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Descubren un monumento de dios azteca en la cúspide de la Pirámide del Sol

Ciudad de Méjico, 13 de febrero.- Una escultura más grande de Huehuetéotl, dios viejo o del fuego, hallada hasta ahora en Teotihuacan, en el Estado de México, fue descubierta por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en la cúspide de la Pirámide del Sol, a 66 m de altura.

También fueron descubiertas dos estelas completas de piedra verde y el fragmento de otra, que debieron decorar hace mil 500 años el templo que coronaba esta edificación.

El INAH informó que las piezas se encontraron al interior de una fosa -de 4 metros de ancho, 17 de largo y 5 m de profundidad—, que probablemente data de finales del siglo V o inicios del VI de nuestra era.

El templo, que existió en la parte más alta de la pirámide, fue destruido por los propios teotihuacanos en ese periodo, pero algunos elementos se dejaron en el lugar, pues su interés era otro.

Este espectacular descubrimiento, aunado al hallazgo en 1906 de un brasero y varios símbolos escultóricos de la ceremonia sagrada del Fuego Nuevo sobre la plataforma adosada, podría indicar que la Pirámide del Sol fue escenario de cultos de carácter ígneo (dedicados al fuego) y de finales de ciclos calendáricos.

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El arqueólogo Alejandro Sarabia, quien junto con su colega, el doctor Saburo Sugiyama, de la Universidad Provincial de Aichi (Japón), desarrolla desde 2005 el Proyecto Pirámide del Sol, informó que las piezas se encontraron al interior de una fosa —de 4 metros de ancho, 17 de largo y 5 m de profundidad— que probablemente data de finales del siglo V o inicios del VI de nuestra era.

El templo, que existió en la parte más alta de la pirámide, fue destruido por los propios teotihuacanos en ese período, pero algunos elementos arquitectónicos —como las estelas descubiertas— se dejaron en el lugar, pues su interés era otro.

Sarabia y su equipo consideran que la fosa fue excavada en tiempos prehispánicos para recuperar la ofrenda principal de la construcción, en un acto de desacralización y repartir su contenido en otros edificios públicos de la antigua ciudad.

Al paso del tiempo, las piezas arquitectónicas que habían quedado in situ, cayeron dentro de la oquedad y ahí permanecieron durante siglos.

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