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El otro Acapulco

La calle de Laurel es una de las más hermosas del mundo. No se parece en nada a Champs Elysées, ni a la Quinta Avenida, ni a la Gran Vía. No hay tiendas, ni escaparates de firmas famosas, ni restaurantes elegantes, ni nada por el estilo. Es verdad que aquí, al igual que en otras de las avenidas bellas del mundo, se pueden ver Mercedes Benz, BMW, Jaguares, sin embargo, su hermosura va más allá, de eso. También es cierto que es una calle corta, no creo que mida más de 500 metros. Inicia en el Paseo de la Concha y termina en Rompeolas. Pertenece al Fraccionamiento de Las Brisas, en Acapulco. Es una calle en la cual, a diferencia de otras, se puede caminar tranquilamente casi a cualquier hora debido a que son pocos los autos que por ella circulan y, los que lo hacen, llevan una velocidad promedio de treinta kilómetros por hora.
Caminar en las mañanas por esta calle es una delicia, lo he hecho desde hace doce años y me sigue pareciendo una maravilla. Los amaneceres invernales son tibios y a las ocho de la mañana se reúnen las mejores condiciones para pasear. Te sientes bienvenida para empezar el andar. Es el momento en que inicia la actividad en el puerto. Muchos corren para llegar a trabajar, pocos vamos a paso lento observando los tabachines en flor, las matas llenas de flores amarillas que los lugareños llaman copas imperiales, las paredes de arbustos de bugambilias moradas, rosas, blancas, los pequeños capullos que en primavera brotaran como mangos petacones. Se escuchan las chachalacas, que son una especie de pavos salvajes, con plumaje blanco y un copete azul en la cabeza que termina en forma de rizo; y los sonidos de pericos verdes que siempre vuelan en pareja. Los zumbidos de las chicharras y los abejorros se confunden con el murmullo de las hojas de los árboles.
Ir a paso lento permite percibir los olores que se escapan de las cocinas de cada una de las casas de la calle y adivinar lo que desayunarán esa mañana: chilaquiles, huevos a la mexicana, pan francés, hotcakes. Los aromas llegan hasta mi como pistas de lo que sucede en cada estufa.
En la calle da Laurel cada casa tiene nombre. El nombre les da identidad, y aunque cada una tiene número, la mejor forma de identificar un domicilio es por el nombre que cada dueño le dio a su casa. En algunas la gente vive permanentemente, pero la mayoría son casas de descanso.
El apelativo de cada casa es una pista, nos habla de cada uno de los propietarios, nos revela señales y misterios. Algunos son simples, otros juguetones, otros son tributos o signos de amor, nos informan si los dueños son nacionales o extranjeros, sencillos o complicados. Villa Mariana, La Mimosa, Francés, Casa de Luvi, Eternidad, Ninilo, Ave de Mar.
La primera casa, la que hace esquina con Paseo de la Concha, es la Villa Haitari, una casa que en otra época debió ser muy lujosa tendiendo a lo ostentoso. Hoy esa casa está abandonada, en ella habitan murciélagos, ardillas, iguanas y todo tipo de roedores y reptiles. Fue asegurada por la PGR y cuentan las leyendas que perteneció a un poderoso narcotraficante quien la compró para pasar ahí temporadas con una novia de origen asiático. Estuvo decorada con candiles de alabastro, estatuas de mármol, motivos de Oriente y dragones por doquier. Todo se destruyó, primero al ser confiscada, por los que formaron parte del operativo y lo que quedó en pie, que fue poco, el tiempo se encargo de destruirlo.
Hace poco me asomé porque la puerta estaba abierta y no resistí la tentación. Me retiré de ahí de inmediato. Sin embargo, pude ver que los barandales de hierro forjado estaban totalmente picados por la sal de mar, las paredes llenas de suciedad de murciélago, panales se insectos en cada esquina, la humedad se filtró por todas las paredes y los candiles estaban carcomidos. Sentí pena por Haitari, una casa que pudiendo ser bella no lo es.
Desde el Paseo de la Concha, Laurel es unas subida, a veces con una pendiente muy pronunciada, a veces un poco mas amable para el caminante. Al final, en la esquina con Rompeolas, te topas con Arimatea, la casa con la mejor vista de la Bahía de Santa Lucía. Desde aqui se puede ver desde la playa de Icacos hasta la Roqueta. Se ve el Peñón del Obispo, el puerto industrial al que llegan los cruceros ya el muelle de la marina donde se ancla el Buque Cuahutemoc, que es el barco escuela de la naval mexicana. Desde su alberca, que parece no tener fin, se aprecia el azul intenso del mar, el dorado de los granos de arena la mancha urbana del puerto, las montañas, las regatas de veleros, las lanchas que jalan a los esquiadores, el parachutte y la actividad en las playas. Es una casa cuyo mejor atributo es el paisaje, por lo que la casa es discreta para dejar brillar la belleza que la rodea. Desde aquí he visto el desperdicio de tanta hermosura sin ser aprovechada, cuando Acapulco se entristeció por falta de turistas, y lo veo resurgir ahora. Me da mucho gusto ver que la Bahía está azul y llena de turistas que se divierten.
La calle de Laurel es el otro Acapulco, el de Reyna, el del miralejos que permite ver la mejor versión del puerto.
La calle de Laurel es sin duda una de las más bellas del mundo, con los contrastes entre Haitari y Arimatea, con la hermosura de estas antítesis, con sus aromas, rumores y tibios despertares.

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