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Dudar antes que aseverar. Toledo.

Rodando entre dudas y aseveraciones, Catedrales e Iglesias, verdades e hipocresías. Rodando para entender cómo poder echarle cloro al coco durante un viaje de locos.

Cada pez persigue una presa distinta bajo el agua, así como cada persona persigue un objetivo diferente en este mundo. Y mientras estoy sentado en el escritorio de mi habitación en La Spezia, región de Liguria al noreste de Italia, frente a casitas antigüas, con tejas ajadas y balcones desteñidos que cuelgan en las laderas de estas pequeñas colinas; caigo en la cuenta que (como ya he dicho en la primera entrada de este blog) no resulta sencillo encontrar momentos de paz para sentarse a echarle un buen baño de cloro al coco. Esto es algo que no ocurre todo el tiempo en el afán de conocer. Pero también es importante descansar.

Yo sabía que este espacio se transformaría en una vía de escape para esas ideas inquietas y belicosas que quedan presas en el coco, sin que podamos echarle cloro rápidamente, antes de que todo allí dentro se torne insostenible. Para que sea también una compañía. Una hoja de calcar que convierta en palabras las emociones.

Dudar antes que aseverar. Esta es una de las premisas con las que pretendo rodar en esta vida. Cuestionar. ¿Cómo poder estar seguro de este mundo? Por ejemplo: ¿Cómo saber cuál es el origen de todo? ¿Cómo saber si Dios existe? Viajar por Europa tiene una fuerte carga religiosa. Sus innumerables catedrales e iglesias no pasan inadvertidas hasta ni para el más ateo del mundo. El ser humano es débil, eso sí está claro. Lo sabemos todos. Hasta aquél que pretende mostrar otra cosa a los demás. La hipocresía abunda por las calles, en las sinagogas, en las crisis, en los momentos de desesperación. Hay personas que jamás han rezado un Padre Nuestro, pero ante la desolación a la que de a ratos nos expone la vida, incluso estas personas miran hacia arriba en una clara e hipócrita señal de S.O.S, implorando ayuda a quién ignoraban por completo. Pero mirá que paciencia nos ha de tener el “Todo poderoso”!!!

Qué cansada debe estar el resto de la naturaleza de lo peor de su propio cuerpo, el ser humano. Es que la fé no tiene explicación lógica, la tienes o no la tienes. Aunque creo que se puede tener fé sin necesidad de creer en Dios. Es decir, la fé es una palabra que va mucho más allá del significado religioso que se le ha otorgado a lo largo de la historia. Uno puede tener fé, pero no fé en Dios. Existen otro tipo de fuerzas, como aquella con la que uno atrae lo que brinda. Para hablar clarito, si a mí me lo preguntás, me inclino más al ateísmo que al catolicismo. Pero no. Tampoco. Porque no puedo aseverar que no existe. Y es que para mí, en realidad, nadie debería hacerlo. Ni para un lado ni para el otro. Porque no lo saben. De lo contrario, entiendo que lo que estamos haciendo es simplificar la cuestión: “Listo, como no lo sabemos, no existe.” Aunque todo tienda a parecer que se encarrila para un determinado lugar, hay que dudar. Hay que cuestionar. Que no podamos verlo ni tocarlo, o que no le encontremos un sentido, no basta para decir que no existe. No es suficiente. Y así para mucho de lo que se afirma. No podemos pretender tener una respuesta para todo. Es notable como le cuesta tanto a las personas decir simplemente “no sé”, cuando se le pide opinión respecto a un determinado tema. O “no estoy seguro”. Y es que hay cosas que, por más avances tecnológicos que pueda “regalarnos” el futuro, siempre habrá enigmas que permanecerán fuera del alcance del entendimiento del ser humano.

La precisión al hablar resulta imprescindible. No es lo mismo decir “Dios no existe”, que decir “no sé si existe”. O bien: “No me interesa porque es algo que nunca vamos a poder saber o probar”. (Esta es mi posición al respecto).

¿Tanto nos cuesta dejar algunos temas en suspenso, sin solución? ¿Tenemos que saberlo todo? Ante una duda, una respuesta. El ser humano es así. Incluso, no podemos dejar crecer a un niño sin adoctrinarlo. ¿No podemos dejarlo pensar, razonar, dudar, cuestionar, indagar y, en definitiva, elegir, antes de encasillarlo en una vida colmada de cruces, plegarias, mentiras, siestas mentales y simplificaciones de la realidad?

¿No será que resulta peligroso dejar que elija? Nooo. Digo, SI! Tal cual, pero que fuerte. Retomando: ¿No será que se aprovechan de la debilidad del ser humano? Pensémoslo al revés. Es decir, como ocurre aún en la actualidad. Podríamos pensar que aún bautizando al niño de pequeño, éste podría crecer y tomar la decisión que prefiera de todas maneras. Sin embargo, olvidamos esa famosa debilidad del ser humano. No muchos tienen la fuerza para escapar de algo que les ha sido impuesto. Diría que muy pocos. Análogamente, pensemos en un padre que hace socio a su hijo del equipo de fútbol del cual fue hincha toda la vida. Bueno, esto es mucho menos importante. Que sea de Boca, Gremio o San Lorenzo, no es algo que vaya a cambiarle la vida a un niño. Sin embargo, en algo si se parecen. En que una vez circunscriptos a un determinado escenario, prácticamente y estadísticamente ya no hay vuelta atrás.

Algunos podrían pensar que en el “no adoctrinamiento” también existe adoctrinamiento. Por supuesto. Pero yo no estoy hablando de eso. Parece mentira, pero muchas personas en este mundo no pueden concebir que exista una tercera posición para las cosas. Es una sociedad adicta al blanco o al negro. Estoy hablando de una posición más central, que bien podríamos denominar como “dejar ser”. Conversar, mostrar nuestra opinión y la de los demás, permitir el acceso a la información, no ocultar ni juzgar ninguna de ellas. Al menos, en un tema como este, dónde nadie detenta la verdad al respecto, aunque así lo pretendan.

Aquí en Europa, las caminatas por las civilizaciones medievales, no van a permitir que olvidemos que, en nombre de Dios, los ateos eran colgados en los muros de las iglesias, delante de todo el pueblo, para que todos sean testigos de lo que les ocurriría si elegían ese camino. Como dijo un amigo poeta: “Es que Dios es muy piadoso.”

Y es que en todo Europa hay una excesiva carga religiosa. Y en Toledo esto no es diferente. Esta fortaleza está ubicada tan sólo a media hora en tren desde Madrid. Cuesta 20 euros el pasaje de ida y vuelta. Es una ciudad misteriosa, medieval como muchas de estos pueblos europeos, una ciudad anciana, de iglesias y poemas escritos en paredes y muros. La Catedral resulta directamente indescriptible. Exhuberante. Digna de admirar durante largo rato, independientemente de toda posición ideológica. Porque, ante todo, lo que hay allí dentro es arte puro. Pero también dinero y poder.

Las innumerables y descomunales puertas de acceso a la antigüa ciudad fortificada, resultan atrapantes, con casillas dónde habitaban quiénes estaban a cargo del mismo.

Los muros aún presentan las marcas de bombazos y disparos múltiples, cicatrices que dejó la guerra civil y que se pueden contemplar con el sólo deambular por sus calles.

Toledo es encantador. El Puente Alcántara atraviesa el Río Tajo, el cual detenta una belleza y un entorno confeccionados a medida del lugar.


La historia rebalsa por todos lados allí en Toledo. Es un deseo regresar para quedarme a dormir al menos una noche envuelto en su mística callejera, esa que seguramente te transporta aún más a la época en la que, todo lo que hoy se muestra como algo histórico y turístico, era realidad pura, cruel y sanguinaria. Toledo es un laberinto y hay que desandarlo.

Y allí, como en todos lados,

dudar antes que aseverar.

Cuánto poder, cuánto lujo, cuánta lujuria, cuánto engaño, cuánta mentira, cuánto oro, cuánta hipocresía, cuántos excesos, cuánta imponencia, cuánto vitró, cuánta manipulación, cuánto arte, cuánto silencio, cuánta reflexión, cuánta impotencia, cuánta decisión, cuántas palabras, cuánta paz.
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