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El fin del mundo

Fisterra

Imagen de Carlos – La estaca clavada

—¿A dónde vamos?

—Juntas, al fin del mundo.

Sesenta años después resonaba esa respuesta en su memoria, mientras su vista cansada se perdía donde no distinguía si era cielo o mar. Había conducido muchas más horas de las que las lumbares aguantaban sin atormentarla, pero no quiso hacer noche por el camino. Eso le habría impedido cumplir el plan propuesto: recrear aquel primer viaje con Pili en su Seiscientos, marcado por tantas primeras veces.

Había madrugado más que el sol. Aún era de noche cuando dejó atrás Debagoiena y se adentró en la sinuosa carretera del puerto de Kanpazar. Las primeras luces del día le permitieron distinguir la torre de Petronor. Cuánto mejor la vista hacia el otro lado, a la oscura playa de la Arena, que en unas horas comenzaría a llenarse y en donde, ese verano, solo los más madrugadores conseguirían sitio.

Aparcó cerca del puerto de Castro-Urdiales y caminó hacia el imponente castillo de Santa Ana. Se paró al pie del puente medieval, con la mascarilla bien colocada; no se encontró con casi nadie a esas horas, pero a su edad no podía correr riesgos. Observó el mar que entraba sin ganas y recordó aquel día en que rugía y golpeaba la piedra con fuerza, y ellas reían y se aguantaban las ganas de comerse a besos que con seguridad habrían sabido a sal.

Volvió al coche y, antes de arrancar, bebió un zumo y comió un par de magdalenas que compró el día anterior en el supermercado. No se atrevía a entrar en una cafetería; el dichoso virus podría estar allí. Volvió a la carretera y no paró hasta Ribadesella. Cruzó el puente de hormigón y paseó por la playa de Santa Marina. Pensó que el pueblo no había cambiado demasiado en todos esos años; desde luego, no tanto como ella. Sonrió al recordar las miradas de reprobación mientras las dos gritaban de alegría y se abrazaban y revolcaban por la arena.

Continuó su camino. No pensaba detenerse hasta Ribadeo, pero hubo de parar en una vieja curva abandonada a vaciar la vejiga, lo más a salvo que pudo de las miradas desde los coches en marcha. Ni siquiera quería utilizar el servicio de una gasolinera, por mucha limpieza y mucho gel hidroalcohólico que hubiera. Sabía que tarde o temprano debería llenar el depósito, y ese sería el único momento en que se arriesgaría a tocar una superficie que no hubiera limpiado ella misma.

No pudo evitar que se le empañaran los ojos al enterarse de que no podría bajar a la playa de Las Catedrales. Que había que sacar entrada, y ella sin saberlo. No, no quería para otro día, gracias, le contestó a una joven que se ofreció a reservarle hora al notar su disgusto. Se contentaría con lo poco que se veía desde el mirador. Volvió al coche y sacó de la cartera una fotografía. Aparecía Pili entre los colosales arcos y torres de piedra que no había podido visitar. Era la única imagen que tenía de todo el viaje. Qué importaba que fuera en blanco y negro, si su sonrisa le daba más vida que cualquier color. La guardó y arrancó. «Último tramo».

Le dolía la espalda, le escocían los ojos y tenía hambre cuando pasó el cartel de «Fisterra». Una vez en el aparcamiento, comió con tranquilidad un sándwich vegetal, recalentado tras todo el viaje. Estaba allí. Lo había conseguido. Se colocó bien la mascarilla, cogió su mochila y bajó del coche. Paseó entre turistas y peregrinos con cuidado de mantener distancia, tarea harto difícil en algunos momentos.

Permaneció bajo el faro menos tiempo del que le hubiera gustado, no se sentía tranquila con tanta gente alrededor. Volvió sobre sus pasos y se desvió hacia la ladera oeste del monte Facho. Avanzó, retrocedió, subió y bajó con pasos torpes hasta que creyó encontrar el punto exacto, y se sentó a observar cómo el cielo cambiaba de color a medida que el sol desaparecía. Disfrutar del ocaso en ese escenario era una experiencia inefable, y ella la había vivido por primera vez sesenta años atrás, con la persona a la que más había querido. Fue entonces cuando se prometieron que siempre estarían juntas, y lo cumplieron, para disgusto de sus familias. Vivieron como amantes de puertas para adentro y como amigas solteronas de puertas para afuera; pero nunca se separaron.

Esperó a que no hubiera nadie a su alrededor y, ya envuelta entre las sombras, se quitó la mascarilla; quería vivir el momento con todos sus sentidos. Sacó la urna de su mochila, la abrió y esparció las cenizas, en el mismo lugar en el que se juraron amor eterno, frente al océano infinito y a la roca O Centolo. Colisionar contra ella le supuso al buque Blas de Lezo el naufragio casi un siglo antes, así como el choque contra la muerte de su compañera de vida le suponía a ella el comienzo de su recta final.

«Hasta pronto, Pili». Se giró y caminó de vuelta al coche. Sabía que la próxima vez que volviera sería para que las cenizas de las dos descansasen para siempre, juntas, en el fin del mundo.

Con este relato participo en el concurso de Zenda de historias de viajes.

Mil gracias a Carlos, de La estaca clavada, por la imagen y la información.

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