You are here: Home > Viajando > Bhaktapur, la ciudad de los devotos.

Bhaktapur, la ciudad de los devotos.

El coche traqueteaba levantando aún más polvareda de la que ya gozaban los arenosos caminos que llevaban a Bhaktapur. El sol se proyectaba tras los ventanales del automóvil con una potencia que generaba un pegajoso sudor, y con cierta regularidad el coche pasaba por encima de las piedras que salteaban el camino, haciéndolo botar, reventándome la cabeza contra el cristal y cortando así las breves cabezadas que podía dar durante el viaje.

El trayecto duró una hora aproximadamente, y el sol daba señales de que pronto comenzaría a bajar hasta ponerse en el horizonte. El conductor nos llevó hasta uno de los accesos a la antigua ciudad, otro de esos invadido por casetas y hombres dispuestos a sacarte hasta el último céntimo para que pagues por entrar. Nuestra táctica habitual era esquivarlos y tratar de acceder miserablemente por algún lugar aledaño, pero dada la situación y el control que tenían sobre los accesos a la ciudad poco se podía hacer para evadir los pagos.

Así, nos bajamos del coche en dirección a una de las calles, cuando un guardia de las casetas nos interceptó para acercarnos a la taquilla y que pagáramos la entrada (siempre hay que intentar pasar como si nada, por si acaso). Así, cascamos lo equivalente a diez eurazos cada uno y recibimos un ticket y un mapa por cabeza. Durante toda ésta operación, un hombre de mediana edad nos insistía en hacernos de guía, ya que “sin él nos perderíamos” y que “él sabía muchos sitios desconocidos de la ciudad”. Primero nos lo decía a través de las ventanillas del coche desde el momento en que aparcamos y salíamos de él, luego de forma persecutoria una vez bajamos.

Deshacernos de éste señor nos costó Dios y ayuda, primero a base de palabras suaves, luego continuando con contundentes “WE DON’T PAY” y gestos iracundos. Con ésto ya el hombre perdió su empuje y más tarde la ignorancia más absoluta por su persona hizo el resto. Menos mal que decidió marcharse porque el siguiente paso conllevaba acabar con su vida y arrojar su cadáver a una zanja.

A través de los mapas que nos habían dado en la entrada nos deslizamos sin problemas por las estrechas calles del antiguo reino newar, el mejor conservado de todo el país. Su interés estriba en ésto mismo, ya que Bhaktapur es una “ciudad museo” a la que se paga por acceder (sólo los extranjeros), pero en la que la gente vive con normalidad. Muchos de los lugareños mediante un estilo de vida muy similar al de hace doscientos o trescientos años. Quizá por ello gran cantidad de locales muestran muecas de desagrado cuando les sorprenden siendo fotografiados sin consentimiento. Aunque la  forma de vida de esta gente es sin duda fascinante, un comportamiento así por parte de los viajeros no deja de ser desagradable. Es como si uno en su vida normal, yendo a trabajar, fuera tratado como un mono de feria y observado y fotografiado en todo momento. El hastío de esta gente es comprensible.

Detalle de una stupa.

Detalle de una stupa.

Atravesamos las calles hacia la plaza Durbar de Bhaktapur, mientras que por el camino una preciosa mujer que caminaba pocos metros por delante se íba girando, mientras nos echaba miradas acompañadas de sonrisas. Nosotros avanzábamos como bobos analizando la jugada, y yo sin duda habría mandado a por uvas a la plaza Durbar y me habría ído detrás de la mujer cuando acabamos tomando caminos opuestos. Este país no sólo no era lo que pensábamos (lleno de viejas desdentadas), sino lo opuesto. El exotismo y la belleza de sus mujeres tira para atrás.

La plaza Durbar de Bhaktapur es sin duda la más grande e impresionante de las tres principales ciudades del valle. Está plagada de stupas y templetes, y sus recintos son amplios y extensos. Los cuatro nos fuimos dispersando ante éste panorama, cada uno a explorar sus zonas, y nos íbamos encontrando unos con otros de vez en cuando.

Entramos en uno de los templos accesibles y nos escurrimos por sus pasillos y escaleras hasta dar con un amplio patio trasero que daba acceso a un gran foso. Aquí llegó un momento friki donde todos coincidimos en que el foso parecía la entrada secreta a alguna cámara oculta, tipo Indiana Jones o Nathan Drake, ya que dispersados por fuera del mismo había algunos extraños adornos de serpiente (que para nosotros eran palancas) y plataformas que sobresalían (que claramente asociamos a esos escalones que al pisar activan algún mecanismo). Con la tontería nos tiramos un buen rato haciendo el memo, y fruto de ello aquí véis una foto del gran Pablo actuando en conjunto con Vitin para desbloquear alguna zona oculta.

Niña nepalí posando sin pudor alguno.

A la salida decidimos trazar una pequeña ruta que saliera de la plaza Durbar y recorriera las partes de la ciudad que eran más del Nepal verdadero (porque aunque la plaza sea muy tradicional está regada de turistas y vendedores de cacharros). Así pues, salimos de la plaza por unas callejuelas y tardamos poco en acceder a las calles donde los lugareños hacían sus tareas, tales como sembrar, lavar, recoger alimentos o confeccionar ropa. A nuestro paso algunos nos miraban con curiosidad y otros pasaban de largo. Hicimos alguna foto, siempre preguntando primero y siempre con amabilidad, que es lo mínimo que merecen por aguantarnos.

En una ocasión me introduje en una pequeña stupa situada en una zona elevada donde una hermosa chica lavaba la ropa en el patio trasero. La imagen era una maravilla. El sol se teñía del naranja del ocaso, y, a la vez que la luz se reflejaba en el agua del cubo, dibujaba la silueta de la mujer en el verde paisaje. Ella era morena y preciosa, vestida de verde turquesa. Yo, en un sucio y extraño nepalí, la salude, le dí las buenas tardes y pregunté su nombre. No recuerdo cual era, pero sí recuerdo su sonrisa al hacerlo. Salí del templete despidiéndome y mirando para atrás.

Seguimos recorriendo calles y saludábamos a los paisanos que nos miraban con más curiosidad, y algunos se reían o trataban de charlar. A los más peques les preguntaba su nombre para ir mejorando lo poco que sabía, unos se acercaban envalentonados a hablar y otros se ocultaban sin saber si debían tener miedo. La verdad es que es una experiencia sin igual.

A todo esto decir que por estas calles apenas vimos algún turista, pero claro, a la mayoría lo que les interesa es hacerse la típica foto con el templo más alto y chachi y fardar delante de toda la familia, y esos están en la zona de Durbar.

En otra de nuestras exploraciones de la zona encontramos unos pequeños edificios destartalados, y me hizo ilusión algo tan tonto como ver un dibujo en la pared de unos hombres haciendo Karate, con el rótulo encima de “Gym – Karate Shito-ryu”. También encontramos a un inquietante hombre que daba alaridos y del que Vitin sugirió permanecer a distancia prudencial.

El sol se ponía y la temperatura estaba bajando rápido, así que continuamos la ruta hasta volver casi al punto inicial, y entramos en un restaurante bastante chulo que era como una cabaña malaya de dos pisos. Subimos al segundo y pedimos de todo. Rollos de primavera estilo nepalí, fideos chow mein, momos de verdura y de carne, arroz, etc. Estábamos hambrientos a más no poder. Los platos caían a medida que íban llegando, y cuando saciamos nuestro apetito nos echamos un cigarro mientras charlamos para cerrar la sobremesa.

Más tarde, pagamos con tranquilidad y desandamos el camino hacia el coche sin prisa. El conductor nos esperaba, así que entramos y comenzamos la vuelta hacia Kathmandú. La luz ya se había reducido a la mitad, y para cuando llegamos no quedaba ni rastro. El tipo nos dejó en la misma puerta del hostal, y entramos. Lo que nos esperaba tras entrar por esa puerta y hasta el final del día fueron ira y problemas.

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

Leave a Reply