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COMPOSICIÓN DE UNA PISADA (XVIII): EN BUSCA DEL FINAL DEL MUNDO

La viajera que aún tiene prácticamente todo el día por delante y le apetece un cambio de aires, se va hasta Cais do Sodré, pero esta vez para tomar el tren que le llevará a explorar parte de la histórica región de la Estremadura, primera en ser tomada por los cristianos durante la Reconquista y que se presenta como una tierra de gran valor agrícola (viñedos, olivares campos de trigo, maíz y arroz y alcornocales) y ganadero (donde se crían caballos y toros usados en las corridas), pero que siempre fue muy afamada por los aires de su litoral, escogido desde finales del XIX como lugar de segunda residencia de la realeza, moda que también seguirían otros aristócratas, especialmente en la llamada Costa de Estoril por la que hoy tengo la intención de pasear y por qué no, tal vez, bañarme en sus aguas, por lo que hoy cargo con el kit de playa.

Me bajo en Cascais, el que fuera un pueblo de pescadores, hoy convertido en un lugar turístico repleto de restaurantes, tiendas y abarrotada playa. Si uno no se entretiene mucho en esos quehaceres, se le presentan dos opciones, retroceder caminando hasta llegar a su vecina Estoril donde, tras visitar el pueblo, puede subirse de nuevo al tren hacia Lisboa, o echarse andar en la otra dirección en busca del fin del mundo en Cabo de Roca. La viajera que mira el mapa y lo ve todo abarcable, escoge la segunda opción.

Caminando, caminando se llega hasta la Boca del Infierno, zona de acantilados, donde el mar y los vientos golpean tan fuerte que han erosionado las rocas generando mil cavidades y recovecos entre ellas a través de los cuales suele salir un gran estruendo y donde algunos atrevidos posan sus toallas sobre las rocas para tomar el sol y otros se afanan en pescar. Pero la viajera prefiere seguir caminando hasta el siguiente punto, la playa de Guincho, situada ya en el Parque Natural de Sintra, por lo que es un lugar protegido por las leyes y por la propia naturaleza que aquí se muestra muy salvaje, por las imparables dunas y los fuertes vientos, de ahí que sea una playa ideal solo para aficionados a deportes acuáticos. Aquí se adentra la viajera que en cuanto puede descalzarse, lo hace, para darle un descanso a las flores de sus sandalias y un saludable masaje de arena a sus cansados pies. Y aquí decide plantar su toalla para tumbarse al sol, mientras pica algo, observando a lo lejos el lugar al que ansía llegar. Lo bueno se hace esperar.

Tras un breve chapuzón en las gélidas aguas del Atlántico, la viajera de nuevo se echa andar hasta alcanzar el que en su día fuera el fin del mundo, Cabo de Roca y en el que hoy una placa nos recuerda tan solo que estamos en el punto más occidental del continente europeo, restando méritos y romanticismo a la hazaña de la viajera de llegar andando hasta donde el mundo se acaba. Un lugar, no obstante de hermosas vistas puestas a buen recaudo del cercano ojo del faro que ahí lleva levantado, con numerosas modificaciones, desde el 1772. guiando a los numerosos barcos que habrán navegado hacia o de regreso a América por estas aguas.

La viajera ha caminado unos quince kilómetros y en este instante se encuentra en un lugar tan solitario que se cansa solo de pensar que le quedan los mismos de vuelta hasta Cascais, más otros tres si lo que quiere es visitar Estoril. El fin del mundo va a dar fin de la viajera, pero aún así habrá merecido la pena.

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