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“Deja a la luna verme, con luz tranquila y suave…” (José Rizal)

RizalNo voy a mentir: Añoro profundamente las Islas Filipinas. Supongo que quiero cubrir de tierra este año atroz que todos hemos vivido y en el que mi única alegría ha nacido del hecho de haber conocido el mundo visto desde otros ojos. Si existe una versión romántica del síndrome de Estocolmo supongo que estoy hablando de ello. Cuando hace diez meses comencé a contar los retazos de memoria que mi paso por las islas dibujaban cada día en mi cabeza hubo quien pensó que estaba contando una crónica amarilla de hechos sentimentales amplificados por mi sensación de soledad. Incluso hubo bien intencionados que me ofrecieron ayuda y consuelo. Lástima que esto último no se pueda almacenar para cuando sea necesario. Había pensado muchas veces que el mero hecho de regresar atemperaría los sentimientos y que – dando la razón a los que se preocupaban por mi- descubriría que el hormigueo que siento en las venas cuando recuerdo mi rincón en Santa Ana se iba a disolver como el azúcar en agua caliente. Pero no. Volver sólo ha servido para que me vuelva a sentir a 12.000 kilómetros de casa: de nuevo alejado de aquello que me hace sentir la paz en el alma. No son mis navidades de  polvorón y zambomba, de villancico y esperanza. Son vacíos interminables fuera de sitio y de tiempo: periodo de anestesia y abandono. No estoy deslumbrado como un adolescente en su primer amor: tampoco consiento como los matrimonios dopados de años de hacer lo mismo un día tras otro. Tan sólo siento que mi vida se había encogido tanto que cabía en cualquier sitio, como la hoja de un periódico que –arrugado-  pone en un puño miles de palabras que encierran dramas, alegrías, nacimientos y defunciones. Ya no quedaba tiesto para seguir echando raíces. Quiero perseguir el rayo de luna que confundió a Bécquer obligando a su mente a pensar que era una dama efímera y sutil o la luz de la farola que engañó a los Panchos haciéndoles creer que por su buhardilla entraban los velos difusos de la luz de Selene. La satisfacción es un estado de mente, una actitud. Cuando sueño veo aunque mis ojos estén cerrados: la necesidad tampoco precisa de realidades. Mientras siento que quiero ir es porque puedo ir y por lo tanto debo hacerlo.

El título de este opúsculo es un verso de José Rizal, héroe de Filipinas y de España, que fueron sus amores y que en diciembre de 1996 fue fusilado por España en tierra filipina. El propio Miguel de Unamuno – cuyos amores fueron España y su Basconia- ensayó sobre la poesía y el mensaje que dejó Rizal, una auténtica policromía de sentimientos que Unamuno comparó con los de Sabino Arana: una profunda religiosidad, un amor profundo a su patria y una profunda necesidad de demostrar que los hombres siempre son iguales.

Dice Unamuno a cuenta de Arana y Rizal:

En esta poesía mecí yo los ensueños de mi adolescencia, y en ella los meció aquel hombre singular, todo poeta, que se llamó Sabino Arana, y para el cual no ha llegado aún la hora del completo reconocimiento. En Madrid, ese hórrido Madrid, en cuyas clases voceras se cifra y compendia toda la incomprensión española, se le tomó a broma ó á rabia, se le desdeñó sin conocerle ó se le insultó. Ninguno de los desdichados folicularios que sobre él escribieron algo conocía su obra, y menos su espíritu.

Y saco á colación á Sabino Arana, alma ardiente y poética y soñadora, porque tiene un íntimo parentesco con Rizal, y como Rizal murió incomprendido por los suyos y por los otros. Y como Rizal filibustero, filibustero ó algo parecido fue llamado Arana.

Parecíanse hasta en detalles que se muestran nimios y que son, sin embargo, altamente significativos. Si no temiera alargar demasiado este ensayo, diría lo que creo significa el que Arana emprendiese la reforma de la ortografía eusquérica ó del vascuence y Rizal la del tagalo.

Y este indio fue educado por España y España le hizo español.

No vieron los ojos de Rizal el final de Imperio que ya se desmoronaba y quería en su Nueva España enjugar las lágrimas del hambre y la miseria con las que la madre patria se desayunaba cada día. Cometió Rizal el error de querer hacer aquella España más grande, con una provincia en el oriente que mantuviera el sol encendido no ya de norte a sur sino de este a oeste. Demasiado para las mentes aldeanas del continente y de la colonia. Unos lo llamaron independentista y los otros no entendieron el mensaje en la idea de José Rizal, aquel que decía:

Fusilamiento_de_rizalMi patria idolatrada, dolor de mis dolores,

querida Filipinas, oye el postrer adiós.

Ahí, te dejo todo: mis padres, mis amores.

Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores;

donde la fe no mata, donde el que reina es Dios.

Fue Rizal condenado al fusilamiento, de espaldas y con los ojos tapados como se fusila a los traidores, pero tuvo el valor del héroe cuando en el momento de oir la voz la voz de fuego darse la vuelta y recibir las balas de frente. “¡Yo no he sido traidor á mi patria ni á la nación española!”

El 31 de diciembre a las 7 de la mañana se cumple el 116 aniversario de quien para la Iglesia Filipina Independiente es San José Rizal.

A pocas horas de su muerte escribió, en pesado verso alejandrino, lo que supone la despedida del Dr. Rizal, que era médico oftalmólogo además de licenciado en Filosofía y Letras, un poema sin título y que sacó de su prisión a escondidas. Es conocido como ”Mi último adiós” y creo que resume muy bien, magníficamente bien, lo que se puede sentir por aquello y aquellos que amas y al final te cuestan la vida.

Adiós, Patria adorada, región del sol querida,

perla del Mar de Oriente, nuestro perdido edén,

a darte voy, alegre, la triste, mustia vida;

y fuera más brillante, más fresca, más florida,

también por ti la diera, la diera por tu bien.

En campos de batalla, luchando con delirio,

otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar.

El sitio nada importa: ciprés, laurel o lirio,

cadalso o campo abierto, combate o cruel martirio.

La mismo es si lo piden la Patria y el hogar.

Yo muero, cuando veo que el cielo se colora

y al fin anuncia el día, tras lóbrego capuz;

si grana necesitas, para teñir tu aurora,

¡vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,

y dórela un reflejo de su naciente luz!

Mis sueños, cuando apenas muchacho adolescente,

mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,

fueron el verte un día, joya del Mar de Oriente,

secos los negros ojos, alta la tersa frente,

sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.

Ensueño de mi vida, mi ardiente vivo anhelo.

¡Salud! te grita el alma que pronto va a partir;

¡salud! ¡Ah, que es hermoso caer por darte vuelo,

morir por darte vida, morir bajo tu cielo,

y en tu encantada tierra la eternidad dormir!

Si sobre mi sepulcro vieres brotar, un día,

entre la espesa yerba, sencilla humilde flor,

acércala a tus labios y besa el alma mía,

y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fría,

de tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.

Deja a la luna verme, con luz tranquila y suave;

deja que el alba envíe su resplandor fugaz;

deja gemir al viento, con su murmullo grave;

y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,

deja que el ave entone su cántico de paz.

Deja que el sol, ardiendo, las lluvias evapore

y al cielo tornen puras, con mi clamor en pos;

deja que un ser amigo mi fin temprano llore;

y en las serenas tardes, cuando por mí alguien ore,

ora también, oh patria, por mi descanso a Dios.

Ora por todos cuantos murieron sin ventura;

por cuantos padecieron tormentos sin igual;

por nuestras pobres madres, que gimen su amargura;

por huérfanos y viudas, por presos en tortura,

y ora por ti, que veas tu redención final.

Y cuando, en noche oscura, se envuelva el cementerio,

Y solos sólo muertos queden velando allí,

no turbes su reposo, no turbes el misterio:

tal vez acordes oigas de cítara o salterio;

soy yo, querida Patria, yo que te canto a ti.

Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,

no tenga cruz ni piedra que marquen su lugar,

deja que la are el hombre, la esparza con la azada,

y mis cenizas, antes que vuelvan a la nada,

en polvo de tu alfombra que vayan a formar.

Entonces nada importa me pongas en olvido;

tu atmósfera, tu espacio, tus valles cruzaré;

vibrante y limpia nota seré para tu oído:

aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,

constante repitiendo la esencia de mi fe.

Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores,

querida Filipinas, oye el postrer adiós.

Ahí, te dejo todo: mis padres, mis amores.

Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores;

donde la fe no mata, donde el que reina es Dios.

Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,

amigos de la infancia, en el perdido hogar;

dad gracias, que descanso del fatigoso día;

adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría;

adiós, queridos seres. Morir es descansar.

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