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COMPOSICIÓN DE UNA PISADA (XVI): UN ARMENIO EN LA CIUDAD

Caminar bajo el sol radiante lisboeta requiere de vez en cuando buscar una buena sombra. La viajera opta por cobijarse en la que da el museo de la Fundación Calouste Gulbelkian, una institución abierta en 1969 para dar cobijo a las más de seis mil piezas de arte de toda época y lugar (antigüedad egipcia y grecorromana, porcelanas chinas, grabados japoneses, tapices persas, arte europeo de los siglos XV al XX, cerámicas, muebles, joyas, etc…), atesoradas por un magnate del petróleo. Un lugar que resulta un tanto exótico, pero que, indagando un poco se acaba por comprender el porqué en la capital lusa de una colección tan ecléctica reunida por un hombre de profundas raíces armenias que nació cuando su maltrecho país se diluía bajo la tutela del endeble Imperio otomano. Y es que Calouste Sarkis Gulbelkian (1869-1955) siempre mostró un gran interés por el arte y, tras haberse enriquecido, más que por el negocio del petróleo, por haber sabido tejer en torno a ese filón una extensa red de relaciones económicas entre empresas y diplomacias de países a caballo entre el oriente y el occidente, y tras haber viajado mucho por esa razón, había logrado llenar un palacio entero de París con obras de arte a las que necesitaba dar un futuro más allá de su muerte.

Su primera opción, dado que se había nacionalizado británico desde el año 1902, fue trasladar todas sus obras a Londres, pero en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, su propio país de acogida le declaró enemigo técnico y, aunque tal etiqueta le fuera retirada poco después, el propio Calouste jamás pudo perdonar tal ultraje y decidió en 1942 refugiarse en un país que fuera neutral y, entre Suiza y Portugal, optó por el segundo porque, además, contaba con una ubicación estratégica que facilitaría una escapada a América, si llegaba el caso.

Así pues, Calouste vivió en Lisboa en el Hotel Aviz y, lo que parecía ser una salida temporal, acabó por ser el lugar donde se quedaría hasta que le llegara la muerte en 1955. Una manera hermosa de explicar este largo noviazgo luso-armenio sería que el hombre se sentiría muy bien atendido por la siempre acogedora Lisboa, pero la manera práctica de expresarlo radica más en el hecho de que Calouste llegara a acuerdos con Portugal según los cuales su obra íntegra se quedaría aquí, a cambio de generosas exenciones fiscales.

En cualquier caso, cuando uno visita de primera mano la colección que llegó a atesorar, solo puede pensar que quien está detrás, además de dinero y poder, tiene una gran sensibilidad. De hecho, el paraje que ocupa el edificio en el parque de Santa Gertrudis y la construcción en si misma de tranquilas lineas horizontales, son lugares levantados con la intención de transmitir ese espíritu delicado de Gulbekian y, realmente, cuando la viajera se encuentra allí solo puede pensar que no podría haber escogido mejor sombra que la de ese museo en el que mientras uno disfruta, por ejemplo, de las delicadas piezas modernistas de René Lalique, lo hace sin perder de vista la naturaleza que circunda todo el conjunto. Una buena sombra de acogida para el cuerpo y el alma, sin ninguna duda.

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