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El leopardo de las nieves

«Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa».

En otoño de 1973 el escritor y guionista de cine Peter Matthiessen y el zoólogo George Schaller emprendieron una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza era poder ver al más hermoso y huidizo de los grandes felinos: el leopardo de las nieves, casi imposible de ver debido a su habitat recóndito y porque apenas quedan 5.000 ejemplares de la especie. Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por la vía del budismo zen.

He leído este verano muy buenos libros, pero considero El leopardo de las nieves  como uno de los libros más bellos que he leído en mi vida. Narra un viaje, pero no es un libro de viajes al uso; no es tampoco una novela, ya que cuenta hechos reales; no es un ensayo, aunque contiene abundantes elementos para la reflexión magistralmente intercalados en la historia, sin interrumpirla ni aburrir jamás. La escritura de Matthiessen es limpia como el aire de las altas montañas por las que camina el autor.

“Sobre el camino, sobre el brillo de la mica y de extrañas piedras resplandecientes, yace la pluma amarilla y gris azulada de un pájaro desconocido. Y acto seguido llega una intuición penetrante, en modo alguno entendida, de que esta pluma sobre la senda plateada, en este ritmo de sonidos de madera y cuero, respiración, sol y viento e ímpetu de río, en este paisaje sin tiempo pasado o futuro, en este instante, en todos los instantes, transitoriedad y eternidad, muerte y vida son una y la misma cosa”.

Peter Matthiessen (Nueva York, 2927 – Sagaponack 2014), naturalista y escritor estadounidense, dedicó su pluma tanto a la literatura de ficción como a ensayos de corte científicos e histórico. El leopardo de las nieves fue publicado en inglés en 1978 y traducido al español, sin que casi nadie se diese por enterado, en 1993 por Siruela. Cuando los editores lo pusieron en el mercado en tapa blanda en 2008, la crítica española descubrió tardíamente a Matthiessen, de quien había sobrada bibliografía en el mercado nacional, por ejemplo la novela Jugando en los campos del Señor (Siruela, 1992), la espléndida y bárbara colección de cuentos En la laguna Estigia y otros relatos (Siruela, 1993) y algunos excelentes ensayos que publicó Olañeta como El árbol en que nació el hombre(1998) y En el espíritu de Caballo Loco (2001). Todos están hoy descatalogados. Siruela nos trajo recientemente la reedición de este clásico de la literatura de viajes, ganador del National Book Award en 1978.

Matthiessen ha perdido a su esposa, la escritora Deborah Love, a causa del cáncer un año antes y esa muerte es el telón de fondo en el que se inscribe el viaje. Durante 400 km, primero alrededor del Annapurna y luego en la Tierra de Dolpo, en la altiplanicie tibetana, Matthiessen describe los paisajes que rodean a la Montaña de Cristal, cuenta historias relacionadas con los lugares que cruza, reflexiona sobre las enseñanzas del budismo y sobre pasadas experiencias de su propia vida. Todo ello con la ligereza de un maestro zen. El paisaje exterior en armonía con el paisaje interior.

“El secreto de las montañas es que existen, igual que yo, pero se limitan a existir, cosa que yo no hago. Las montañas no tienen significado, son significado; las montañas son. El sol es redondo. Yo vibro con la vida y las montañas vibran y, si soy capaz de oírlas, hay una vibración que compartimos. Entiendo todo esto, no con la cabeza sino con el corazón, sabiendo cuán absurdo es tratar de captar lo que no se puede expresar, sabiendo que otro día, cuando vuelva a leer esto, sólo quedarán las palabras”.

Las páginas de este libro destilan aires cristalinos, sombras gélidas, hielos aristados, tempestades despiadadas, reflexiones personales, montañas eternas. Y personajes de epopeya: los sherpas, los porteadores, el anciano de Pokhara que viaja con su muerte a cuestas hasta Varanasi; los brujos de cara roja, los pastores de yaks; los lobos que atacan a los yaks; las mujeres y niños de los poblados; los lamas y sus templos; la ventisca que abre y cierra caminos; el estanque negro; los ríos Yeju Kanyu y Nam Khong cavando quebradas hacia el mismo lago; los corderos azules, pastando sobre las frías laderas; el invierno, cuya llegada lo amenaza todo; los lobos  y el leopardo, al que no sabemos hasta el final si finalmente lo han visto, pero que tienen la certeza que de que él les ha estado viendo y del que solo encontrarán, aquí y allá, rastros aisladas (incluidos unos significativos arañazos sobre las huellas de sus perseguidores).

“Seguir adelante como si no supieras nada, ni tu edad, ni tu sexo, ni el aspecto que tienes. Seguir adelante como si estuvieras hecho de gasa… una niebla que pasa a través y por la que se pasa a través sin que pierda su forma. Una niebla que pierde su forma sin dejar por ello de ser. Una niebla que finalmente se disuelve, desperdigando sus partículas al sol”.

Decía el sabio Rabi Nachmann que al igual que la mano ante los ojos oculta la montaña más alta, la insignificante vida terrena esconde a la vista enormes luces y misterios y quien es capaz de apartarla, como quien aparta una mano, contempla el brillo esplendoroso de los mundos interiores. Eso es lo que le ocurrió a Peter Matthiessen,  cuando inició su andadura por las escarpadas y las salvajes tierras del Dolpo. Lo que empezó como una expedición científica, llena de anécdotas y experiencias dolorosas (hambre, frío, cansancio, preocupación) acabó dando paso a un viaje interior en el que lo terrenal se aparta, como la mano de Rabi Nachmann, para dar paso a la luz de una experiencia trascendente.

“Quizá ese miedo a la impermanencia explica el ansia con que consumimos los pocos bocados de experiencia, en carne viva, que nos ofrece la vida moderna, por qué la violencia es libidinosa, por qué la lujuria nos devora, por qué los soldados eligen no olvidar sus días de horror: nos aferramos a esos momentos extremos en los que parece que morimos y en los que, por el contrario, renacemos. En el abandono sexual, al igual que en el peligro, nos vemos empujados, por muy brevemente que sea, a ese presente vital en el que no permanecemos al margen de la vida, sino que somos vida, nuestro ser nos llena; en el éxtasis con otro ser, la soledad desaparece en la eternidad”.

La narración se estructura como un diario de viaje dividido en cuatro etapas: “Hacia el Oeste” comienza en septiembre a las afueras de Pokhara y finaliza en el valle deDhorpatan. La segunda etapa, “Hacia el norte”, cubre la distancia entre Dhorpatan y Shey a lo largo del mes de octubre. Y finalmente noviembre sorprende a nuestros exploradores en “La Montaña de Cristal”, donde la prosa de Matthiessen se desboca para volver a encauzarse en el último episodio, “Camino de casa”, que funciona como anticlimax y cierra la narración.

No vamos a negar que “El leopardo de las nieves” comienza de una manera un poco desalentadora. Al igual que el paso cansino de los porteadores tibetanos, la narración es entrecortada, desapasionada, aliñada con unas cuantas descripciones frugales y pequeñas notas sobre filosofía oriental. Parece ser que la dureza del camino hace mella en el escritor quien, falto de fuerzas y de ilusión, se limita a ir apuntando en su diario lo que va pasando. Sin embargo, el discurrir de la ruta hacia el norte trae consigo el endurecimiento del cuerpo. Matthiessen acaba aclimatándose a la altura y a la frugalidad, lo que le permite alzar la mirada al paisaje que le rodea y, por fin, escribir con el corazón. Las montañas y sus pobladores se llenan de vida, y el leopardo aparece como símbolo de la afanosa búsqueda espiritual del viajero.

“Si el leopardo de las nieves se manifestara, estoy preparado. Si no es así, eso quiere decir que no estoy preparado. Me basta con saber que el leopardo es , que está aquí, que sus ojos helados nos vigilan desde la montaña”.

Finalmente del leopardo… sólo unas huellas en la nieve, unos arañazos en la corteza de un árbol, una presencia de pupilas verticales. George Schaller dice: “Hemos visto tanto que quizá sea mejor que nos queden por ver algunas cosas“. Y el propio Matthiessen, dialogando consigo mismo: -¿Has visto el leopardo de las nieves? -¡No! -¿No es maravilloso? Puro zen.

“Las montañas nevadas, más que el mar o el cielo, funcionan como espejo de verdadero ser propio, completamente inmóvil, completamente trasparentes, como un espejo de un ausencia, de un vacío, sin vida ni sonido que lleva en sí toda la vida y todo el sonido. Sin embargo, mientras yo siga siendo un «yo» que advierte el vacío y permanece apartado de él, siempre existirá una niebla de nieve en el espejo.”

Acabaremos con su koan en esos momentos, que no sabemos cuando lo resolvió:

“Todos los picos están cubiertos de nieve ¿por qué ese no?”

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