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Budapest.

Me gusta Suecia. Mucho. Erizos, nieve, lagos, sidra de fresa, kanenbullen y un idioma con la entonación de una montaña rusa. Me gusta ser Erasmus, la posibilidad de viajar, conocer gente del todo el mundo, salir de mi lugar de siempre.

Los erizos son adorables y los mejores actores en el Hobbit.

Pero la ciudad donde vivo es pequeña y aburrida y la mayoría de los erasmus son idiotas. Si a eso lo sumamos el precio del billete para vuelta a casa nos encontramos pasando la navidad con diez desconocidos  y un par de amigos en Budapest. Y al parecer en un estado de enamoramiento que ni la misma Venus desnuda y Aquiles juntos podrían proporcionarme.

Como la mayoría de las personas con ego inflamado e inseguro me siento a mi misma como una contradicción con patas que salta por las esquinas y encontré mi igual en las calles de esta ciudad. Perderme sola en lugares desconocidos, sin rumbo fijo, con los edificios enteros para mi, sin nadie que me diga que no, que la parte importante es  a la derecha. Reunirme a tiempo para cenas y salidas y dar la bienvenida al día en un bar lleno de conejos escalando la pared.

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¡Conejos!

Las vistas desde el bastión de los pescadores, con el Danubio y el parlamento iluminado al fondo. Todo esto acompañado del violín de un músico callejero y un vaso de vino caliente que te invitan a sentarte y disfrutar del espectáculo. Un ambiente melancólico y romántico lleno de topicazos hasta decir basta  pero no menos emocionante por ello.  Edificios majestuosos y  turísticos, balnearios, cafés y música de Franz Liszt de fondo. Esto es Budapest.

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El parlamento.

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Hotel Guellert. Aqui estuve la mañana de navidad. *Risa malvada.

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Puente de las cadenas.

Edificios ennegrecidos, destrozos que ejércitos dejaron tras de sí, mercados lleno de voces y leche que sabe a leche, calles tatuadas de pintura, tranvías amarillos (el último tranvía, que queda todavía… ♫). Un ambiente distinto que te habla a gritos de toda la historia que ha sufrido, desde la emperatriz Sissi hasta el comunismo. Esto también es Budapest.

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Y como cualquier ciudad también tiene personas que te atienden con prisa y malas palabras, gente que te ayuda con el mapa empapado de lluvia, gente que sale de fiesta y centros comerciales que por alguna razón mis compañeros de viaje insistían en visitar (comprobado, H&M no vende artículos de magia a lo Harry Potter en Hungría).

Lo mejor de estas facetas es que exceptuando ciertos monumentos más mimados como la plaza de los héroes podemos encontrarlas en el mismo sitio. El traje oscuro y pordiosero lo visten las mismas construcciones que lucen bellas estatuas, espirales y porte elegante.

Si Budapest fuera mujer sería una femme fatale, vestida de seda y enjoyada que tira sus pieles y tacones para bailar descalza. Pero al día siguiente, con el pelo despeinado, la resaca y habiendo desayunado más de un orgasmo.

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Palacio de Buda.

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