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Bach Academie Brugge (II)

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El concierto principal del segundo día de la Bach Academie de Brujas consistió en un recital para piano solo de Pierre-Laurent Aimard. Resulta difícil exagerar el talento del pianista francés que, sin lugar a dudas, no tiene par a la hora de enfrentarse a la obra de buena parte de los mejores compositores del siglo XX: Messiaen, Carter, Boulez, Ligeti… Su reciente interpretación de El arte de la fuga de Bach ha encontrado mucho menos consenso entre críticos y aficionados que, a pesar de reconocerle su virtuosismo y su vigor, acostumbran a reprocharle deficit de sentimiento y cierta unilateralidad.

El recital que anoche ofreció Aimard combinaba obras de juventud de Bach con fragmentos de sus dos obras maestras tardías para teclado -El arte de la fuga y la Ofrenda Musical- y todo esto a su vez lo cruzaba con piezas procedentes de Játékok, los libros de miniaturas para piano de György Kurtag. Quien me conoce sabe que prefiero las obras de Bach interpretadas en instrumentos originales y eso debería ser especialmente cierto para las obras para teclado. Sin embargo, reconozco que, aun prefiriendo las mejores versiones para clave, he disfrutado mucho de Bach en el piano. Sobre todo, de sus últimas obras, a cuyo grado de abstracción no le queda nada mal ese punto de deshistorización que supone su transposición al piano, que nos deja frente al juego e interacción de las notas de una forma más desnuda.

Las dos primeras obras de Bach que interpretó Aimard fueron los dos capricci de juventud: el Capriccio en Mi, BWV 993, y el Capriccio sopra la lontananza del suo fratello dilettissimo, BWV 992. Se trata de dos obras que muestran a un Bach aún fraguando como compositor, lleno de grandes ideas pero aún con cierta ingenuidad. He de decir que, precisamente por esto, me parece que son obras traspasadas al piano, un medio donde esas ingenuidades se hacen más evidentes. El contraste de estas primeras piezas con las sombriamente jugetonas miniaturas de Kurtag no podía ser más evidente y, seguramente a diferencia de lo que le sucedía a una bastante maleducada audiencia tosedora, pasé la primera mitad del concierto mucho más atento a Kurtag que a Bach. La decisión de Aimard de interpretar todas las piezas sin solución de continuidad -siendo en ocasiones las pausas mucho más marcadas dentro de una misma pieza que entre una pieza y otra- se mostró acertadísima a la hora de darle fluidez al concierto y de extremar los contrastes que lo definían.

La cosa cambió por completo cuando Aimard comenzó a atacar los fragmentos elegidos de las obras tardías de Bach. Aimard ofreció una interpretación de Contrapunctus XII y del Canon per augmentatione in motto contrario de El arte de la fuga y de dos canon y los dos Ricercar de la Ofrenda de una solidez impresionante. El vigor de la mano izquierda de Aimard creaba unos patrones rítmicos de gran consistencia -aunque, aquí entiendo a los críticos, algo rígidos- que permitía al contrapunto fluir con una inteligibilidad prodigiosa. Frente a esta interpretación cerebral pero vivísima de las obras maestras del Bach tardío, los juegos atmosféricos de Kurtag fueron perdiendo densidad y adquiriendo cierto tono de interludios. Aimard nos ofreció un Kurtag interesantísimo y un Bach riguroso e imprescindible.

Antes del concierto de Aimard, el conjunto instrumental del Collegium Vocale Gent había ofrecido una formidable y eléctrica versión de los conciertos para violín de Bach, BWV 1041-1043. Aún amando como amo la grabación de la Academy of Ancient Music con Andrew Manze y Rachel Podger como solistas, no hubo nada aquí que me hiciera echarlas de menos. Christine Busch -que acaba de grabar las seis partitas y sonatas para violín solo en el sello de Herreweghe- y Sophie Gent ejercieron alternativamente de solistas en los 1041 y 1042 y de forma conjunta en el 1043. Un concierto memorable.

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