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Dunas en la Alta Guajira

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Así es la aventura que supone llegar hasta el faro de Punta Gallinas, el punto más al norte de Suramérica. De las manos del pueblo wayuu y con la ayuda de verdaderos baquianos, esta crónica de viaje nos adentra en un paraíso desértico poco visitado.

Texto: Diego Montoya Chica

Fotos: Clara Moreno Chala

Artículo publicado en la edición 96 de Avianca en Revista.

El motor 4.5 del Toyota ruge bajo nuestros pies. O, por lo menos, ahí se siente el resoplido constante y sordo de la máquina que lleva a este cascarón metálico por entre el desierto a un promedio de 40 kilómetros por hora. Se agradece cuando la camioneta deja de trepar rocas o de escabullirse, cuidadosa, entre las espinas de los cactus, para avanzar más ágilmente en planicies arenosas. Y se agradece, primero, porque merma el movimiento en la silla del carro. Pero, sobre todo, porque sabemos que el camino es largo hasta Nazareth, el lejano corregimiento del municipio de Uribia, en el departamento de La Guajira. Aterrizamos hace cinco horas en Riohacha, tras ver los picos de la Sierra Nevada de Santa Marta desde el avión y, desde entonces, hemos parado solo una vez por provisiones.

Debemos entonces apurar el paso, a pesar del espectáculo que muestran nuestras ventanas cerradas: un paisaje plano, de horizonte lejano, salpicado por chorros de luz rosada que provee el atardecer. Es curiosamente parecido al que vemos en los documentales sobre la vida salvaje en África. En la radio, el sonido brillante de una guacharaca metálica, insignia del vallenato, que golpea en grupos de a tres: ts-ts-ts, ts-ts-ts, ts-ts-ts… “¿Quién toca, ‘Papi’?”, le pregunto al chofer, quien insistió en que le llamáramos por su apodo.

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“Los Embajadores Vallenatos. ¡El vallenato, señor, es guajiro, no de Valledupar!”. El acento del mestizo, hijo de wayuu y ‘arijuna’ –como le llaman, con cierta reserva, los aborígenes a todo el que no pertenece a su etnia–, es calmado, casi tímido. Sin embargo, la pericia del hombre al volante es comparable solo con la de un piloto del Rally Dakar. Al lado de Papi, pocos conducen. Trepa, esquiva, corre, escala, y se detiene solo por dos motivos: o bien porque llegamos a un retén wayuu, comandado por un escuadrón de niños indígenas que bloquean el paso hasta que se les paguen unos centavos –una parada coercitiva, sí, pero gastronómicamente provechosa, pues allí se compra ‘chicle wayuu’ (camarón seco)–, o bien porque se ve una iguana perezosa en la mitad del camino. Pero ¿cuál camino?

 “Aquí qué GPS ni qué nada”, comenta el guía turístico, Andrés Delgado, mientras se aferra a una de las 60 botellas de agua que llevamos para la travesía. “Todos preferimos irnos con un baquiano*”. No hay ningún camino. Desde que salimos de la ‘Terraplén’ –la vía que lleva de la cabecera de Uribia hasta donde se toma el desvío hacia el desierto–, no he visto ningún punto de referencia. Hay una suerte de trilla en la arena borrada por el viento, pero solo en ciertos tramos. Si fuera de noche, creería que Papi se guía mirando las estrellas. Y pronto será de noche.

 “Mire, mire”, dice Andrés, señalando la silueta de la única montaña en el horizonte, abrazada por una nube. Es una sombra negra en el cielo colorado. “La Serranía de Macuira. Ya pronto llegamos a Nazareth, que está en la zona de amortización del Parque. Pasamos la noche ahí y subimos temprano mañana”.

Primera

“Por las noches, todo esto se ve iluminado por todo el oro que nuestros ancestros aruacos enterraron aquí”, me comenta Jadol Uriana, el joven wayuu que nos subió hasta este colosal montículo de arena en el corazón de un bosque enano nublado. “A veces hay ruido de espíritus hablando, o cantando… es un sitio sagrado”.

¿Cómo no iba a serlo? Además de ser hábitat para serpientes, micos, iguanas, sapos o tigrillos, en las 25.000 hectáreas del Parque Nacional Natural Macuira conviven cerca de 140 especies de aves, varias de ellas endémicas. Estas montañas son, además, el origen de mucha del agua dulce que calma la sed en la Alta Guajira, así como de una infinidad de plantas utilizadas en la medicina tradicional.

Pero, sobre todo, se trata de un verdadero panóptico. ¿Por qué no traje binóculos, para espiar rincones en todo el departamento? La sensación cuando se está ante un panorama de tal amplitud es siempre la misma: los ojos no alcanzan, a pesar de nuestras exigencias para que lo capten todo. Nuestros únicos acompañantes en la duna son tres chivos que salieron del bosque para dejar sus huellas al lado de las nuestras en la arena. Hay miles de ellos en todos los rincones de La Guajira, por ser el eje de la economía y la alimentación Wayuu.

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Suena un timbre y Jadol contesta una llamada en un Blackberry. Habla en wayuunaiki. Es imposible no notar el contraste cultural entre el aparato, por un lado, y el joven indígena por el otro: su idioma, sus pómulos pronunciados, su pelo negro lizo y sus ojos rasgados. “¡Jatsü jutsuin celular!”, dice enérgico y cuelga. La frase significa que se le está acabando la pila.

La etnia Wayuu se mantuvo a raya de la occidentalización durante la colonia, gracias a que se refugió en el desierto, hostil para los blancos. Gracias a eso, hoy hablan su lengua y tienen su cosmogonía protegida a pesar de estar relativamente integrados al orden global. Y es gracias a eso, también, hoy son la etnia indígena más numerosa en Colombia: 270.000 wayuus, según el Censo de 2005, más otro tanto en Venezuela.

Cuando Alonso de Ojeda, buen lugarteniente de Colón y luego su enemigo, llegó por primera vez a La Guajira en 1499 luego de deslumbrarse con la desembocadura del río Orinoco en el Atlántico, no lo recibieron precisamente con peajes de niños en el desierto. Las luchas fueron arduas y la negativa a someterse, férrea. Tras un proceso de siglos, los wayuu se han occidentalizado a su ritmo, y no al nuestro, para enseñarle al mundo los exuberantes colores de sus chinchorros y mochilas, sus rancherías, sus casas hechas con yotojoro –el cáctus seco–, sus complejas creencias en los sueños y, sobre todo, su fiereza.

Segunda

Los rituales alrededor de la muerte, en la cultura wayuu, son ejes de la vida en sociedad. Tanto es así, que a los muertos los entierran dos veces: la primera tras el deceso, y la segunda 10 años después. A ese segundo entierro, que normalmente tiene lugar en enero, se convoca a familiares y amigos hasta con un año de anticipación. “Hace dos años desenterramos a mi abuelo y vinieron 500 personas”, me diría días después Mayuli Redondo, cabeza de hogar en una ranchería cercana a Riohacha. “Se come chivo, carne de res, pescado y se toma whisky o chirrinchi (el destilado artesanal de panela). Las mujeres se encargan de sacar los restos y volverlos a enterrar, después de haberse preparado psicológicamente”.

Revista: CocinaEdición: 27La GuajiraFoto: Clara Moreno ChalaLas valientes y trabajadoras mujeres wayuu, que llevan leña a la casa en la madrugada, prenden el fogón, cocinan y, frente a los ojos encantados de sus hijas, inmortalizan el legado indígena a los pies de un telar. Pienso en ello al bajarme del carro en la Duna de Los Patos, cerca a Puerto Estrella –otro diminuto corregimiento de Uribia–, mientras me cuelgo al hombro la mochila azul que compré en el almacén de Eudoxia Iguarán, antes de salir de Nazareth. El trabajo del tejido es dedicado y estéticamente libre. No en vano la mujer recibió en diciembre pasado un reconocimiento como Maestra de Maestras de manos del presidente de la república, Juan Manuel Santos.

Si en la cima de la duna se cierran los ojos, se oyen varias cosas. Por un lado, el océano Atlántico que desde el norte sopla en las orejas, impetuoso. Y por el otro, el sonido serpentino de la arena, que se escurre sobre el suelo en una bruma brillante. Es importante no usar zapatos, pues estar descalzo ayuda a caminar más ágilmente sobre la arena. Pero, sobre todo, así se puede sentir el cosquilleo de la duna moviéndose bajo las plantas de los pies. ¿A dónde irá?

 

Tercera

Según el libro La verdadera historia de Riohacha, los cartógrafos del siglo XVI describían a La Guajira como “un puño incrustado en las aguas del Caribe o una cabeza pelona implorando al Cielo un poco de líquido elemento para calmar su milenaria sed”. En este instante estoy en la punta de la nariz de esa cabeza empinada: el Faro de Punta Gallinas, que es el punto más al norte de Suramérica. No hay turistas, solo un grupo de pelícanos volando paralelamente a la costa y el carro de Papi parqueado en la playa.

Este es el verdadero fin de mi travesía, después de 350 kilómetros recorridos desde Riohacha y tres dunas visitadas. A la última de ellas fui ayer al atardecer: la de Taroa, un extendido monte de piel amarilla arrugada por el viento, como la frente de esa cabeza milenaria. Al caer el sol allí, se me reveló un firmamento como una espesa tela negra con infinitos diamantes desperdigados.

Aquí, al pie del faro, no hay sino que recordar el vallenato de los hermanos Zuleta: “Orgulloso yo le canto a mi tierra lejana, bañada por luz de luna al anochecer. El desierto se camina bajo un sol ardiente, flamingos en la laguna, sol de atardecer”.

*Un baquiano es una persona que conoce a fondo los caminos de un terreno rural.

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Guía

 Cómo transportarse

Es la pregunta del millón. La versión hippie es subirse a uno de los camiones en los que se transportan decenas de locales. Ese cuesta alrededor de COP 15.000 de Riohacha a Uribia, y 20.000 de Uribia al Cabo de la Vela. Para ir a la Alta Guajira, sin embargo, se recomienda pagar un carro con chofer, a través de una agencia de viajes. Es costoso –puede costar COP 400.000 pesos diarios–, pero teniendo en cuenta el difícil acceso al nororiente de la península, vale la pena. El carro tiene que estar bien equipado, con muy buena suspensión y con llantas en buen estado.

 

Dónde dormir

En Riohacha están los hoteles Hotel Arimaca, Océano, Majayura, Barbacoas y Premium. En Uribia se puede ir al Pantu o al Juyarisain, mientras que en el Cabo de la Vela se recomiendan las rancherías Utta, Apalanchi, Jarrinapi y Donde Rosita Sánchez. En Nazareth, el recientemente abierto hotel Mulamana es excelente. Así mismo, en Puerto Estrella está el Hospedaje Juliana, donde se duerme en chinchorro, y las casas de algunos hospitalarios wayuus. Finalmente, en Punta Gallinas está el hermoso Hospedaje Alexandra, así como el Kijoru y el de la señora Luz Mila.

Dónde comer

En Riohacha se come langosta, róbalo, pargo y langostinos en Yotojoro y La Tinaja, por ejemplo. También se recomiendan los cocteles de camarones en la playa. En Uribia está el comedor del hotel Juyarisain, o los puestos de pollo, pescado y chivo en los puestos de las señoras de los barrios. Si se pasa por Maicao, no deje de probar la comida libanesa. De resto, en la Alta Guajira se come chivo y pescado en porciones generosas.

Dónde divertirse

Es interesante visitar las minas de El Cerrejón, así como visitar las innumerables y limpias playas del departamento. Las salinas de Manaure son hermosas, y la mezquita Omar Ibn Al-Jattab en Maicao, una joya de la arquitectura islámica. En Riohacha hay bares sobre la avenida del malecón, como Flamingo Beach, Nordeste o Alcatraz.

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