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Colinas heladas

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Hoy no he ido al gimnasio. Me he tomado la libertad de prescindir del ejercicio por un día, cuando me he dado cuenta de que si bajaba lo haría por obligación. Hacer cosas a la fuerza puede ser inevitable en el trabajo, lamentablemente, pero no en los demás ámbitos de tu vida. Levantarse a las tres de la mañana para cuidar a tu bebé que llora no es una obligación; es amor. Me he dado cuenta de todo esto demasiado tarde para mis hijitos, pero a tiempo para gestionar satisfactoriamente el resto de mi vida. He sido capaz de poner mi atención en mi cuerpo, que es tan mío como mi mente, y he dicho no a la disciplina. Un buen amigo me ha enseñado a estar atento a las conductas automáticas y a evitarlas. Gracias, Luis.

Para celebrarlo he bajado al bar (por llamar de alguna forma a este modelo de hotel posmoderno que oscila entre el sírvase usted mismo y el recepcionista/camarero), y me he pedido una cerveza. La verdad, la bebida ha sido bastante más alegre que la cena: courgettes farcies aux légumes, pois chiche au coulis de poivron, y conchiglie aux poivrons rouges et jaune sauce au fromage. Caramba. Se tarda más en leerlo que en comerlo. Aún se tarda más en comentar el contenido de los dos recipientes de plástico que contienen este menú propio de una estación espacial llena de franceses.

Antes de la maravillosa cena, y la siguiente lección de batería desde cero, me he dado un baño. Soy consciente de que no es nada ecológico llenar la tina de agua caliente, pero por favor: con lo que llueve aquí no les va a pasar nada porque un españolito de secano se remoje un rato en las aguas tratadas del Sena. Dense una vuelta por la ribera del río y entenderán esa figura tan literaria que es el suicidio en París. El pérfido y atormentado comisario Javert acompaña en la ficción a las miles de personas reales que han querido quitarse la vida en un marco incomparable. Con todo éxito. Para un madrileño, el Sena es el Mar Rojo, que engulliría con su caudal a toda la población de mi ciudad sin inmutarse. Tal es su fuerza y su profundidad. Así que he tomado prestados un par de metros cúbicos de ese agua novelesca, la he calentado (supongo que con la electricidad nuclear que caracteriza a Francia) y la he devuelto al sistema de reciclado del que a buen seguro alardea París. Con ella se han ido mis toxinas (desolé, la Seine), pero se ha quedado mi dolor de espalda. Un asunto a investigar.

En la bañera he comenzado a leer Colinas que arden, lagos de fuego, de Javier Reverte. Creo recordar que no he leído un libro de viajes desde El Quijote y la verdad es que me apetecía. Un libro que describe un viaje por el Africa Oriental realizado a la nueva usanza: de la manera más salvaje posible (caminatas por parques nacionales, recorridos por aldeas miserables, pernoctas al aire libre rodeados de fieras) siendo lo más civilizado posible (todoterrenos que consumen 50 litros a los 100 km, porteadores, agencias de viajes especializadas en aventuras…) Da lo mismo. Le reconozco al autor más valor que al Guerra (yo nunca sería capaz de adentrarme así en ese continente; me he hecho un señorito) y además parece estar bien escrito.

El caso es que me doy cuenta de que en el fondo, mi blog es un libro de viajes: hay fauna (roedores), hay desiertos (los pasillos de mi empresa) hay etnografía (parisinos), lugares hostiles (los túneles del metro) y experiencias chocantes (la visita al griego atérmico). Y lo que vendrá. Mientras intento concentrarme en el libro y en que la espuma de la bañera no lo devore, soy consciente de que yo también he emprendido un viaje, un recorrido a las tierras extrañas de mi alma, insuficientemente exploradas. En Francia no hay volcanes sino colinas heladas, pero yo siento la lava dentro de mí. No hay atardeceres cobrizos ni montañas azuladas pero yo los estoy pintando en mi interior. Si viajar transforma al viajero, y este al volver ya no es el mismo que se fue, yo debo dar gracias a quienes me han enviado aquí. Me estoy acercando a esa fase del viaje en la que voy a descubrir, cuando no haya marcha atrás, cuando ya no quiera regresar de esta jungla fea y espesa, para qué he venido aquí. Pero eso, otro día.

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