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De vainilla y chocolate

Algunas veces por más que las llamamos las musas no vienen a visitarnos. El presente se nos ofrece tan enrevesado y complejo que es como si tuviéramos que volver a aprender a decir. De una u otra manera, a veces requerimos tener cerca algo que nos dé que pensar. No suele faltar pero, en ocasiones, tiene tal alcance, tal envergadura, tal consistencia, que prácticamente nos abruma y nos paraliza, dejándonos donde estamos. Necesitamos algo que nos dé que pensar de otro modo. Y mejor.
Pero eso salí rumbo a Acapulco en busca de inspiración. En busca de ese tema, de esa anécdota de diferente corte y calado que se me subiera a la cabeza como un intruso, que entrara a habitar en el corazón igual que un polizón a bordo sin necesidad de que sea aún una verdad o una falsedad. Sin embargo, esas palabras a mano, como mano amiga, ofrecen tanto refugio como consuelo, pero también incitan, arrebatan y su alivio, el que nos incentivan a hacer y a pensar, no siempre están próximas. Por eso tomé distancia, abordé un avión y me lancé a buscarlas.
Al aterrizar en el puerto el calor pegajoso contrastó con los cuatro grados de temperatura ambiente de aquella mañana en la Ciudad de México. Aún no empieza la temporada de vacaciones por lo que el aeropuerto no está tan lleno de turistas.
Me formo en la cola para solicitar un taxi que me lleve a mi destino, cerca de la playa, con vista a la Bahía de Santa Lucía, y brisa que traerá inspiración. La empleada del mostrador pregunta si me importaría compartir el taxi con la familia que estaba delante de mi, de otra forma tendría que esperar veinte minutos. En compensación el cobro de la tarifa tendría un descuento del cincuenta por ciento. Analicé al grupo familiar, me pareció simpático. Un padre regordete con guayabera impecable sostenía de la mano a un pequeñín de cabello rubio y ensortijado que sonreía amablemente, tendrá unos cinco años, la madre sostenía en los brazos a una chiquita con cachetes inflados y el pelo sostenido por moños tan bonitos. La nena tendría tres años máximo. Acepté la propuesta de la empleada y pagué feliz la tarifa descontada.
El chofer de la minivan se hizo cargo de mi maleta. El padre de familia cargo dos maletas y la madre desapareció por unos segundos. El conductor me ofreció el asiento de adelante que acepté para dar privacidad a mis compañeros de travesía. En quince minutos máximo estaré junto a la alberca, pensé acariciando mi lap top, imaginando las historias que saldrían de la mente al teclado.
La madre regresó con los niños que sostenían un helado cada uno. El chofer perdió la sonrisa. El niño tenía bigotes de chocolate, la pequeña de vainilla. Ambos sonreían, pero al subir a la van el chico tropezó y tiró el helado en el asiento. El cono se incrustó en la guayabera de lino del padre y se escurrió por el suelo del vehículo. El chofer sacó el trapo y de forma estoíca cruzó la barrera de gritos de papá y de aullidos de la madre que se justificaba por la compra de golosinas. Los llantos del infante cesaron, porque el encantito le arrebató a la hermana su helado. Un aullido nuevo. Me pongo nerviosa. El calor aumenta.
El chofer termina de limpiar el desastre, se planta frente al volante, enciende el aire acondicionado a máxima velocidad y arranca el auto en forma brusca. La nena llora con lágrimas del tamaño de sus cachetes y exige que le regresen su helado.
A ver mi vida, dale a tu hermanita su heladito, por favor, mi cielín. El pequeño monstruo enseña sus dientes afilados y para demostrar su nivel de obediencia muerde el cono con fuerza. No, no, papacito, ese helado es de tu hermana, dáselo. El chico le muestra a su madre la lengua llena de líquido color vainilla. Corazoncín, eso no está bien. Mira, vamos a hablar, reflexiona, ese es el helado de tu hermana. La niña se desgañita furiosa mientras la madre negocia con el mocoso. El padre mira el paisaje por la ventana. Yo por más que quiero no puedo contemplar la Bahía de Puerto Marques, ni los veleros, ni las figuras que hacen las nubes que se aborregan en el cielo.
Tengo hambre, declara el escuincle y mete hasta la nariz en el cono que ya tiene hilos de crema escurriendo por doquier, especialmente por las manos del pequeño diablo quien al no tener servilleta, se limpia en el respaldo. Agradezco que el pobre chofer no vea lo que esta sucediendo con su asiento posterior. El padre duerme con la boca abierta ajeno a la batalla que se libra a su lado. La madre va despeinada. En la camiseta de algodón blanco ya quedaron las manchas de chocolate y de vainilla.
Dale el helado a tu hermana, mamá ya elevó el tono de voz. Ahora es mío, mira. Ya la lengua recorre la superficie cremosa que todavía queda en el cono. Dáselo o no te vuelvo a comprar helados, amenaza. Yo quiero éste. Regrėsalo y te compro otro al llegar al hotel, la mujer dulcifica la voz. No, contesta el cabeza de mula. Los gritos de la niña la tienen con la cara morada por el esfuerzo. Me duele la cabeza.
Hijito, dice el padre con voz amodorrada, dale a tu hermanita el helado. Yo te prometo…
No, tú prometes, nunca cumples, mamá dice que eres un nazi, un esclavo de tu jefe, eso dice, siempre estas dormido. Nunca me llevas por helado….
Los reclamos del niño siguieron, los llantos de la pequeña aumentaron de volumen, la madre no convenció al chico.
Bajé del taxi con dolor de cabeza, el cincuenta por ciento de descuento ya no me pareció tan maravilloso, ni la compañía tan simpática, ni el clima tan delicioso. Lo bueno es que la idea de texto, en algún momento del trayecto, se subió como polizón a la mente. En instantes estaría frente a la alberca disfrutando de la Bahía de Santa Lucía.

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