con la provincia de Córdoba, se ha de atravesar una especie de túnel del tiempo de, aproximadamente, un kilómetro de longitud para acceder a Minas del Horcajo. Este pueblo, dedicado antaño a la minería de la plata, se encuentra enclavado en medio de un valle. En el siglo XIX llegó a tener más de 4000 habitantes. Ahora tan solo sobreviven en él unas 9 personas. Su progresivo abandono a raíz del cierre de las minas y del éxodo rural lo convierte en una aldea fantasma que se resiste a ser olvidada.

 

Otros casos similares los hallamos en el célebre pueblo de Belchite (Zaragoza) y en el menos conocido, aunque no por ello menos interesante, Poble Vell de Corbera d’Ebre (Tarragona), poblaciones que sufrieron los bombardeos durante la guerra civil. En la actualidad, un esqueleto de ruinas constituye, en ambos casos, el testimonio directo para conocer los horrores del conflicto.

 

Si nos adentramos un poco en el mundo de la narrativa, comprobaremos que la temática del olvido ha encontrado su materialización en obras que han reflexionado sobre el abandono de los lugares. Piénsese, por ejemplo, en La lluvia amarilla (1988) de Julio Llamazares, donde se relatan, con asombroso y evocador lirismo, los días finales del último habitante de Ainielle, pueblo de Huesca cuyos restos pueden visitarse hoy en día. El siguiente fragmento es significativo de lo que vengo comentando hasta ahora: «Era el año cincuenta. Quedábamos aquí ya sólo tres vecinos: Julio, Tomás Gavín y yo. Todos desperdigados por el pueblo entre las numerosas casas cerradas o en ruinas. Todos rendidos ya a la evidencia de que Ainielle se moría. Adrián hacía ya algún tiempo que vivía conmigo y con Sabina en nuestra casa. Él no tenía ninguna. Durante más de medio siglo había trabajado como criado en la de Lauro y, cuando éstos se marcharon, Adrián se quedó solo, como un perro sin dueño, sin casa, sin familia y sin trabajo.»[1] El tono de la historia, cercano, por momentos, al realismo mágico, y el motivo  del amarillo, como símbolo del olvido, nos remite, en cierta manera, al Macondo de Cien años de soledad (1967) de García Márquez.

La ganadora del Premio Cervantes 2014, Ana María Matute, abordaría, de igual manera, el tema de la memoria en su extensa y ambiciosa novela Olvidado rey Gudú (1996). Si bien es cierto que la historia se enmarca dentro del género de la fantasía épica y los cuentos de hadas, ello no le impide a la escritora reflexionar sobre el olvido y la desaparición del legendario reino de Olar, escenario principal de todas las intrigas que se suceden a lo largo de la narración.

También tenemos el caso de Jesús López Pachecho, autor de Central eléctrica (1958). La novela, ambientada en el pueblo ficticio de Aldeaseca, nos muestra la difícil situación que vivieron algunos de sus habitantes después de que fuesen obligados a abandonar sus hogares ante la inminente construcción de un pantano y su central hidroeléctrica. Resulta sorprendente que una obra como esta, cuyo tema central es el conflicto entre civilización y barbarie, apenas se conozca en la actualidad, pese a haber sido finalista del Premio Nadal. El siguiente pasaje resume bastante bien la esencia del libro: «Les hundieron su verdadero pueblo y sus verdaderas tierras, y a cambio les dieron trabajo en la presa. Pero el trabajo ha durado ocho años y ya no tienen pueblo ni tierras. El pueblo blanco que les construimos no les vale, no es el “suyo”. Y las tierras son incultivables.»[2]

Recomiendo la lectura de esta obra a todo aquel interesado en conocer e indagar un poco más en una realidad  que pasa muchas veces desapercibida ante nuestros ojos. Y esa realidad no es otra que la de los pantanos y la historia de las anónimas personas que sacrificaron sus vidas en su construcción. Sería una insensatez, por mi parte, negar las infinitas e indiscutibles ventajas y comodidades que nos han aportado los embalses. Sin embargo, estoy convencido, al mismo tiempo, de que no debería olvidarse la parte más oscura de su historia. Conocer la vida de un edificio implica conocer también su intrahistoria y, en consecuencia, la de las personas que participaron activamente en su realización. En esta línea encontramos a Ken Follet con Los pilares de la tierra (1989) y a Ildefonso Falcones con La catedral del mar (2006).

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Fuera del ámbito estrictamente literario, son innumerables los ejemplos que podrían citarse sobre lugares que van a desaparecer o que han sido ya relegados a la soledad del olvido. Un caso reciente es el del restaurante chino de la Plaza de España en Madrid (al que he dedicado mi anterior entrada).

No me gustaría concluir este artículo sin rescatar solamente dos casos más sumamente llamativos e interesantes respecto a lo que se ha tratado: uno es el de la película documental Visages et villages (2017), donde la “grand-mère” de la Nouvelle Vague, Agnès Varda, se propone recorrer algunos lugares de Francia, acompañada del fotógrafo JR, con el fin de recuperar los recuerdos de determinados espacios por medio de fotografías murales adheridas a las fachadas de esas construcciones abandonadas.

 

El otro ejemplo es el del israelí Shapahak Shapira, que, en su proyecto online de 2017, Yolocaust, se cuestiona sobre los riesgos que entraña olvidar el pasado de los lugares, en este caso, de rincones de Berlín traspasados por la violencia del nazismo. Y es que, como dijo el filósofo español George Santayana en uno de los cinco volúmenes que integran La vida de la razón (1905-1906): “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”

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Ante ese tipo de olvido (que podríamos denominar “geográfico”), y que parece inevitable en la inercia del progresivo avance temporal, nuestra labor es la de ser depositarios y transmisores de la historia de esos espacios, manteniendo viva su memoria y, con ella, la de sus habitantes ya desaparecidos.

[1] LLAMAZARES, Julio (1993): La lluvia amarilla. RBA Editores, Barcelona, p. 84.

[2] LÓPEZ PACHECO, Jesús (1970): Central eléctrica. Ediciones Destino, Barcelona, p. 298.

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