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Belgrado, fin de trayecto

tranviaEMTpEn el verano del 87, durante un viaje a través de Yugoslavia, entramos en Belgrado por una carretera que atravesaba un polígono industrial, en la periferia de la gran ciudad. Una red de viejas vías ferroviarias llevaban las mercancías hasta los almacenes, componiendo un paisaje descuidado de edificios ruinosos y depósitos oxidados.

Nuestros ojos, a esas alturas del viaje, estaban ya habituados a los textos escritos en lengua eslava. Los letreros y señales, escritos en grafía latina o en caracteres cirílicos, formaban ya parte de la escena. Pero, al cruzar el polígono industrial, nuestra mirada fue atraída por un letrero, escrito en castellano, en el costado de un vehículo: “¡Madrid, qué bien resistes!”. La sorpresa nos hizo parar en seco y una avalancha de recuerdos nos dio, allí mismo, una lección de historia.


tranviaEMT2pAquel objeto nos contó, en un segundo, un relato de sufrimientos indecibles. Era un vagón de tranvía, de los que se utilizaban en el transporte público de Madrid en los tiempos de la Segunda República. De hecho, la Empresa Municipal de Transportes (EMT) siguió pintando con esos mismos colores los autobuses que reemplazaron a los tranvías hasta que, con la transición a la democracia, cambiaron su imagen y adoptaron el color rojo que lucen en la actualidad. ¿Cómo había llegado hasta allí un vagón de tranvía de Madrid? ¿Cuánta gente hizo el viaje? ¿Cuántas calamidades padecieron hasta llegar a aquel lugar?

El viaje fue posible porque las vías ferroviarias tenían la misma anchura en toda Europa hasta que Franco, el militar insurrecto, dio la orden de aislar el país y modificar el ancho de vía español. Un país arruinado después de una guerra fratricida, arrasado por una ola de hambre, en la que campaban sin freno las enfermedades de la miseria, la sarna, la tiña y la tuberculosis, emprendió la magna obra pública de cambiar el ancho de todas sus vías y el ancho de los ejes de todo su material ferroviario, para inmunizar a España de la posibilidad de accesos extranjeros.

Imagino las penalidades de las personas que escaparon de esa trampa mortal, en un vagón de tranvia urbano. ¿Cómo lo remolcaron?. En mi cabeza se crean imágenes del vagón, remolcado por un grupo de mulas, viajando despacio hacia el norte. Quizá contaron, en algún tramo pequeño, con la ayuda de un camión o de un tractor para remolcarlos. ¿Por dónde cruzar la frontera? ¿Portbou o Irún? ¿Cómo cruzaron Francia? Alemania, Suiza e Italia eran entonces una franja insegura, donde imperaban las facciones políticas más reaccionarias e insolidarias.

¿Cómo fueron los días? ¿Cómo consiguieron sobrevivir? ¿Cómo pasaron las noches? ¿Cuántas personas iniciaron el viaje? ¿Cuántas desistieron por el camino para dejarse morir? En un vagón como ese cabrían sentadas unas treinta personas. Quizá algunos, al llegar a Belgrado, siguieron su viaje hasta Rusia utilizando transportes normales. Es una historia trágica, la de este objeto abandonado a las afueras de Belgrado, arrumbado en una vía muerta de un polígono industrial, donde ha pasado más de setenta años.

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