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Barcelona de carácter fresco

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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Barcelona, de carácter fresco

Texto: Carlos Sánchez Pereyra/fotouropa.com

A veces, a las ciudades hay que conocerlas en su interior, con confianza. Quizá deba uno dejar de ser tan formal y olvidar la sensatez de las recomendaciones de siempre para otro día y entremeterse en la vida que fluye al compás de la rutina propia del alma del sitio.  Si hay alguna ciudad con carácter para conocerla con desvergüenza, es Barcelona.

Algo tiene esta metrópoli. No ha dejado de estar de moda desde los Juegos Olímpicos de 1992. La última bocanada de fama en tiempos recientes vino a través del arte, en los filmes de Woody Allen y de González Iñarritu o en los constantes guiños –de amor y de crítica– del músico Manu Chao, e incluso el fútbol ha servido para tener la palabra Barcelona a pleno grito. La ciudad es guapa, no hay más vuelta. Pero no se trata de un maniquí perfecto, por el contrario, su belleza radica en su naturalidad, más cerca de ser descarada que una cara bonita.

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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Antes que hablar de algún edificio en particular, o de un sitio en específico, se tiene que hablar de su cotidianidad. De ese día a día que transcurre en los mercados abarrotados de productos europeos, pero también africanos y americanos. Que respira de frente al Mediterráneo a través de su puerto, uno de los más importantes de Europa, pero también transpira en sus playas dedicadas al goce puro. Es una ciudad que guarda tesoros arquitectónicos modernistas de Gaudí y Doménech i Montaner y en el mismo momento, a pocas calles de distancia, el ritmo del barrio es árabe o latinoamericano, español o europeo, y por supuesto, muy catalán.

Para encontrar una Barcelona íntima no hay que escuchar las audio guías de viaje, sino percibir el gran silencio que encumbra el enorme estadio del Camp Nou cuando Messi y compañía, ese grupo de endiablados, se divierten con la pelota a base de creatividad y cariño por el deporte. El estadio es silencioso, no se sabe bien si se debe al carácter en primera instancia reservado del catalán o porque no se puede hacer todo a la vez: ruido de estadio y tratar de entender cómo es que esos futbolistas pueden jugar de manera tan espectacular. De hecho, ningún equipo contrario lo ha entendido y se han dedicado, ellos también,  a guardar silencio y admirar el juego, aunque llevándose algunos goles en el propio bolsillo.

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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La ciudad no está dentro de los muros de los museos, aunque es verdad que existen varios muy interesantes. El lienzo se mueve por los callejones doblemente milenarios de barrios como el Borne, el casco antiguo o el Raval, esa tierra extranjera incrustada en pleno corazón de la urbe, poblada desde siempre por personas provenientes del litoral mediterráneo. Aquí la cultura está en los propios rostros y costumbres de sus habitantes. La habilidad radica en entender qué producto estamos comprando, ya que la etiqueta en idiomas tan variados sólo complica la explicación. No hay que formarse en las eternas filas de atractivos turísticos, basta con dejarse fluir en el río interminable de Las Ramblas. Un paseo eterno de cultura, de turismo. Una vitrina excelsa de aspectos y de apariencias.

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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No hay que ir con el tiempo en contra del turista. En el Borne, con su catedral Santa María del Mar y sus más de setecientos años, y una vecindad originada en tiempos romanos y ricamente nutrida en momentos medievales, no se puede tener prisa. Se debe llevar con todo honor el perfecto paso del turista impreciso, que sólo sabe responder a los estímulos de sus caprichos. Si la tienda de antigüedades está de un lado de la acera y el detalle medieval sobre un atractivo modelo de arte urbano está justamente del otro lado, habrá que darse tiempo para verlo todo… siempre y cuando el arranque provenga del deseo.

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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El sabor está más allá de esos monumentos gastronómicos que encumbran algunas publicaciones. La Rambla del Raval nos envía a pleno mundo paquistaní o al centro de cualquier plaza marroquí. El mercado de La Boquería está colmado de olores y colores. Los mangos, extravagantes en estas latitudes, comparten pasarela con especias turcas, y el ritmo desenfadado de un sitio como éste convive con pequeños locales que venden lo mejor de los vinos españoles, sin olvidar el local de Pinocho y sus tapas, verdaderos manjares que ganarían cualquier estrella, pero del universo. Y aunque también existen trampas para turistas, habrá que ser precavido y no dejar de comer en Quim, un templo de arroces y comida de mar.

Lo mejor de la moda está en las tiendas del Paseo de Gracia. El glamour también es de por aquí. Pero varias calles más abajo hay un largo rincón para esconderse de convencionalismos e ideal para despojarse de la ropa –aunque un traje de baño es conveniente– y ofrendar al acto de no hacer algo, salvo cultivar el goce en una zona que hasta hace poco tiempo sólo tenía chimeneas y bodegas, hoy transformada en una serie de playas que delinean el carácter placentero de Barcelona. Al pie de Las Ramblas se encuentra Port Vell, un breve territorio ganado al mar para donarlo al ocio. Caminando bajo el sol mediterráneo se llega a la Barceloneta, un barrio de pescadores en el que hoy sus descendientes alternan con los turistas del norte de Europa, los más asiduos al sol español. Y si la culpa de no hacer algo que merezca la pena atraganta el momento, siempre se podrá girar en la propia toalla de playa para admirar las obras escultóricas de artistas como Alfredo Lanz, Rebecca Horn o el mismísimo Frank Gerhy localizadas en pleno paseo marítimo.

Partiendo de la torre Sant Sebastià se puede volar en un teleférico por encima del puerto y tener una larga vista de esta gran ciudad europea, con mucha alma catalana y un corazón que poco a poco se vuelve multiétnico gracias a que todos los que la conocen dejan un poco de su ser, siempre y cuando sea desvergonzado.

Foto by: Carlos Sánchez Pereyra

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Derechos Reservados: Carlos Sánchez Pereyra/fotouropa.com

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