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Diarios de Varsovia

La pintoresca ciudad obtuvo el título de la capital en 1596, cuando el rey Segismundo III la trasladó de Cracovia y guarda ese título aún hoy. Con un centro histórico de coloridas y pequeñas casas, bares, restaurantes y flores infinitas, sufrió la devastación total de la Segunda Guerra Mundial y vio todos sus edificios históricos en ruinas, incluido su Castillo, símbolo del poderío y de las dinastías polacas. Sin embargo, resurgió de las cenizas y nos invita a que aprendamos de su historia y de su cultura. Sus grandes parques logran un balance entre la ciudad capital y el verde necesario para lograr la estadía perfecta.

Ciudad Fénix

Varsovia vivió su período más oscuro durante la Segunda Guerra Mundial cuando el ejército nazi invadió la ciudad y durante lo que se conoce como ‘el asedio de Varsovia’, la capital sufrió grandes daños. Miles de personas fueron asesinadas y heridas, otras fueron enviadas a campos de trabajos forzados y muchos otros a campos de concentración. Respecto a la población judía, los nazis adoptaron la política de los guetos y aquí configuraron uno de los más grandes: el llamado gueto de Varsovia; y la posterior historia del Levantamiento del gueto de Varsovia ya es tristemente conocida. Ante la grave amenaza que sufría la ciudad y su población, surgió un movimiento rebelde que luego fue llamado como el ‘Levantamiento de Varsovia’ o Powstanie Warszawskie, con el objetivo de liberar y proteger Polonia, como respuesta al asedio que sufría. Tras 63 días de resistencia, los alemanes lograron sofocar a los insurgentes y se calcula que murieron alrededor de 250.000 civiles. También durante este período se destruyó gran parte de la ciudad; los nazis continuaban con el plan sistemático de convertir Varsovia en un lago y, para ello, demolían los edificios que habían quedado en pie, particularmente los monumentos o construcciones icónicas: saquearon y destruyeron gran parte del patrimonio cultural que condensaba siglos de historia. Bibliotecas incendiadas, museos y edificios destruidos y, entre ellos, el castillo real. Sin embargo, es de destacar el heroísmo y la resistencia, en todo momento, del pueblo polaco contra la ocupación. Hoy, monumentos erigidos en la ciudad recuerdan y homenajean su valentía.

 

 

Finalmente, en 1945 el ejército soviético liberó Polonia y con ello, los numerosos campos de concentración y de exterminio que había dejado el régimen nazi. El 1 de febrero se proclamó la República Popular de Polonia y comenzaron otras interrogantes; hasta se llegó a barajar la posibilidad de trasladar la capital del país a Łódź, donde se habían instalado las instituciones del gobierno provisional. Poco a poco, los habitantes empezaron a volver a la ciudad e intentaron restablecer su vida. Por su parte, el estado comenzó su acción a través de la flamante oficina de reconstrucción urbana. Paulatinamente, Varsovia comenzó a restaurar su espíritu y sus calles y edificios históricos fueron recobrando la vida. También nacieron nuevos edificios y, uno de ellos en particular, pronto se transformó en un símbolo: el Palacio de la Cultura y la Ciencia, un gesto diplomático de la URSS hacia Polonia.

El Zamek Królewski, o Castillo Real, se ubica en el centro histórico y se extiende en lo que fue la ruta real, por donde los carruajes tirados por elegantes caballos trasladaban a los monarcas polacos. La avenida predilecta de la corona reencarnó hoy en la ulica -calle- Krakowskie Przedmieście, que exhibe algunos edificios de gran importancia como la Universidad de Varsovia, el Palacio Presidencial y las Iglesias de Santa Ana y de la Santa Cruz. El Zamek ha servido como residencia real, centro cultural, sede del Parlamento y fue reconocido como símbolo de la nueva capital. Disfrutó de su época de resplandor durante el reinado de Estanislao, fue destruido tras las invasiones suecas y posteriormente reconstruido. Durante el nefasto período nazi, fue bombardeado y luego destruido totalmente, dejando atrás el esplendor de un tiempo pasado. Tras la liberación de Polonia, en los años ’70 comenzó su reconstrucción; siglos de historia no podían caer en el olvido. Para eso, se anunció un concurso de arquitectura para determinar y comenzar los trabajos de reconstrucción y el ganador resultó un proyecto que proponía volver a su aspecto original. Después de idas, vueltas y parates de la obra, gracias a la financiación en una buena parte y, también, del trabajo voluntario de los ciudadanos, concluyeron las tareas. En 1984, casi 15 años después de colocar la piedra fundamental de la reconstrucción, la antigua residencia de los reyes abrió sus puertas. Hoy, el palacio es un reluciente museo y, sumado a su vasta historia, se le agrega la perseverancia y el patriotismo del pueblo polaco. Es una parada obligada para toda persona que visita Varsovia. Se lograron recuperar algunas de las obras de arte originales que decoraban el establecimiento y es el hogar de dos pinturas de Rembrandt (Niña en un marco y El padre de la novia judía). Además, posee una gran colección de alfombras orientales donadas por la Fundación Teresa Sahakian, que vale la pena ver.

 

 

En la Plaza del Castillo se erige otro de los símbolos de Varsovia: La columna de Segismundo, el centinela que custodia el castillo y la ciudad. Fue erigida en 1644 por el rey Vladislao, en homenaje a su padre. Hoy, las escalinatas del pedestal sirven de bancos improvisados para los turistas que buscan descansar un rato luego de tanta caminata o, simplemente, un lugar para sentarse y ver la muchedumbre pasar por ahí.

Emulando seguir el camino real, el carruaje desemboca en el Rynek Starego Miasta; literalmente, el mercado de la ciudad vieja. Data del siglo XIII y fue el epicentro de la vida social y comercial de la ciudad. Rodeada de bajos edificios coloridos, los bares y restaurantes de sombrillas blancas inundan sus callecitas. Turistas y locales se entremezclan para degustar un típico desayuno por la mañana, un café con leche por la tarde o una cerveza a toda hora. Estos edificios con aspecto añejo en realidad tienen pocos años. Luego de la guerra y la devastación que sufrió el Rynek, se llevó a cabo un magnífico trabajo de reconstrucción que reprodujo fielmente el aspecto y la arquitectura original de los edificios que le dan vida a este rincón de la ciudad. En el medio de la plaza se posa orgullosa la Sirena de Varsovia; Pomnik Syrenki, otro antiguo símbolo que también engalana el escudo de la ciudad. Como en toda ciudad medieval, las leyendas no faltan y aquí surge la historia de la guardiana de Warszawa. Cuenta la leyenda que dos hermanas sirenas llegaron hasta el mar Báltico; una de ellas fue hasta las costas de Dinamarca y se quedó sentada en una roca en Copenhague. La otra, llegó hasta las orillas de Gdansk y nadando a través del río Vístula, llegó a un pequeño poblado. Ahí se hizo amiga de los pescadores, hasta que un mercader decidió atraparla. Luego, fue liberada por un pescador. Como muestra de gratitud, ella les prometió que siempre cuidaría a los habitantes del lugar. Y ahí está ella, la guerrera, con su cabello rizado, su espada y escudo, ahuyentando los males.

 

 

Algunos metros más adelante se sitúa la fortificación de ladrillos anaranjados que llaman la atención desde metros, la barbacana de Varsovia, construida en 1540 donde se ubicaba una de las puertas de entrada más antiguas. Cruzando la barbacana, que es el último vestigio de la antigua muralla que rodeaba la ciudad, se sitúa Nowe Miasto, o Ciudad Nueva, conformada en el siglo VIX como ciudad independiente. Cuenta con su propio y pintoresco Rynek, también repleto de bares y restaurantes, su propia iglesia; la de Santa María. También alberga el museo Maria Skłodowska-Curie, o Marie Curie, dedicado a la vida y obra de la dos veces ganadora del Premio Nobel.

 

Varsovia es la conjunción de lo histórico y lo moderno. En el paisaje urbano, las recientes edificaciones se entremezclan en un contraste con el colorido de las casitas medievales e, incluso, con los rasgos de la arquitectura soviética del Palacio de la Cultura y la Ciencia. El resurgir de esta ciudad, tal como un ave fénix, es la puesta en evidencia de la valentía y de la fuerza que tienen sus habitantes desde hace siglos. Con una atmósfera que de a ratos trae ráfagas de aires medievales, perderse entre sus callecitas puede resultar un buen plan. Tomar un café en sus coloridos bares callejeros, degustar pierogi o bigos, no puede faltar en el acercamiento cultural que se genera cuando se visitan nuevas tierras.

 

 

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