Un viejo chiste trata de dos amigos que están hablando, y uno le pregunta al otro: ”Oye, ¿tú crees en el más allá?” a lo que el éste le responde: “¡Cómo no voy a creer en el más allá, si vivo en Móstoles!”

Edmund Hillary y Tenzing Norgay
El chiste, que contara entre otros Manolo de Vega en el mítico programa de TVE No te rías que es peor, allá por los finales de los años 80, no se ajusta ya a la realidad: Móstoles está muy bien comunicado y es, como asegura acertadamente más de un castizo, “la tercera capital de Castilla”, después del propio Madrid y de Valladolid. Pero sin duda mezcla con mucha gracia las cuestiones divinas y aquellas más terrenales: cómo la ciudad dormitorio parecía que quedaba extremadamente lejos de la capital… y que llegar a ella era un verdadero viaje inciático para más de uno, como en Salamanca capital pensar en ir a los Pizarrales… o a cualquier barrio al otro lado del río Tormes.
Hay historiadores que sostienen que, en proporción, en la Edad Media una persona normal se movía más entonces que ahora, donde un 10% de la población nunca ha salido de su provincia o isla; ahí están los fenómenos de las peregrinaciones, como en el caso del Camino de Santiago, que juntaban tanto a fervorosos creyentes como a condenados a penas de peregrinación, con la esperanza por parte de los tribunales condenatorios, de que en el camino a más de uno le pasara algo… y no volviera. E incluso antes, en la época romana, la parte de la población ligada al poder, la administración y el comercio, viajaba con frecuencia largas distancias (y no sólo ellos: Pablo de Tarso realizó unos viajes muy notorios) y los soldados jubilados se iban a vivir a una esquina del Imperio (la ibérica Emerita Augusta) a la manera en que hoy en día los nórdicos europeos se retiran en España o los norteamericanos en la Florida.
Así pues, la especie humana se ha debatido siempre entre el sedentarismo y el movimiento, bien fuera éste por causas obligadas, bien por el gusto de viajar. Entre los que disfrutan de andar de un lado a otro, de aquellos que son un poco (o un mucho) culos inquietos (y perdonen los latinos esta expresión), ha habido un grupo especial, el de los exploradores, aquellos que, real y metafóricamente, han querido ir más lejos, hasta el infinito… y más allá, como diría Buzz Lightyear, ese astronauta maravilloso de Toy Story, quizá el personaje más quijotesco después del propio don Alonso y del príncipe Mishkin de Dostoyevski, y también otro gran explorador como el hidalgo manchego. Precisamente, hace pocos días se hablaba de la cantidad de voluntarios dispuestos a realizar un viaje a Marte… sin retorno.

Buzz Lightyear
De uno de los exploradores más famosos del siglo pasado, cuenta Jos Martín, en la introducción al libro Grandes exploradores de la historia de la humanidad, lo siguiente:
Alguien le preguntó al escalador George Mallory:
-¿Por qué quiere escalar el Everest? Es de locos.
Y él le respondió:
- Porque está ahí.
Claro. Porque está ahí y yo no lo conozco. Ésa es la filosofía de los más admirados exploradores (aquellos que buscaron entrar en la leyenda a base de proezas que con frecuencia fueron el camino más corto hacia la muerte), de los viajeros más ansiosos, pero también de los más humildes, a quienes no les importa que otro haya sentido antes que ellos, emociones que son propiedad del individuo tomado uno a uno.
La lista (siempre corta) de exploradores tratados en el libro es impresionante: Marco Polo, Livingstone, Cristóbal Colón, Cook y Malaspina, Magallanes y Elcano, Orellana, Vitus Bering, Admundsen y Scott, Freya Stark, Jacques Cousteau, Hillary y Norgay, y Neil Armstrong.

Hay un ejemplar de Grandes exploradores de la historia de la humanidad en la Biblioteca, con la signatura 910.4 MAR gra. También se encuentra en libre acceso, en la dirección: http://www.grandesexploradoresbbva.com/es/