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杭州 : MI PARAÍSO PERSONAL

2 。灵隐寺

 

Habiendo paseado por el lago, nos escondemos tras los montes.

(农历癸巳年大年初三)

 

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Si aún las ansias arden dentro y la boca del estómago no es sino un anillo de carne reseca ante tal hoguera, 灵隐寺 es el lugar al cual se ha de acudir; una incesante escalera que divierte en otros tantos afluentes trepando las laderas de los cerros para luego desgastados culminar a los pies de templos entrecortados por los bosques y la humedad de las nubes que les vigilan cuando ya pastaron por las planicies del lago, llovido.

 

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Es difícil no hallarse invadido por la abominable sensación de diferencia de relojes; cómo el afuera parece quedarse estampado a pesar de que el adentro parece convulsionar al paso en que digiere el todo y lo concibe todo desde su abismante vértigo silencioso. La experiencia invertida a la que produce viajar en tren.

También, y a la vez, a diferencia de abajo junto al lago, hay un color que parece dominar sobre donde los ojos se posan. El verde es sin lugar a discusiones el dueño y señor de todo cuanto puede haber en rededor de estos templos; templos que poseen un color especial, junto a las flores y aves que pasean, todas de colores variados y tanta piedra, tanta escalinata y construcciones y esculturas e inscripciones grises que te recuerdan cuando miraste lejos en el lago. Sin embargo el jardín de otras manchas dispares, es el verde el que presente a toda hora da forma y casi nombre a la región del corazón a la que estos parajes nos asoman.

 

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La cantidad de templos que pueden ser descubiertos entre los desvíos de esta enredadera hace de la experiencia un arrebato que siembra tantas interrogantes como respuestas acerca de nuestro tiempo y cómo concebimos las formas del presente hasta el día de anteayer cuando un despertador nos extraía del sueño y nos recordaba qué enemigos son la cama y el hogar.

 

 

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Todo hasta el último paso dado al camino se vuelve insulso y nos replanteamos las razones a nuestras sonrisas pasadas.

 

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A pesar de la importancia religioso-histórica que cae sobre los hombros de estas confecciones, me es difícil siempre caer en la trampa espiritual que se es presentada y mejor dicho, que es adquirida en estos lugares. Cientos, y por qué no, miles de cuales que buscan abundancias terrenales específicas salen de sus hogares en busca de estos colores amarillentos e incendiar varillas perfumadas a las cuatro direcciones para luego dejarlas arder en una fosa común a todos esos deseos infestados de egoísmo, entre llamas de un fuego inútil y que nadie suele recordar jamás.

 

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Pero mi parte favorita son los silencios. Hay que reptar más y más alto para poderse ver ante los más dulces y amargos silencios, donde ya casi los templos no oyen y se es golpeado por el cemento de una caída en ciudad. La energía adquirida en el descenso nos detiene y nos desarticula al contacto con esta barrera de silencios que no habíamos experimentado en esta moda; se busca con la mirada, desamparados, algo a lo que aferrarse y así darle nombres a lo todo y provenientes de la realidad y lo cotidiano, pero no hay pared en la que colgar estos cuadros y nos vemos enfrentados a los pasos que nos trajeron a esta forma de no saber todo lo creímos saber hasta un instante atrás.

 

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Y lo que me llama la atención son aquellos quienes son uno con esta quietud y no saben de la música de una necesidad como la oímos nosotros que frente a una pantalla gobernamos los momentos que nos son dichosos para salir en busca de la siguiente y el próximo vicio que nos dicen de cuán indispensable es todo nuestro alrededor. Me llenan de curiosidad aquellos que no comprenden el por qué tenemos que llegar hasta ese lugar, por qué no somos capaces de estarnos entre lo nuestro y nos asombramos con lo que les es un común a estos moradores de esas verdes escenas.

Me hacen querer formar parte. Pero quién sabe cuán alejado estoy siempre de todo eso y a pesar de sentirme tan parte en el lugar.

 

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Es éste, un laberinto para dejarse sucumbir. Puedes sin cuidado olvidarte de tus tobillos, perderlos detrás de un árbol o permitirle a tus rodillas que se desencajen de donde siempre han estado aferradas; socorrer al momento con el abandono de los ahogos pasados, dejarlos ser y mostrarte entonces ese rostro que no pudiste nunca ver. Agradecerle al recodo en el que doblaras hasta esta informe zona de ti mismo estampada en el verde alrededor.

 

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Y cuando la escalera se encuentra con el cielo, existe un otro templo y una vista de jamás olvidar.

 

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Y hay más, siempre mucho más.

 

 

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