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A través del Valle de Kathmandú (II): El Vajrayogini.

Sentí el amanecer como una patada en la mandíbula cuando sonó el despertador. Tenía la garganta seca y la boca pastosa, y en cuanto tomé consciencia mis manos buscaron con urgencia una de las botellas de agua que circulaban en torno a la cama para beber con avidez. Vitin se levantaba a quejidos con la voz áspera del que ha fumado la noche anterior, reclamando la botella, y el resto íbamos moviéndonos con lentitud.

Habíamos contratado a un tipo con el momos para que nos llevara a un par de lugares que estaban en la parte más lejana del valle y queríamos aprovechar el día en ello mientras nos hacían los visados de China.

Bajamos a la entrada y salimos a comprar algo de desayunar a una tiendecilla de la acera de enfrente mientras el hombre llegaba. Compramos unas arenosas galletas digestive y más agua. En ese momento me dí cuenta de que haber dormido bien esa noche me había sentado de lujo, pues no había tenido tiempo real para descansar desde que habíamos llegado a Nepal.

Nuestro conductor llegó y montamos en el coche, un automóvil de reducido espacio donde cabíamos a duras penas. El hombre en cuestión era un tipo parco en palabras llamado Ganesha (como el Dios hindú) que durante el trayecto nos fué deleitando con unos tracklist musicales de una mezcolanza curiosa. De pronto te ponía música gangsta y a la canción siguiente sonaban alaridos hindúes con esos violines estridentes tan característicos suyos.

El camino hacia el templo.

El camino hacia el templo.

Nuestra primera parada era Sankhu, un pueblo newar muy antiguo del que ya se ha hablado, que constituía un punto esencial para el comercio que íba y venía del Tibet. Pero el objetivo no era el pueblo en sí, sino un templo que se encuentra a escasos kilómetros llamado Vajrayogini.

Este templo conserva el carácter newar que combina lo hinduísta y lo budista, así como el estilo de calles estrechas y pequeñas plazas característico de ésta cultura. El complejo está dedicado a la diosa tántrica vajrayogini. Ésta es una “yidam”, según los términos tántricos. Éste término no tiene traducción exacta en occidente, pero podría decirse que es algo así como una deidad a través de la que uno se enfoca a la hora de meditar. La meditación mediante ésta yidam está considerada, según el budismo vajrayana, como la vía más rápida hacia la iluminación.

Emulando a un simio.

Emulando a un simio.

Pero para qué engañarnos, en buena parte nosotros íbamos porque nos dijeron que había muchos monos. Así de simples somos.

Aparcamos en una ladera de la colina y salimos con las mochilas hacia la tremenda escalinata que da acceso al complejo a través de arboledas. El ascenso lleva su tiempo y está plagado de vegetación y árboles retorcidos, escaleras de peldaños de piedra desgastados y algunos altares a otras deidades. Altares que estaban salpicados salvajemente de una pintura roja y flores, dando un efecto similar a si alguien hubiera vomitado en ellos, y que olían como si efectivamente lo hubieran hecho. Y luego muerto encima.

En realidad todo esto se trata de un ritual de puja (oración), por el cual cada persona hace la ofrenda a sus dioses personales, y suele estar compuesta de flores, comida u otros objetos… así que así huele si esa comida se queda ahí muchos días. Según tengo entendido, esta pintura roja es realmente polvo de azafrán. Para los hindúes, el color rojo simboliza energía pura, y se trata de un color esencial en su mitología.

Llegamos a la parte más alta del templo ascendiendo por los escalones, y encontramos un lugar lleno de paz. Apenas había nadie allí, más que unos pocos naturales de la zona y algún otro viajero nepalí. Investigamos un poco la zona y encontramos una plaza en la que estaban reformando una pequeña escuela, y donde los monos hacían de las suyas correteando y jugando. También había cabras por ahí pastando tranquilamente.

Una de las plazas principales del Vajrayogini.

Una de las plazas principales del Vajrayogini.

Al rato de escarbar por la zona y echar un vistazo a todo, dimos con un muro del templo junto al que transcurría un estrecho camino, y que se extendía hacia una montaña que había justo tras el mismo. Decidimos seguirlo y seguir ascendiendo para ver qué encontrábamos.

Y así es como empezamos a hacer un poco de senderismo en el que echamos alrededor de una hora y media. Como no siempre había una senda marcada había tramos de pendiente moderada en los que había que echar mano para trepar por rocas o raices, e incluso algunas zanjas que nos tocó saltar. En el ascenso nos encontramos las clásicas banderillas tibetanas repletas de oraciones, colgadas de árbol en árbol. Diría que es algo muy característico, pero siendo sincero, cuando uno ve tantas banderillas de colores en un lugar así sólo puede pensar que eso parecen las fiestas de su pueblo.

Vistas desde la colina.

Vistas desde la colina.

Llegamos a la parte más alta bordeando la montaña, y dimos con un saliente desde el que se veía el inmenso y espectacular valle. Estuvimos echando el rato y sacamos unas barritas energéticas para comer y algo de agua para quitar la sed. Contemplamos un rato el paisaje que teníamos delante, contentos como niños porque el hallazgo fuera de nuestro descubrimiento, y después decidimos reanudar la bajada hasta el complejo,  descendiendo seguidamente las escalinatas hasta el coche.

Quedaban un par de horas para comer, y nos encaminamos con el coche hacia Bhaktapur, en el extremo sureste del valle. El trayecto no fué muy largo, pero algunos caímos medio dormidos hasta la llegada.

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