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El momento de la verdad.

El desayuno entró como agua de Mayo, pues llevábamos tres horas en pie y aún no habíamos probado bocado. Nos tomamos unas tostadas, yogur con muesli y unos zumos. Alberto pidió un arroz. Hicimos algo de tiempo sentados en el bar, pues teníamos que ir a la agencia y queríamos darles tiempo a que estuvieran plenamente abiertos.

En el camino hacia ella recorrimos las tumultuosas calles matutinas de Thamel, con su polvoriento y denso tráfico en todo su máximo esplendor. Hicimos un alto en el hostal para recoger un par de cosas y echar un ojo al correo. Habíamos recibido uno de Song, nuestra amiga, la chica que se encargaba de conseguir nuestros visados para acceder al Tíbet.

Nos dijo que en cuanto los de la agencia nos dieran los visados de China les hiciéramos una fotocopia y se la mandaramos de inmediato, y así podría comenzar a hacer papeleos. Pero claro, eso si estos tiparracos nos los habían conseguido… Si ese mismo día no los teníamos, podíamos olvidarnos del Tíbet definitivamente.

Alvaro y Pablo por las calles de Thamel

Alvaro y Pablo por las calles de Thamel

Algo nerviosos por la idea, volvimos a la calle en dirección a la agencia. Era un momento clave del viaje, nos jugábamos todo por lo que habíamos venido.

Llegamos allí en un par de minutos, y el esbirro recepcionista que no hablaba inglés nos indicó que esperáramos. Al segundo apareció tras la puerta el acólito cejudo que tan mal nos caía, diciendo que Ram estaba de camino volviendo a la agencia. Nos sentamos a esperar en la recepción y el tiempo pasó. Diez minutos. Media hora. Una hora. Empezamos a perder las formas y exigimos que llamaran al odiado Ram, que queríamos saber por dónde íba, ya que tanto tardaba, y que como el primer día nos estaba haciendo esperar varias horas sin avisar.

Mientras nos observaban con cierto nerviosismo, le llamaron un par de veces y al final cogió el teléfono. El susodicho decía que seguía en la embajada de China y que llegaría aproximadamente a las dos y media de la tarde, más o menos. El odio empezó a materializarse físicamente allí. ¿Por qué coño decían que estaba de camino si seguía allí? ¿Y por qué este tío nunca llamaba para avisar si se retrasaba? Vitin comenzó a perder los estribos y los esbirros se pusieron muy tensos. Les dijimos que íbamos a comer a un lugar cercano y que volveríamos a buscar los visados a la hora que habían dicho. En realidad fué más una advertencia que otra cosa.

Comimos en un lugar local donde la amabilidad de la familia que lo llevaba disipó el enfado que traíamos con nosotros. Era un lugar pequeño, una sola habitación apenas separada de la cocina por un simple biombo. Allí había un par de personas comiendo. Nos sentamos en una de las mesas de madera, observados por el hijo de la dueña, que nos miraba con gran curiosidad.

Pedimos algo de comer y nos tomamos algo. En cierto momento le pregunté en nepalí al niño que cómo se llamaba, y con gran timidez esbozó una ligera sonrisa mientras se acurrucaba tras su madre. Ésta le instó a que respondiera, y el niño habló. Nunca me cansaré de decir que son éstas las cosas por las que adoro viajar, los gestos, las actitudes de la gente.

Nos despedimos de la familia y volvimos a la carga con la agencia. Eran alrededor de las tres, les habíamos dado algo de tiempo extra por si acaso, ya que acostumbraban a faltar a su palabra. Y de hecho cuando llegamos no había ni rastro de Ram.

Pusimos el grito en el cielo y las cosas se caldearon bastante. De hecho vimos que un esbirro hacía unas llamadas y de pronto teníamos en la recepción a tres sherpas aguerridos; tipos morenos y curtidos por el sol, bajitos pero rocosos, sentados a nuestro lado sin mediar palabra, como esperando por si pasaba algo. Pero aún así no nos achantamos con estos mafiosetes de medio pelo.

Ram llegó como a las cinco de la tarde. Eso sí, con nuestros visados. El cejudo nos espetó que al haberlos hecho de manera “urgente” teníamos que pagarle como cincuenta euros más cada uno. La palabra “urgente” resonó en la habitación. Urgente. Cuando llegamos a Nepal nos aseguraban sin fallo que los tendríamos en un sólo día. Llevábamos esperando casi una semana ya, y decían que había sido “urgente”.

Vitin y yo nos miramos sin dar crédito. Les dijimos que no íbamos a pagar un céntimo. De hecho, Vitin les dijo que quería hablar con alguien de la embajada para corroborar que eso era posible, e instantáneamente el cejudo hundió la cabeza en el cuello de la camisa y no volvió a pedir nada más.

Como no teníamos tiempo, gestionamos el vuelo a China inmediatamente. No quedó otra que hacerlo con ésta gentuza, pues desde el principio eran los encargados de éste proceso, y para eso les habían pagado. Mientras, apareció el director general. Venía riéndose y quitándole hierro al asunto, lo que me cabreó profundamente. Le dije que no me importaba que los visados se demoraran, que lo que me había molestado era la falta de profesionalidad y de información del equipo en general a la que nos habían sometido.

No le hizo mucha gracia, y de hecho fué motivo de una situación muy tensa que propició una serie de conversaciones que se basaban en ver quién la tenía más grande.

Nos largamos por fín con nuestros pasaportes y visados en mano, alegres de no tener que volver a ver más a esos indeseables, y mandamos a Song los documentos que le hacían falta. El ánimo y la alegría habían vuelto al grupo, ya que íbamos solucionando los problemas sobre la marcha, y al ser la última noche en la ciudad tocaba celebrarlo.

La ciudad desde nuestro hostal.

La ciudad desde nuestro hostal.

Compramos unas botellas de cerveza que bebimos en la azotea del hostal y durante el camino a la zona de fiesta del Thamel. Allí comenzamos a asaltar cada garito en busca del ambiente adecuado: como era viernes había un ambientazo en la ciudad. Acabamos sentados en unos escalones frente al bar Full Moon, viendo cómo hacían gala los personajes de la noche. Aquí se nos presentaron dos tipos, uno de ellos un escocés que nos regaló una botella de cerveza y un pedrolo de hachis así por la face, que luego Vitin fué intercambiando a su vez con otras personas por diferentes bienes.

Acabamos entrando en el Lhasa Bar, que estaba justo al lado. Uno de los mayores aciertos de nuestro viaje. Se trata de un bar donde tocan música en directo, y bastante bien además. Lo mejor es que son grupos tipo rock inglés en plan The Who o canciones ya clásicas como Born to be Wild de Steppenwolf.

Allí las botellas comenzaron a caer y el calor de la fiesta abrumaba. Todo el mundo estaba de buen humor. Conocí a la camarera y dueña del local, Sharmila, que me rebajó el precio de la cerveza tras conversar con ella y me regaló unas cerillas. Luego apareció un portugués diabólico de corte hippiesco que sinceramente me parecía un prepotente y un pringao, pero que me invitó a una copa, lo que me extrañó. Luego me aclaró que no era una invitación: esperaba que se la devolviera. Cosa que al final me acabó exigiendo y claramente no hice.

También hablamos con unas chicas indias que se encontraban al final del local y que nos echaron el ojo toda la noche, aunque la cosa no fue a más porque aquí eso de ligar y llegar a algo es cosa imposible, a menos que realmente pretendas casarte con ellas. ¡Normas de la casa!

A cierta hora salí del local a tomar el aire, que dentro había tanta gente que reinaba un ambiente viciado, y de pronto ví cómo en la calle los furgones de la policía militar ya se estaban posicionando para ir cerrando los locales. Por mi lado pasaron cuatro hombres armados con porras y fusiles, y ví como la gente comenzó a bajar de los pubs a toda pastilla. Los policías empujaban y golpeaban con cierta contundencia a los más cabezones, disuadiéndoles de continuar por la calle para respetar el toque de queda.

Nuestra azotea favorita para el bebercio.

Nuestra azotea favorita para el bebercio.

Nosotros nos mantivumos arropados en una calle aledaña viendo todo el proceso, y escabulléndonos aún probamos un par de lugares más que ya conocíamos, como el Fireclub. Aquí anduvimos con ojo procurando no encontrarnos a seres como Brasadopoulos, un griego muy pesado que conocimos una de las noches que salimos de fiesta en ése mismo lugar. Éste sitio ya estaba medio apagado, así que poco tiempo después volvíamos a las calles. Después de todo había que descansar, pues al día siguiente viajábamos a China.

Acabamos bastante cocidos haciendo el camino a casa por unas vías muy desiertas y  oscuras. En cierto momento vimos a un hombre calentándose en una hoguera que había preparado en medio de la calle, y fuimos a sentarnos con él. El tipo no daba crédito, y nos sonreía sin pronunciar palabra mientras nosotros hacíamos lo mismo.

Volvimos al hostal para dormir plácidamente, pero de plácido hubo poco. En un arranque viril y simiesco, Vitin y yo comenzamos un combate en la habitación mientras Pablo y Alberto observaban con entretenimiento. Los golpes se sucedían en una pelea igualada hasta que, en cierto momento, de un agarre lancé a Vitin contra un mueble junto a la cama. Él se levantó y respondió a la afrenta corriendo en mi dirección y aplicando un placaje que me levantó unos segundos en el aire. De pronto impacté de espaldas contra la pared, que resultó ser uno de los ventanales de la habitación, y éste se abrió de par en par escupiéndome hacia afuera y rasgando la cortina que había entre nosotros. Caía por la ventana de un primer piso.

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