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COMPOSICIÓN DE UNA PISADA (XVII): EL PODER DE LA DIPLOMACIA

El que está siendo el hogar en Lisboa para la viajera está al final de la Avenida de la Libertad, calle que en estos días ha transitado a pie y en transporte público tantas veces en dirección a la Baixa que esta mañana se le antoja rematarla en dirección contraria, con la idea de visitar el parque Eduardo VII, cuyo nombre la viajera atribuía a algún monarca portugués, pero que se sorprende de descubrir que en realidad se trata de Eduardo VII  de Inglaterra. El parque existía ya desde principios del siglo XIX como una prolongación de la Avenida de la Libertad y con la que compartía nombre, pero éste fue cambiado en 1903 estando el monarca inglés de visita en Lisboa y como gesto de Don Carlos I de Portugal de estrechar las buenas relaciones anglo-portuguesas que históricamente habían sido siempre buenas.

Los lisboetas de principios del XX, ajenos o no al cambio de nombre, no cesarían de disfrutar del parque, pero muy probablemente los grandes efectos que la jugada diplomática pretendiera distarían mucho de ser todo lo exitosos que Don Carlos deseara. Sin embargo, ahí quedaría inmortalizada la buena sintonía entre los dos países a través de un nombre que se ha mantenido en el tiempo y hasta de una estatua levantada en su honor dentro del parque, decoraciones que no variarían el ocio de los lisboetas pero que querían ser el símbolo del fin a unas insólitas tensiones entre los dos países por causa del ultimátum que en 1890 dieran los ingleses a los portugueses con relación al llamado conflicto del mapa rosado en el que Portugal, una vez perdidas el grueso de sus colonias americanas, se aferraba a las que le quedaban en África, tal y como hacían el resto de las naciones colonialistas, aspirando los lusos a unir de este a oeste sus posesiones entre Mozambique y Angola, mientras los ingleses pretendían lo mismo con las suyas, pero de norte a sur y atravesando regiones que Portugal reclamaba para sí.

Hoy en día podemos seguir paseando por un parque que ha ido cambiando su fisonomía a lo largo de los años (con esculturas, lagos, parques infantiles, un pabellón deportivo, el monumento al 25 de abril, el jardín de Amalia Rodrigue, etc), pero que sigue girando en torno a tres invernaderos, las llamadas estufa fría, estufa quente y estufa doce, dedicados a plantas tropicales y subtropicales y que cuando lo hacemos ni nos acordamos de la cola que trajeron las tensiones con los ingleses que alteraron la realidad política interna en las décadas venideras hasta el punto de hacer tambalear la propia monarquía a la que se veía demasiado débil ante las presiones inglesas, haciendo que crecieran los movimientos republicanos que acabarían por tomar el poder en 1910, dos años después de ser asesinado el propio Don Carlos en pleno Terreiro do Paço a manos de miembros del Partido Republicano.

No puede decirse que él no intentara, con la propaganda de ocio de la época, ganarse el favor popular, pero de eso ya quién se acuerda….

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