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Avenida Cabo de Gata

No hace mucho me enteré de que John Lennon compuso Strawberry Fields Forever mientras soplaba el polvo del desierto. Imagino que pegaría fuerte el Levante, ese que tantos veranos me sacudió en la cara hasta hacerme mayor y entender que, en realidad, la vida siempre guarda cierta relación con la dirección en la que susurra el viento.

Imagino que todo comienza en el Cable Inglés. Allí donde la niña del Mediterráneo fantasea junto a más de cien años de romanticismo industrial, en el mismo punto en el que la vida en la Rambla muere para dejar paso a la vida de barrio. La de baldosas onduladas rojas y blancas que despiden montañas de cobre a medida que avanzas hacia el este. Porque existen dos maneras de atravesar el Zapillo: por tierra y por mar. La segunda promete cierta brisa a última hora de la tarde (si tienes la suerte de haber amanecido en un día de Poniente, claro). La primera, en cambio, es solo apta para aventureras. Por eso, cuando metía en la maleta las sandalias envueltas en polvo del desierto (llegaban impolutas del norte) sabía que las vacaciones, un año más, habían sido inolvidables.

Lo cierto es que me cuesta visualizar mi primera imagen de esta vieja barriada de pescadores. Supongo porque, allá por los años ochenta, poco o nada tenía que ver con el barrio de vacaciones que es hoy. El caso es que su esencia no se ha esfumado y para comprobarlo solo hay que tomar el camino de tierra y cruzar la Avenida Cabo de Gata, su arteria principal, de la que parten todos sus atajos y todos mis recuerdos. En esta calle vivieron mis abuelos casi toda una vida. Lo suficiente para ver cómo este barrio obrero del sur de Almería evolucionaba casi en silencio. Se abrían nuevas terrazas, pequeños comercios (no hace mucho ganó un parque dedicado a todas sus familias, dicen que promete ser el mejor de toda España). Sin embargo, en mi casa seguíamos yendo ‘ca-la Cuca’ porque sus bollos de aceite eran imbatibles, al igual que los ‘heladicos’ de La India, casi un ritual después de comer en los días de Levante. Porque esa es otra. Al Zapillo también se llega a través del oído y el gusto. ‘Los socios’, ‘los cacharricos’ y ‘los chérigans’ (para los que no lo sepan, esta es la tapa estrella de Almería, cuyo nombre es una deformación del inglés sheriff gun) me daban la bienvenida cada año. (‘Ya han vuelto las gallegas’) se oía a veces detrás de la barra de algún bar. Y así, entre tapica y batallas de Indalo, entre Levante y Poniente, se hacía el verano.

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Atardecer en la playa del Zapillo

Un año mis abuelos se mudaron al otro lado del Zapillo. Ganaron espacio y un poco de brisa marina. Así que fue allí, a la altura del Palmeral, donde comencé a cruzar sola la calle, a meter lecturas en la bolsa de playa y (confieso) que a llorar algún que otro desamor. También fue allí donde empecé a descifrar mejor la dirección del viento. Que si noches en Aguadulce, que si mediodías de feria. La vida parecía ganar carrerilla mientras el barrio parecía resistirse al cambio, a pesar de ir abriendo las compuertas por el este. Así que fue en esa misma dirección (la que tantas veces me llevó a la explanada en la que se despiden los aviones junto a los amores estivales) que decidí seguirle la pista al mar. Recuerdo que fue en ese momento en el que empiezas a cuestionártelo todo, cuando me encontré con ella de frente. Fue en el Arrecife de las Sirenas, en el Cabo de Gata. El viento me soplaba en la cara y la foto era casi un espejismo. Así que, ante tal dosis de cobre y azul, decidí sonreír con la certeza de que pocos instantes como ese podían encerrar tanta felicidad. Más tarde me bañé en la Playa de los Genoveses y en aquel paisaje desértico volví a recitar a Lorca. Y aunque no tuve la suerte de llegar hasta el Pozo de los Frailes recuerdo muy bien que pensé: ‘voy a abrazarte cuarenta años seguidos’.

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El Arrecife de las Sirenas

Ya hacía algún tiempo que frecuentaba yo la Avenida del Mediterráneo, el caso es que, no hace mucho, intenté llegar de nuevo a Los Robles (los mejores chérigans del barrio y, yo creo que de toda Almería, se comen aquí). Así que mientras callejeaba en busca de la Calle Estadio, fui a parar a la Avenida Cabo de Gata. En realidad, siempre me pasa. Entonces vuelvo a recordar a mi abuela, la calma de su voz, la delicadeza de sus manos. Y, sin querer, pienso en lo que se tarda en cruzar la avenida más larga de un barrio, por la que el viento siempre sopla más fuerte. Después alzo la vista hacia el monstruo de cobre que ríe sobre los tejados de la ciudad y me miro los pies. Y como llevo las sandalias hasta arriba de polvo, sonrío, y casi me parece que vuelan, junto a un amasijo de bolsas de plástico, todos mis males.

(Dedicado al Zapillo de Almería, el barrio de todos mis veranos)

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Barcas de pescadores en la playa del Zapillo

Algunos de mis lugares favoritos en una visita a Almería y su costa:

Almería centro:

Conjunto Monumental de la Alcazaba de Almería: La esencia e historia de la ciudad Indalo con vistas de ensueño sobre la bahía (Calle Almanzor, s/n, 04002, Almería).

Bodega Las Botas: Una taberna clásica en el centro de Almería, muy cerca de la Puerta Purchena. Los amantes del jamón se pondrán las botas… (Calle Fructuoso Pérez, 3, 04001, Almería).

Cable Inglés: También conocido como muelle El Alquife, aquí se dan cita más de cien años de ingeniería con sello Eiffel. Este antiguo cargadero mineral unía la estación con el puerto. Un imperdible para los amantes de la fotografía.

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Cable Inglés, también conocido como muelle El Alquife (imagen: Pixabay)

Antigua estación de tren de Almería: Por ella ya no pasan viajeros, sino fotógrafos urbanos. Atrás quedaron los vagones cargados de mineral procedentes de las montañas granadinas. Hoy es pura poesía ferroviaria del XIX a escasos pasos del mar (Plaza de la Estación, 1, 04006, Almería).

El Zapillo:

Bar Robles: Este bar lleva al Zapillo tatuado en sus chérigans, que son simplemente de otro mundo. Encontrar mesa fuera en los meses de verano es tarea complicada (Calle Estadio, 54, 04007, Almería).

El Parque de las Familias: Su segunda fase de construcción ya está en marcha y promete convertirse en el parque más grande de toda Andalucía, con casi cien mil metros cuadrados de superficie. En él hay lugar para todos los símbolos de Almería: la Alcazaba, el Mediterráneo, el Parque Natural Cabo de Gata – Níjar y el cine (Av. del Mediterráneo, 71, 04007, Almería).

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Ferri llegando al puerto de Almería

Ipanema Club: el chiringuito perfecto (estilo ibicenco chill out) para disfrutar de un mojito con los pies en la arena del Zapillo (Av. de Cabo de Gata, s/n, 04007 Almería).

Parque Natural Cabo de Gata- Níjar:

Rodalquilar: En pleno corazón del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar y rodeado de un paisaje único, este pueblo de fascinante pasado, late desde hace unos años a ritmo de arte. Merece la pena un paseo por sus calles para descubrir la obra de artistas locales e internacionales en las fachadas de sus casas. ‘RodalquilArte’ celebra ya su quinta edición con la participación de sesenta artistas de todo el mundo. ¿Su inspiración? La belleza y la magia del Cabo de Gata.

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Fachada de RodalquilArte (edición de 2017)

Mirador La Amatista: A medio camino entre La Isleta del Moro y Rodalquilar, es aquí donde azul cielo y azul mar se funden en una travesía serpenteante. Una declaración de amor eterno a la costa almeriense.

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Mirador La Amatista

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