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¡Nihao China!

Tenía el brazo agarrotado. Los músculos y los tendones en tensión máxima, las puntas de los dedos clavadas firmemente en el saliente de piedra de la ventana. La otra mano sujetaba el resto del peso mi cuerpo agarrada del brazo de Vitin, que trataba de subirme. Más de la mitad de mi cuerpo sobresalía por la ventana. Nos mirábamos entre nosotros sin pronunciar palabra, con los ojos abiertos como platos.

Pablo y Alberto llegaron corriendo a tirar de ambos, pues Vitin también sobresalía medio fuera, encontrando difícilmente el equilibrio para sujetarme. Con poco esfuerzo y ayudándome del brazo que seguía enganchado, conseguimos hacerme entrar de nuevo, un segundo antes de que el guardia de seguridad, sobresaltado, saliera del porche para ver qué había producido ese sonido de impacto.

De nuevo en la habitación, los dos nos reíamos con la tosca risa de una hiena. Había visto de cerca una caída que podía haber sido muy peligrosa. Vitin se disculpó por la situación, y yo alegué que la culpa también había sido mía. Aún con el recuerdo del proceso de caída en la cabeza, nos metimos en la cama exhaustos. Fue tocar la almohada y ya estábamos todos inconscientes.

Estepas tibetanas desde el aire.

Estepas tibetanas desde el aire.

A la mañana siguiente, la dura resaca golpeaba con contundencia. Oí cómo Vitin se deslizaba fuera de su cama con sigilo y al entreabrir un ojo le ví disfrutar de un zumo que sorbía ávidamente, sonidos incluídos, mediante una pajita.

Todos habíamos dejado los macutos preparados el día anterior para sólo meter las últimas cosas que utilizaríamos, así que la recogida fue dinámica. Nos habían dicho que debíamos estar en el aeropuerto de Kathmandú cosa de tres horas antes para facturar. Nos parecía excesivo. ¿Para qué tres horas?

Ya en la recepción, el viejo momos se frotaba las manos y humedecía sus labios deseando esa suma de dinero que debíamos pagarle por los días alojados. Cuando el dinero le fué entregado rebosaba jovialidad y alegría por doquier. Jamás le había visto tan contento. Por otro lado yo sólo esperaba que no se dieran cuenta de que habíamos destruido, literalmente, la cortina de la ventana con mi caída del día anterior.

Coger un taxi nos llevó algo más de lo que pensábamos. Los taxistas nos cerraban la puerta en la cara sin pensárselo dos veces cuando veían que no cederíamos en sus demandas económicas para llevarnos al aeropuerto. Ellos querían pasta. Tras un par de intentos al final dimos con un tipo medianamente honrado que aceptó nuestras condiciones.

Una vez allí, la cola de facturación era realmente larga. Por eso decían que necesitábamos tres horas. Habíamos llegado dos horas y media antes. La verdad es que la suerte estaba de nuestro lado ésta vez, pues el proceso de facturación fue medianamente rápido y tardamos como una hora en pasar todos los controles. Quizá en otras circunstancias al final no nos habría dado tiempo y habríamos acabado en tierra…

Más estepas tibetanas.

Más estepas tibetanas.

Todavía nos quedaba alrededor de una hora más de espera, que invertimos en descansar del resacón, cambiar dinero a un sombrío comerciante de forma ilícita y cruzar el último control que nos llevó a una sala llena de chinos muy charlatanes.

El traslado al avión se hizo rápido y localizamos nuestros asientos sin problemas. El aeroplano comenzó a atestarse peligrosamente de decenas de chinos que tenían mucha conversación que ofrecerse. Iban poblando sin piedad todos los asientos existentes en el avión, unos simplemente elegían el sitio que querían para que luego el siguiente chino llegara con sus billetes exigiendo que el que se había sentado se apartara.

Podría haber dicho que el vuelo fue tranquilo, pero mentiría. Como el avión atravesaba todas las explanadas y montañas tibetanas en dirección a China (de una media de 6000 metros de altura), el espectáculo que se veía por las ventanas era sobrecogedor.

Y allí estaban los chinos para plasmarlo. Todos nos levantamos para echar las fotos pertinentes, pero había gente que simplemente no volvía a sentarse en todo el vuelo. De hecho hubo un momento en el que un tipo armado con un teleobjetivo que parecía un telescopio de la NASA clavó cruelmente su rodilla en mi muslo para poder posicionarse y sacar las mejores fotos, sin preguntarse siquiera si había alguien sentado allí. Yo me revolví iracundo berreando que ésto era ya lo último que me quedaba por ver, y el tipo se alejó perturbado por mi actitud como si la culpa fuera mía, y sin entender una palabra de lo que yo decía. Seguramente se lo podía imaginar.

Más de una vez las azafatas tuvieron que llamar la atención a diferentes chinos para que volvieran a sus asientos, pues cruzamos muchas zonas de turbulencias que fueron motivo de cierta tensión generalizada pero ellos seguían por ahí danzando. Y yendo al baño, no paraban de ir al baño, por el amor de Dios.

Después de presenciar el espectáculo que supone ver el denso mar de nubes de la zona de Cheng Du con las últimas luces del crepúsculo siendo perforado por las más altas montañas que sobresalían del mismo, el avión estaba descendiendo y por tanto atravesando éste húmedo y grueso manto. Y las sacudidas consecuentes que el avión recibía no eran pocas.

El avión aterrizó sin problemas a las siete de la tarde en el aeropuerto de Cheng Du, donde la ciudad ya había recibido a la noche hacía tiempo.

El Cheng Du nocturno.

El Cheng Du nocturno.

En nuestro camino a través del aeropuerto hacia las cintas de recogida de equipajes, nos tocó cruzar un último control de verificación de identidad que aplicaba la policía sobre los viajeros. Tras pasar todos, el último que quedaba por entrar era Vitin. Entonces surgió el problema.

El policía decía no reconocer a Vitin en su foto, y al segundo teníamos allí a otro policía más ayudando a verificar su identidad. Le hicieron esperar de nuevo y llegaron otros dos chinos, esta vez oficiales militares para comprobar su fotografía. El problema era que la foto de Vitin tenía años, y por aquel entonces lucía el pelo largo y recogido en coleta, y marcaba un ceño muy fruncido y desafiante. Los años habían hecho desaparecer tanto esa actitud como la consecuente melena, pero los policías no eran capaces de verlo al no estar la foto actualizada y, sinceramente, ser ellos bastante cabezones.

Yo, que estaba bastante entretenido por la situación soltando carcajadas y tratando de ocultarlas para no ofender a los oficiales, ya que no quería acabar deportado, susurraba de fondo a Vitin que frunciera el ceño al máximo para parecerse más a la foto.

Un último oficial hizo su aparición para comprobar la firma de Vitin y hacerle preguntas como que dijera su dirección o algunos datos del DNI de memoria. Cuando yo ya me estaba empezando a mosquear imaginándome a Vitin deportado de vuelta a Nepal y la ruta chafada por una tontería, finalmente le acabaron dejando pasar. Un suspiro común de satisfacción resonó en la terminal. Había ido de poco.

El equipo al completo.

El equipo al completo.

Cuando llegamos, nuestros macutos ya se encontraban fuera de la cinta, abandonados por algún desalmado, tirados por el suelo sin compasión. Los recogimos y salimos a buscar a Song, que debía estar ahí para buscarnos. Pero fuera había mucho chino y cero Songs.

Pasaron veinte minutos y nadie venía. Había que empezar a pensar en la posibilidad de que Song no había recibido la información de los vuelos, así que teníamos que encontrar la manera de contactarla. La tensión comenzó a hacer mella cuando descubrimos que nadie hablaba inglés, que para pagar los teléfonos públicos había que hacerse una tarjeta de pago muy cara y que para pagar el internet más cercano había que pedir una bebida en un vistoso café del aeropuerto por el que también te sableaban.

La oficina de cambio, además, ofrecía unas tasas bastante elevadas para convertir nuestro dinero en yuanes, la moneda china. Cambié una pequeña suma de dinero, suficiente para gastos indispensables, y volví con los chicos para decidir qué hacer. Fué entonces cuando las puertas se abrieron y apareció Song con otro chico, disculpándose por el retraso. Fue un alivio. Últimamente parecía que todo salía lo peor posible casi a propósito.

Nos introdujimos en una furgoneta amplia y nueva, pintada de negro cromado, que nos llevó rápidamente hacia la ciudad de Cheng Du. El vehículo se desplazaba por grandes autovías entre un tráfico fluido, que pronto traspasó la ciudad y sus grandes avenidas. Cheng Du era una ciudad de grandes espacios, monumentales y brillantes. Sus luces de neón silueteaban los edificios y cortaban la bruma nocturna al paso del veloz automóvil.

La furgoneta nos dejó justo en la puerta del hostal, uno de los lugares más agradables y cómodos en los que nos habíamos alojado desde hacía mucho tiempo, llamado Mix Hostel. La decoración interior era intensa, llena de pósters y fotografías de viajeros cuyos temas principales, evidentemente, eran el Tíbet y Nepal. Junto a la recepción se encontraba una barra de bar donde se podían tomar cervezas, pedir café y otras comidas variadas.

Ingresamos rápido en el hostal y subimos las cosas a la habitación: un estrecho dormitorio de tres literas, dos a ambos lados de la ventana y la otra en perpendicular a ambas junto a la puerta. Allí íbamos a dormir los cuatro junto a Song y su amigo.

Como ya eran en torno a las ocho y estaban cerrando los locales, salimos para tomar una cena rápida, y ya de paso sacamos dinero del banco y compramos algo de tabaco. El lugar donde estuvimos cenando era un sitio totalmente local, con cuatro mesas dispuestas en la calle protegidas de las inclemencias del tiempo bajo una lona azul que colgaba de un techo.

Las calles matutinas de Cheng Du.

Las calles matutinas de Cheng Du.

Pedimos unos fideos y unas empanadillas al vapor estilo Sichuan mientras Song me ayudaba a repasar algo de vocabulario chino, esencialmente números y tamaños para saber cómo pedir comida y la cuenta. Cuando llegó una comida de aspecto bastante apetitoso, la estupefacción se pintó en nuestras caras tras contemplar lo que venía junto a ella.

Eran vasos de agua, pero literalmente hirviendo, burbujeantes. Y supuestamente eran para beber, para refrescarse, vamos. Vitin giraba su vaso y lo miraba desde distintos ángulos, como tratando de encontrarle el truco al asunto, pero no había. Pablo, Alberto, Vitin y yo comenzamos a lanzarnos miradas mutuamente hasta que, de una ligera risa comenzamos a soltar carcajadas, que compartimos con Song y su amigo. “Es agua caliente para beber… qué poco refrescante…” y otras frases del estilo eran los únicos balbuceos que se podían oír entre las risas.

Durante la cena Song nos dijo que ya había estado moviendo hilos, y que el lunes por la mañana sabríamos si teníamos los visados del Tíbet. Es decir, era viernes y teníamos aún dos días para conocer la ciudad.

Volvimos al hostal para bebernos unas cervecitas en la pequeña terraza estilo hawaiano que había en un lateral del edificio, y nos relajamos un rato antes de volver a la habitación. Había que acostarse pronto para estar bien descansados al día siguiente. La aventura que estábamos viviendo estaba siendo tremenda, y nuestro ánimo estaba a tope. De un día para otro habíamos pasado de Nepal a China, dos países completamente distintos, y aunque con rasgos en común, de una cultura a otra.

Subimos a la habitación y caímos rápidamente uno por uno. Apagamos las luces, y el descanso era total. Cada cama tenía pequeños colchones térmicos de temperatura regulable, así que la humedad de la habitación desaparecía. Song y su amigo subieron más tarde, procurando no hacer ruido, y se deslizaron en sus camas en la oscuridad.

Serían cosa de las tres de la mañana cuando, cerca de mi, comienzo a oír un ligero balbuceo que no distingo bien por el sueño. Al segundo, un desgarrador grito de dolor rompe el profundo silencio de la habitación, proferido por alguno de mis compañeros, y me hace despertar de golpe temiéndome lo peor.

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